Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
perro che

Un perro llamado Violín

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Marie Casabonne

Al perro le pusimos Violín. Fue una ocurrencia de Laura y a mí no me pareció mal. Le pusimos Violín por su ladrido ahogado, que más que ladrido era un modo de silbar, un quejío hondo como de gitano del Sacromonte.

A Violín lo encontramos en una cuneta. Habíamos pasado el puente del primero de mayo en Granada y ya volvíamos para Madrid cuando vimos al perro encogido en una curva. Daba pena mirarlo. Había llovido mucho aquel fin de semana y tenía el pelo empapado.

—Para —dijo Laura.

Y yo paré.

Recogimos al animal y todo el camino de vuelta Laura lo llevó en el regazo. Lo cubría con una toalla amarilla que sacó de la bolsa de viaje. Acariciaba el lomo del perro morosamente. También lo acariciaba por debajo, por la parte esa en que los animales no tienen casi pelo. Yo desviaba la mirada del volante, seguía de reojo la progresión de la palma de la mano de Laura en su avance sobre el vientre sonrosado del perro.

Apenas habló en todo el trayecto. Estaba ensimismada con el chucho. Yo ponía la radio y trataba de comentar cualquier cosa de la actualidad para distraerla. Hasta sintonicé una emisora de clásica que es la música que más le gusta. Pero no se mostraba receptiva. No hicimos un alto ni para ir al baño ni para tomar un café. Soy capaz de conducir muchos kilómetros del tirón. Como no me pidió que parase, seguí. Fue entrando en Madrid cuando oímos aquel ladrido de penitente por primera vez.

—Qué raro ladra —me atreví a decir.

—Parece un violín roto —dijo Laura.

Era un perro negro con un par de ojos muy brillantes. Un animal despierto. Parecía muy joven. No soy bueno calculando estas cosas pero se veía que era poco más que un cachorro.

En los días siguientes hubo que desparasitarlo y hacerle muchas más cosas en el veterinario. Laura se ocupó de todos los trámites. No me pidió dinero para pagar aquellos tratamientos. Lo sacaba de su cuenta y no me informaba.

Desde el principio, Laura permitía que Violín anduviera a sus anchas por la casa sin ningún veto. A veces el animal trepaba a la cama y dormía entre los dos. Al contacto de sus patas, las sábanas y el cobertor acababan sucios. A Laura siempre le había gustado la ropa de cama blanca. Eso dificulta las cosas cuando irrumpe en escena un animal que campa libremente por cualquier rincón.

Supongo que si un perro entra en tu vida, o se le toma cariño los primeros días o ya nunca.

Laura entró a trabajar en el conservatorio nada más terminar los estudios. Tiene un cargo de poca responsabilidad en la oficina de administración, pero eso no le impide mantener contacto estrecho con las profesoras y por eso está tan al día de la agenda de conciertos. El suyo es un empleo de media jornada. Cuando volvía yo a casa por las tardes, la tenía siempre allí. Laura es una cocinera de repertorio corto pero se apaña. Para cenar hacía cosas sanas. Cosas ricas. Yo no tenía queja.

Con Violín, las cosas cambiaron. Laura tomó la costumbre de salir a pasear con él por las tardes. Decía que un perro asilvestrado no puede pasar tanto tiempo encerrado en un pequeño apartamento poblado de obstáculos. Así que pasó a ser de lo más normal que estuvieran por ahí fuera, en cualquier parque, cuando yo aparecía. Intentaba no tomármelo mal. Nunca se lo eché en cara. Iba por mi cuenta a la cocina y preparaba un arroz blanco o un bocadillo y eso cenaba mientras miraba para el telediario.

En uno de esos paseos, Laura conoció a Sylvie. Sylvie es una francesa que vive en otro edificio de nuestra urbanización. En realidad no es francesa del todo. Sus padres proceden de un pueblo de Castilla. Emigraron al sur de Francia poco antes de que ella naciera y volvió siendo adolescente. Yo ya me había fijado en ella. Es de esa clase de chicas a las que les gusta ir llamando la atención. Ropa de colores, peinado estrambótico. Ese tipo de mujer. Estaba siempre en la calle con su perra. La perra de Sylvie intimó con Violín y ya se sabe cómo terminan estas cosas. Nacieron un montón de Violines, una camada de ocho perros nada menos. El más pequeño no prosperó. Murió al día siguiente. Laura y Sylvie estuvieron de acuerdo en darle sepultura. Trataron a aquel cadáver como si se tratara de un ser humano. Existen cementerios para eso. Es algo que yo hasta aquel momento desconocía. Sólo en los alrededores de Madrid hay varios.

Laura quiso quedarse con uno de los cachorros supervivientes. Siguiendo la senda iniciada con Violín, a este le puso Saxo. A mí aquello me parecía excesivo, una excentricidad, aunque hiciera esfuerzos por tomármelo bien. Siempre he sido bromista, aún tenía fuerzas para emplear el buen humor como arma. Le decía que no teníamos sitio en casa para tanta orquesta, que se llenaba todo de pelos y de babas y que aquello llegaba a resultar molesto para los vecinos. Saxo es un animal bastante inquieto. Violín, en cambio, se ha vuelto silencioso, un perro listo que sabe que ha conquistado su espacio. No queda rastro de la criatura temblorosa, tampoco de aquel primer ladrido agonizante.

Laura lleva unas semanas apuntada a una protectora de animales. Imagino que se inscribió a propuesta de Sylvie. Es la continuación lógica de todo lo anterior. Han establecido una rutina estricta.  Ir las dos todos los sábados. La protectora está en un pueblo de la carretera de Toledo. Tiene una escuela donde adiestran perros. Recogen animales enfermos, abandonados, de los que nadie quiere, perros como Violín, con sus ojos encendidos y el cuerpo arqueado.

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, Sylvie llega siempre puntual. Aparece los sábados a las diez en su coche rojo, toca el claxon y espera a que baje Laura. Al principio yo acompañaba a Laura hasta la calle, intercambiaba unas palabras amables con Sylvie y les deseaba a las dos que tuvieran un buen día en la protectora. Sylvie, desde el otro lado de la ventanilla, las manos moteadas de pecas aferradas al volante, decía adiós, se abandonaba a un silencio largo y terminaba diciendo mi nombre muy despacio, como si se le hubiera atragantado en el cuello. Yo me quedaba como un pasmarote viendo alejarse ese coche pequeño y frágil de un rojo incandescente.

Últimamente ya ni bajo las escaleras. No acompaño a Laura afuera. No hago el esfuerzo de ir a hablar con Sylvie.

Han pasado seis años pero recuerdo con nitidez el día en que nos topamos en una cuneta con Violín, encogido y mojado. Tardó en camelarse a Laura lo que le lleva a un coche cubrir la distancia que separa Granada de Madrid.

 

Sobre el ingrediente

Pues el perro de la foto no se llama Violín, se llama Che. Y ha ido a casa de Marie Casabonne para revolucionarlo todo. Marie nos lee desde la Argentina y nos provee con cierta regularidad de deliciosos ingredientes. Aquí tenéis una muestra de esas fotos ricas que Marie regala a quienes dispongan de tiempo para mirar. Con todos ustedes, la galería de un perro llamado Che y, por si aún les queda hambre, la galería de una humana apellidada Casabonne.

16 Comments

  1. Ana Santamaría |

    Buenos días. Parece que últimamente se me aparecen perros como Violín por todos los lados. Comparto este extracto para todos aquellos que hayan visto algo similar, se identifica rápido, yo lo encontré hoy en vuestro cuento: “La mirada de un animal, en momentos de extrema necesidad, puede ser mucho más penetrante, casi podría decir, más expresiva que la de los seres humanos, pues nosotros comunicamos la mayor parte de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, por medio de la palabra, que hace las veces de intermediaria, mientra que un animal, que no es capaz de hablar se ve obligado a comprimir en sus pupilas todo lo que quiere transmitir. Nunca he visto la desorientación expresada de modo tan conmovedor y desesperado como entonces en aquella mirada indescriptible de…” En este caso se trata de Ponto en ¿Fue él? de Stefan Zweig. Se lo recomiendo a cualquiera porque es un relato delicioso que atrapa desde la primera línea. Un abrazo. Me quedo con a distancia kilométrica como medida para medir el “camelo”. 😉 Un abrazo.

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    • Sr.Churrero |

      A veces la distancia es el olvido y también el resentimiento.
      ¡Zweig! Qué gran recomendación.

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  2. Angela |

    Muy buenos días churreros!! preciosooo el cuento de hoy, yo también tuve un perro al que acogimos mi familia y yo, por aquel entonces veraneabamos en un camping y el perro al que llamé Duende,porque era bagabundo,siempre se acercaba a nosotros a que le diesemos algo de comer, nos seguía a todas partes y nos esperaba debajo de la caravana cuando íbamos los fines de semana, uno de aquellos fines de semana no pudimos ir,porque hizo un tiempo muy malo y cuando regresamosal cabo de un par de semanas, Duende ya no estaba,llegamos a creer que se había muerto,pero entonces al cabo de casí 4 meses apareció, mas delgado, todo lleno de garrapatas y muy sucio,fué en ese momento cuando decidimos adoptarlo, y más tarde averiguamos que los dueños de un restaurante cercano al camping le tenían manía, lo metieron en un coche y lo abandonaron en un pueblo, durante todos esos meses, Duende estuvo buscando el camino para volver con nosotros y lo consiguió, fué un perro muy feliz y vivió con nosotros más de 14 años 😀

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    • Sr.Churrero |

      Duende y Violín habrían sido magníficos amigos, Ángela. Gracias por compartir ese recuerdo.

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  3. Daniela Bari |

    Pues yo no se si por circunstancias personales pero yo a este cuento, literariamente ( se dice asi?) perfecto como sienpre, le encuentro mas chicha. Como un hecho inesperado puede cambiar tu vida, tus rutinas. Sera que no tuve perro de pequeña? Una pena.
    Un besazo churreros, hace mucho que no me pasaba por aquí.

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    • Sr.Churrero |

      Daniela, pues no andas descaminada. Puede que el perro sea sólo una disculpa churrera y que el cuento vaya de otra cosa. Eso es lo que nos gusta., que haya tantas interpretaciones como clientes.
      Ah, y no hace falta que te pases tú por la churrería si te da pereza o te queda lejos. La churrería puede acercarse a ti cada mañana. Hace tiempo que pusimos a marcha el servicio de CHURROS A DOMICILIO y funciona de maravilla. Basta con que te inscribas aquí si te apetece:
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  4. Santiago (77 años) |

    Churreros, ¡que gran relato!
    Yo, la verdad, no soy de perros. Quizás, porque en la postguerra, no estaban las cosas para esto. Los animales domésticos se buscaban la vida por su cuenta.
    Yo soy de GATOS.En mi casa, siempre había un gato, se sucedían unos a otros.
    Con esto quiero aclarar, que me gustan los animales.
    Muy bueno, el cuento de hoy, conforme lo vas leyendo te vas imaginando distintos finales, y que casi siempre dejáis en mano del lector, para que este le ponga el SUYO.
    Repito mis felicitaciones…
    Larga vida.

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    • Sr.Churrero |

      Gracias, Santiago. Llevamos con la sonrisa tonta dibujada en la boca desde que leímos tu comentario.

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  5. Chemari |

    Veras que como la orquesta siga creciendo a este le va a tocar marcarse más de un solo…

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      • Chemari |

        Jajajaajajaja por ejemplo.

        Por cierto, acabo de empezar “El trompetista del Utopía” de Fernando Aramburu. Por si quereis acercaros…

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    • Sr.Churrero |

      ¡La autora de la foto! Gracias por visitarnos otra vez, Marie. Nos encantó conocer a tu nuevo amigo.

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  6. Estela |

    Estas cosas que a veces provoca un perro, un viaje, una mujer, un hombre…
    Gracias por hacernos pensar más allá de Violín. Gracias por hacernos recordar esos perros abandonados que algunos tuvimos la suerte de adoptar. Gracias por compartir esta foto que sólo puede hacerte sonreír.
    Me encanta. Todo.

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  7. Ángeles |

    Ojiplática y boquibuzónica me tenéis…
    Cómo es posible que haya tardado tiempo en conoceros?? Bueno, ya estoy x aquí.
    En mi casa también vive una pequeña peluda de 4 patas, miembro más de la familia que tiene sus espacios y tiempos. Efectivamente tardó cerocoma en ganarse todo el respeto y cariño humano familiar. Es una cuestión de afinidades, apetencias y química, muchísima química… sin carbono aderezado no hay relaciones posibles por mucho que uno de diez vueltas al planeta. No es cuestión de kilómetros, la afinidad se mide en química y física cuántica.
    MaravillaisME!

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Échale azúcar a este churro