Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
20150118_Rocío González_manos de piedra

Un cuento gótico

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Rocío González

Era un día despejado de mitad de abril, un día tan luminoso como lo son solo aquellos que vienen precedidos por una noche de lluvia. El señor Allister, ajeno a la llegada del buen tiempo, llamaba la atención por su indumentaria. Parecía el padrino en una boda: traje oscuro y sombrero, zapatos negros con hebilla de metal a un lado. Llevaba, debajo del brazo, el periódico del día abierto por la página de las esquelas. Me vio pasar por el camino de los arriates que delimitan el cementerio. Me regaló una sonrisa esplendorosa. Se diría que le alegraba verme. Yo sabía poca cosa de él, que era un vecino de la zona y nada más. Nunca habíamos intercambiado palabra.

Serían las cuatro, asumo. Algo antes quizá. Yo había tomado la costumbre de hacer la compra solo una vez por semana. Empleaba en ello la primera hora de la tarde de los sábados. Me aburría soberanamente ir a la tienda de alimentación, me consumía la rutina de las estanterías, las latas y las frascas de cristal. Suponía un largo paseo hasta Sandrigham por una avenida insulsa poblada de paseantes de perros. Una vez en la tienda, siempre encontraba público en exceso. Pues bien, una de las personas que me antecedían aquel sábado era el mismo señor Allister, que debía de haber tomado un atajo para llegar. No hacía ni diez minutos estaba junto al cementerio y ahora me lo encontraba ahí delante, frente al mostrador de productos perecederos.

La presencia, tan solitaria, del señor Allister me hizo elucubrar acerca de su estado. No era frecuente la presencia de hombres no acompañados en la tienda de alimentación. Tal vez el señor Allister fuera un pobre viudo. Este pensamiento me conmovió, pues siempre he considerado la de viudo como la menos deseable de las condiciones.

Andaba yo perdido en estas cavilaciones cuando bajé la mirada. Es un acto reflejo. Pienso mejor con los ojos fijos en tierra. Me sorprendió identificar una variación en la indumentaria del señor Allister. Lo que yo había establecido, en nuestro anterior encuentro, que eran unos zapatos de color negro, resultaban ser ahora un par de mocasines de un audaz tono rojizo. No cabía duda: el señor Allister se había cambiado de calzado en el trayecto. ¿Con qué objetivo? ¿En qué recodo del camino? Aquella extraña circunstancia me dejó sumido en la perplejidad.

Cuando llegó su turno, el señor Allister pidió queso al corte. Tête du Moine y una cuña generosa de Stilton envejecido que le debió de costar una fortuna. Añadió galletas para untar y un par de botellas de vino blanco. Parecía claro que se disponía a celebrar una fiesta. Luego se alejó hacia la sección de las verduras e inició una nueva espera en la fila correspondiente.

Mi compra fue algo más modesta pero me animé a incluir vino, también blanco, para acompañar el emparedado de jamón y queso fresco que tenía previsto tomar nada más llegar a casa. Con la compra en la bolsa de tela, salí del establecimiento no sin antes echar una mirada rápida a la zona de las verduras. El señor Allister permanecía, en actitud paciente, aguardando a que corriera el turno.

Emprendí el camino de vuelta. Lo hice a ritmo vivo. Algo había acalorado mi ánimo, un contagio repentino, un deseo de festejar. La tarde era soleada. La brisa arrullaba las ramas de los árboles y me invadió un impulso punzante, un deseo irrefrenable de refrescar el gaznate. Efectué una parada en el pub de Oaxley. Había visto en otras ocasiones la fachada, un soberbio edificio de ladrillo de corte victoriano, un atrapa miradas que figuraba destacado en todas las guías turísticas de la zona.

No era hora de máxima afluencia, así que me encontré solo frente a la barra. Hubo movimiento de trastienda y apareció un posadero vestido como tal. Inmediatamente identifiqué el rostro bajo la boina ladeada. Para mi sorpresa, era el mismo señor Allister con quien ya había coincidido otras dos veces en aquella jornada. De nuevo parecía haber alcanzado un destino antes de que yo llegara. También había encontrado tiempo para cambiarse de ropa en esta ocasión. Y no, no se limitó a una muda rápida de zapatos. El cambio resultaba radical. Pantalón de pana, y un sobretodo atiborrado de lamparones. Protegía los pies con un par de botas de caña baja, agotadas de tanto uso. La boina ladeada en la cabeza completaba la indumentaria.

Mi corazón dio un vuelco ante el hecho inverosímil de encontrarme tres veces en un solo día con el mismo hombre revestido de modo distinto. Así que, aunque soy parco en palabras, me permití comentar el hecho en voz alta. El señor Allister sonrió con la misma calidez que había manifestado en el pueblo. No dijo nada. Me sirvió la cerveza de tiro. Una pinta entera. Luego se encaminó a la trastienda.

Esperé un par de minutos y, a continuación, franqueé yo mismo la barra y seguí al señor Allister adentro, dispuesto a desentrañar el misterio de sus apariciones. Lo encontré sentado en un sombrío taburete. Iba aún vestido de posadero de la cabeza a los pies, y acunaba entre las manos el retrato de una mujer. Era una mujer joven con velo blanco y aderezo de jazmines prendido en la solapa del vestido. La foto parecía tener bastantes años y me confirmó la impresión primera. El señor Allister era un hombre viudo.

–¿Murió? –pregunté.

–Hace hoy una semana. Y desde entonces la vida no tiene para mí el menor sentido. La de viudo es la más vacía de todas las existencias.

Agitó mi entendimiento escuchar al señor Allister disparar aquella afirmación, puesto que las mismas consideraciones habitaban, como ya he dejado dicho, en mi mente. Me atreví a pasarle la mano por el hombro. Ahí la dejé suspendida un rato. El señor Allister giró el rostro hacia mí y me ofreció una sonrisa de las suyas, amplia y franca, que, aunque me reconfortó, resultaba inapropiada en aquel momento. Abandoné la trastienda y el pub tras depositar un buen puñado de peniques sobre la barra.

Las ganas de festejar se habían disipado. Ya no tenía sed de cerveza. Tampoco de vino. No deseaba otra cosa que llegar a mi apartamento, mi pequeño apartamento, descalzarme, sentarme en el sofá, leer una novela, poner música. Poner música.

Recorrí la calle hasta mi casa. Subí al piso segundo y abrí mi puerta. Me despojé de los zapatos. Entré en el dormitorio. Pensé que sería buena idea echarme en la cama un rato. Pero en la cama yacía atravesado el cuerpo de otro hombre, un intruso que roncaba como una locomotora. Llevaba ropa para dormir, lo que en la capital llamarían un pijama. Al final de la habitación se apoyaba un espejo de cuerpo entero en que me reflejaba yo y también el durmiente, la almohada y el cabecero de la cama. El hombre ladeó el cuello en un sobresalto y abrió los ojos. Me entretuve en el estudio cuidadoso de sus facciones. Fue entonces cuando me di cuenta. En un primer momento quedé mudo. Luego toda la sangre se me acumuló en la boca y brotó de ella el más aterrador de los gritos cuando reconocí, en el rostro del hombre que ocupaba mi cama, la sonrisa luminosa del señor Allister.

 

Sobre el ingrediente

Creemos que con la foto de Rocío González estamos batiendo un récord churrero. Dos años y medio llevaban esperando esas manos de piedra en nuestra despensa. Ya lo hemos dicho otras veces: paciencia, clientela, porque la inspiración a veces es rápida, otras se hace la remolona y en ocasiones ni llega. Rocío encontró esas manos en una tumba de Sigüenza, uno de los sitios más bonitos que hay, y a nosotros nos han hecho viajar a los relatos de Edgard Allan Poe. Misteriosos, habitados por los cementerios. Valga este churro largo como homenaje a Rocío, a Poe y a todos aquellos que esperan.

14 Comments

  1. Kasirucita |

    “El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas, ya sea en sueños, a la luz del día o de la locura, porque el reino de los humanos oculta, bajo el suelo del pequeño compartimiento relativamente claro que llamamos consciencia, insospechadamente cuevas de Aladino”.
    [“El héroe de las mil caras”, Joseph Campbell]

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  2. Ángeles |

    Desplazarse entre diferentes dimensiones y espacios/tiempo debe generar una confusión tal cual la habéis descrito!!

    Q gran homenaje a Poe!!!

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  3. Lucía |

    Alaaaaaaaa…queeeee…chuuuuuurrooooooo…maaaaaaaaaaaaaaasss…laaaaaaaaaargoooooooo……
    Pues yo os doy un laaaaaargo aplauso x él! y a Rocio x la foto!

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    • Sr.Churrero |

      Sí, Lucía. Es un señor megachurro. Ahora estamos cansados y solo nos apetece echarnos a dormir un poco tras tanto esfuerzo.

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  4. Chemari |

    Pues no se yo si vais a poder dormir despues de este churro tan misterioso…

    Fdo.: Un cliente paciente

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  5. Rocio |

    Pues el relato ha salido en el momento justo…cuando lo vi en Instagram me daba apuro entrar a leerlo acostumbrada a vuestro maravilloso tono irónico , y me ha producido una paz tremenda…. Ni os imagináis la oportunidad del cuento! Uno de mis queridos hermanos tras años de una cruel enfermedad degenerativa falleció el 1 de junio, mañana es su funeral y ¿sabéis cual era su principal característica ? Su enooooorme, cálida , divertida y sincera sonrisa. Muchas gracias de corazón.

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    • Sr.Churrero |

      Gracias a ti, Rocío, por compartir con La Churrería ese recuerdo de tu hermano. Hay algo mágico en eso que dices porque la sonrisa del señor Allister apareció en las últimas correcciones del texto. Un abrazo fuerte de todos nosotros.

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  6. Elvira Lopez |

    Maravilloso cuento, escrito de forma magistral, con unas descripciones tan intensas que detienen el tiempo para ver en el presente al sr. Allister con sus cambios de indumentaria y de lugar.
    ¿Será su doble?

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Échale azúcar a este churro