Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
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Último episodio

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Alba Contreras, ganadora del concurso de fotografía de Cuentos para el andén.

En el último episodio de Boreal Everglades, la pequeña Suzy avanza, acompañada de su gato, hacia el ventanal. Descorre la cortina y da un paso definitivo. Va a asomarse a la terraza. Es la primera vez que se aventura en ese luminoso rincón. Después de tres temporadas de penumbra y encierro entre cuatro paredes, después de veintisiete capítulos, más de treinta y seis horas de emisión sin cortes comerciales, los espectadores de la serie de más éxito en la historia de la televisión van a ser testigos por fin, a través de la mirada de la niña que ha encandilado al mundo, del paisaje que existe fuera de la casa.

Mientras tanto, en el cuarto de estar de su vivienda en Billings, Montana, Betty Foyles, camarera a tiempo parcial, permanece atenta a los acontecimientos. Sobre la mesa que hay frente al televisor ha dispuesto una frasca de limonada y emparedados de dos tipos: jamón de pavo y pastrami. Ha pedido el día libre. Nadie la va a echar de menos. El diner en el que trabaja debería estar echando humo en esos instantes. Es viernes, las ocho de la tarde. Un trasiego de hamburguesas, pollo barbacoa y bebidas azucaradas sería lo acostumbrado. Pero no hay nada de eso hoy. Ni un alma. El diner en que trabaja Betty Foyles está tan vacío como todos los demás restaurantes, cafeterías y centros de ocio de Montana y de los otros cuarenta y nueve estados de la Unión. El encargado y el cocinero miran distraídamente la televisión esperando que, tras el desenlace del último capítulo de Boreal Everglades, comience a llegar algún cliente. En realidad, no miran la televisión tan distraídamente. Lo hacen en un ay, con la tensión prendida en el cuerpo, ahogados ante la expectativa de descubrir qué es lo que ha mantenido a la pequeña Suzy un año completo recluida en un apartamento en Manhattan, sin contacto con el exterior y la sola compañía de un gato.

Un plano cerrado muestra a la niña y al animal de espaldas. Es una estampa de asombrosa belleza, el final del camino, una imagen épica que podría ser un fetiche, la ilustración en un cartel prendido en cualquier dormitorio de América. La imagen está casi quemada de tanta luz como la atraviesa frontalmente. La niña se acuclilla, relaja la palma de la mano derecha sobre el lomo del animal. Millones de bocas cerradas contienen la respiración. Se aferran los dedos a los brazos desgajados del sofá. La niña susurra algo, una frase breve inaudible, en la cálida oreja del gato.

—¿Qué es lo que ha dicho? —preguntan todos.

Y entonces, cuando parece que se desvelará el misterio y se abrirá el plano, cae como un telón fundido en negro una procesión de títulos de crédito. Desfilan el carro alado que sirve de sello a la productora, los nombres de los responsables de dirección, el elenco al completo, los técnicos de sonido, peluqueros, maquilladores, catering y operadores de cámara. Todos ellos envueltos en el maravilloso papel de regalo que es la partitura de Duke Ewans. Los caprichosos arpegios toman el mando y después se desvanecen en mitad de una fantasía de cuerdas, un redoble de tambores y una armónica que, casi en llanto, se va extinguiendo hasta que la pantalla queda en negro. Negro total. La serie ha terminado.

Se despereza América, se levanta del sillón y estira el cuerpo. Unos comentan la decepción. Otros, todavía sin ganas de comentar nada, salen a la calle a devorar un cigarrillo. Los que tienen hambre apagan la tele y proponen ir en familia a algún restaurante de la zona. Hamburguesa, pizza, pollo barbacoa. Los que se quedan en casa comienzan a hacer zapping. Buscan una alternativa de entretenimiento en la amplia oferta de las cadenas de cable. Betty Foyles apaga el aparato de televisión y, sin recoger los platos de la cena, sin calzarse las zapatillas de andar por casa, sube las dos plantas que la separan de su dormitorio. Abre la ventana de par en par, da un paso afuera y se precipita en el vacío.

 

Sobre el ingrediente

En La Churrería hablamos mucho de los finales, de los desenlaces cerrados y de los desenlaces abiertos, aquellos que no concluyen nada y dejan a la clientela con las agujas de tejer en la mano. Nos apetecía jugar con ello. Crear la expectación de un final cerrado y dejarlo inexplicado, abierto de par en par, y luego, ¡zas!, cerrarlo de golpe. Una filigrana, vamos. Pero es que estamos en julio y achicharrados de calor. Necesitamos un descanso. Definitivamente necesitamos un descanso. La foto luminosa en blanco y negro nos la han servido los colegas de Cuentos para el Andén, que son unos fenómenos y ya tienen en la calle su delicioso número de julioagosto. Se van por fin de vacaciones. ¡A disfrutar, amigos, del sol, del mar y de la montaña!

16 Comments

  1. Ángeles |

    Oooooooooh…

    Vuelvo a releer, q tensión, q final, q principio, q fotooooo!!!

    “Wordless…”

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  2. Chemari |

    Y así se crean los mitos modernos en nuestra cultura…

    Pobre Betty Foyles. Igual si fuera el final de Perdidos lo entendería, pero tampoco era para tanto no???

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  3. Kasirucita |

    Terminar, terminar mal haciendo solo el ruido justo…
    Te has ido y todos han prosperado
    También hay quien te ha echado en falta
    Te queda el nudo y la esperanza de que no sea en la garganta
    Te has ido y todos…
    Te queda el nudo…
    [El nudo y la esperanza, Viva Suecia]

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  4. Lucía |

    Churrazo al cantooooo!!!
    Qué filigrana!
    Qué ZAS final!
    Qué bien os sienta el calor!!!
    Bravoooo!!!

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  5. Angela |

    Muy buenas tardes churreros!! Estupendooo el cuento de hoy, y que manera de cocinar los finales te dejan con ganas de más. Aplausos, aplausos aplausos 😀

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Échale azúcar a este churro