Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
infancia niños amor instituto

Rodillas sucias

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Lia Duran

Sentado allí, sobre su cama de flores minúsculas, con mis manos enroscadas y las piernas muy juntas, oí que me ofrecía una taza de café. Su voz me atravesó tamizada por los recuerdos de mi infancia. Acerté a decir que no me gustaba el café. Ella no podía saberlo. La última vez que nos vimos, hace veintitrés años, yo era apenas un crío con las rodillas sucias. Un crío con las rodillas sucias y enamorado de ella hasta las trancas.

Se llamaba Rocío y vivía a dos calles de la que fuera mi casa, encima del ultramarinos del viejo Marcelo quien, con cada hogaza de pan que encargaba mi madre, me regalaba una golosina de cinco pesetas. Sentado allí, sobre su cama, recordé como si fuera ayer el día que me presenté ante mis padres con los puños apretados para decirles que, si no me permitían cambiar de instituto, me marcharía de casa y no volverían a verme.

Rocío iba al otro instituto que había en mi barrio y yo me escapaba todos los días del mío para ir a buscarla. La esperaba en una esquina del patio, con la golosina que ese día me había regalado el viejo Marcelo a buen recaudo en un bolsillo de mi pantalón. Ella me dejaba acompañarla hasta su casa y yo escuchaba sus historias hipnotizado, admirando su pelo rizoso atado en una coleta en lo alto de su cabecita, como una palmera que me daba sombra en una isla desierta. Rocío fue mi oasis en aquellos días de infancia y rodillas sucias.

Sentado allí, sobre su cama, ella me preguntó dónde me había metido todos estos años. Ya no llevaba coleta, ahora los rizos le caían sobre los hombros como cortinas de espuma. Me fijé en sus pechos de mujer y en las caderas que de niño solo podía adivinar bajo su falda de tablas. Y pensé en todo lo que me había sucedido desde entonces y en lo mucho que había echado de menos esos días de golosinas y rodillas sucias.

Rocío se sentó también en la cama y puso sus manos sobre las mías que seguían arremolinadas, nerviosas. Me dijo que se alegraba mucho de verme y pegó sus pechos contra mi espalda. Noté su respiración en mi cuello, sus labios sobre mi piel llena de cicatrices. Sus rizos me hicieron cosquillas y sentí que me retenía con sus brazos desnudos. Pero habían pasado veintitrés años y yo ahora tenía las rodillas sucias por otros motivos. Cientos de ellos.

Y entonces, mi espalda se tensó, mi cuello se hizo largo y me fui alejando primero de sus labios, luego de su pelo y, por último, de sus manos. Seguí sentado en aquella cama de flores minúsculas, dándole la espalda a palmeras de rizos y golosinas escondidas en el bolsillo de mi pantalón. Extendí mi mano. Ella extendió la suya. Años más tarde pensaría en lo cerca que estuve aquel día de rozar el oasis con la punta de los dedos.

 

Sobre el ingrediente

A veces la magia sucede. Hace poco, a los churreros nos contaron una historia tan sencilla y tan íntima que necesitábamos contarla, con un poquito de ficción por aquí, con una pincelada de realidad por allá. Y hace mucho más tiempo conocimos a Lia Duran a través de sus fotos. Le pedimos esta maravilla de manos a punto de rozarse y, magia, cocinamos este churro. Gracias por ilustrar tan maravillosamente este cuento, Lia, te debemos toda la harina de nuestros mandiles. Y gracias al protagonista de esta historia por todas sus cicatrices, te debemos todo el tiempo del mundo.

16 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Maravillosooo el cuento de hoy y que maravilla de foto,esas manos que no se rozan dan para muchas historias

    Responder
  2. Ana Santamaría |

    Reencuentros que se saldan con un ligero roce en silencio. Un churro muy delicado con poso de nostalgia y hasta de intriga. Un gusto leerlo. Preciosa la foto y la mención que hacéis de la fotógrafa.

    Responder
  3. Kasirucita |

    ¡A mil kilómetros de años luz viven los sueños!
    porque como escribió Calderón:
    “¿Qué es la vida? Un frenesí.
    ¿Qué es la vida? Una ilusión,
    una sombra, una ficción,
    y el mayor bien es pequeño:
    que toda la vida es sueño,
    y los sueños, sueños son. “

    Responder
  4. CONNERY |

    Cuanto enigma en este cuento! Así es la vida, si no la cuentas con más detalle. Es el inconveniente de los pequeños relatos. Muy bueno el churro….

    Responder
    • Sr.Churrero |

      Entonces al churro hoy le han sobrado unas quinientas palabras… 😀 ¡Un abrazo, Silvia!

      Responder

Échale azúcar a este churro