Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
20161007_gonzalo montoto

Pura vida

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Gonzalo Montoto

Serían las cuatro de la tarde en Puerto Viejo. Yo esperaba el autobús al resguardo de un cobertizo hecho con tablas de madera, sentado en un tronco que alguien debió de dejar allí. En aquel país la mitad de las cosas parecían improvisadas. Una señora de mediana edad se me acercó lentamente desde el otro lado de la calle, pero en lugar de sentarse a mi lado, se quedó de pie, bajo la sombra de una palmera. Pasado un rato escuché un golpe. Al girarme, descubrí que un enorme coco había caído al suelo, a tan solo unos centímetros de la mujer. El coco era tan grande como su cabeza. Sin embargo, ella lo miró sin reproches, como si el estar a punto de morir literalmente acocotada no pareciera importarle. ¿Cómo era posible que no se alegrara de seguir en este mundo? ¿Cómo es que su rostro no reflejaba el alivio del que acaba de esquivar a la muerte?

Intrigado por su indiferencia y ese desprecio absoluto hacia la vida, tomé la decisión de seguirla. Yo estaba de vacaciones, tenía tiempo de sobra. Además, pensaba que,tarde o temprano, aquella mujer se daría cuenta de su buena fortuna y tenía la curiosidad de ver cómo lo celebraba. Cuando llegó el autobús, subí tras ella, sin quitarle la vista de encima. Miraba sobre todo sus labios, quería, deseaba ver cómo sonreían al rememorar lo ocurrido, sin embargo, los llevó apretados durante todo el camino. Se le escaparon, eso sí, un par de soplidos que quizá se debían al cansancio, o puede que al aburrimiento. No lo sé. La selva y su verdor desfilaban por la ventanilla y aquella mala mujer ni siquiera se dignaba a mirarla. Luego se apeó en la parada más cercana al mercado. Yo me mantuve en todo momento a una distancia prudente para no levantar sospechas. Compró, la mujer, medio pollo y un kilo de carne para hacer estofado. En la cola de la frutería se encontró con otra mujer, puede que una prima o una cuñada, a la que saludó efusivamente. Luego se sentaron en una terraza y yo ocupé la mesa de al lado para poder pegar la oreja con discreción. Estuvieron hablando más de dos horas, de temas variopintos: del tiempo, del precio de los mangos, de los cotilleos que habían leído en las revistas del corazón y de los extraños dolores que barruntan días de lluvia. Sin embargo, en ningún momento se habló sobre la inesperada caída de ningún coco.

Al anochecer, las dos amigas, cuñadas, o lo que fueran, cogieron juntas el autobús de vuelta. Me senté tras ellas. Confieso que entonces, debido al traqueteo del autobús, me dejé llevar por una ensoñación: con el entusiasmo del que olvida algo importante y tiene que contarlo en seguida, la mujer sacaba de improviso el tema del coco, y su amiga o cuñada se alegraba por ella y de pronto se ponían a gritar, se abrazaban y hasta se les caían las lágrimas a las pobrecitas. Ese hubiera sido un buen final para esta historia. Sin embargo, solo eran imaginaciones mías. Cuando el autobús llegó a la parada donde comenzó todo, el coco seguía ahí, en el mismo sitio dónde había caído horas antes. Las dos mujeres se bajaron y cada cual tiró por su lado. La una se dirigió hacia el pueblo, y la otra, la desmemoriada, la que estaba acabando con mi paciencia, caminó tranquilamente bordeando la playa hasta adentrarse en el interior de la selva, donde estaba su casa. Una casa de madera que también parecía improvisada.

Camuflado entre la vegetación, esperé a que entrara y se pusiera cómoda. Luego me asomé con cuidado por la ventana para ver qué hacía. Estaba preparando la cena, con la tele encendida de fondo, como si fuera una cena más, una noche más. Al cabo de un rato llegó su marido y se sentaron a la mesa. Ella le preguntó que qué tal el día y él le dijo que bien, que estaba cansado. Y nada más,«pura vida», como ellos decían. Mientras cenaban tampoco se escuchó ni una sola palabra sobre el coco. Observé con detenimiento a la mujer desde mi escondite: masticaba con la boca abierta, sin despegar la vista de la pantalla. ¿Cómo era posible que la muy estúpida no se acordase de nada?

Al cabo de una hora apagaron la televisión y se metieron en la cama. Yo esperé pacientemente, inmóvil como un jaguar al acecho de su presa, pensando que, al menos, rezaría una oración; juro que con eso me hubiera dado por satisfecho. Pero tampoco hubo plegaria. En su lugar escuché varios ronquidos: profundos y cavernarios los de él, agudos e impredecibles los de ella. Entonces decidí pasar a la acción. Me acerqué a la ventana del dormitorio, no tenía cristales, tan solo una mosquitera medio rota, y me colé por ella.

El dormitorio olía a serrín y las paredes eran tablas de madera unidas por clavos. No había cuadros, ni cortinas, ni estanterías. Solo un crucifijo colgando sobre el cabecero de la cama. El marido, rechoncho y bigotudo, dormía en calzoncillos tendido boca arriba, y la mujer estaba tumbada de costado, en la otra punta de la cama, con un camisón de flores. Lo primero que pensé fue en agarrarla por el cuello y preguntarle si ya se había olvidado del coco que casi le aplasta la cabeza. Luego, por supuesto, tenía pensado aclararle la situación a su marido, para que viera con qué clase de mujer se había casado. Él seguro que me entendería. Puede que incluso me ofreciera una cerveza y acabáramos charlando sobre el tema, de hombre a hombre. Sin embargo, decidí actuar como hasta ahora, desde la sombra, de un modo mucho más sutil.

Empecé a susurrar en el oído de la mujer palabras como «coco» y «muerte» y «milagro» y no sé que más le dije. Lo que sí recuerdo es que de pronto abrió los ojos y al verme allí plantado comenzó a gritar como una maldita chiflada. Su marido también se despertó, claro, y con una agilidad asombrosa para un hombre de su envergadura, antes de que pudiera explicarle nada, agarró un machete que colgaba detrás de la puerta. La mujer no dejaba de gritar, el hombre lanzaba a ciegas estocadas que se perdían en el aire con un silbido. No me quedó otra que recular, retroceder sobre mis pasos y tirarme de cabeza por la ventana. Después me adentré en la selva a toda prisa, jaleado por el aullido de los monos y el aleteo temeroso de los guacamayos. Por suerte, cuando logré regresar al pueblo, todavía quedaba un bar abierto. Mi última oportunidad. Entré y pedí un whisky, y al rato pedí otro, y luego otro, qué otra cosa podía hacer, era demasiado tarde para mirar hacia otro lado, alguien tenía que celebrar que aquella mujer seguía viva.

 

Sobre el ingrediente

El ingrediente de hoy nos lo envía un viejo amigo de La Churrería llamado Gonzalo Montoto, murciano, camionero y fotógrafo cuando consigue conducir con los pies. El de la foto es su padre, al cual saludamos desde aquí con las manos perdidas de harina. Esperamos que le guste la aventura en la que le hemos embarcado con este churro tropical y casi, por muy poco, mortífero. ¡Ah! Y aquí os dejamos el Instagram de Gonzalo. Un derroche de talento, de buen gusto, de entrañas, de joder, qué pedazo de artista.

16 Comments

  1. Kasirucita |

    Lo siento por interrumpir
    sólo he venido a preguntar:
    me dice que soy infeliz
    ¿qué puedo hacer por mejorar?
    Psicoanalistas deprimí
    con un trastorno bipolar
    razones para desistir
    y tiempo para imaginar..

    Mi mundo que es mi realidad.

    [Mi realidad, Lori Meyers]

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    • Lucía |

      Yo no necesito hablaaaar…
      para expresar una emoción,
      me basta sólo con miraaaaar.
      Pero sí necesito amar
      es mi única ambiciooooooón… Es lo que necesito!!
      (Me pregunto si Karisrucita es oyente de radio3)

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  2. Ángeles |

    Nivel extremo de curiosidad!!! La vida no más, no me andes weyyyyy!!! 😀

    Por cierto amigos Churreros, algo raro ha pasado en vuestro editor de texto , se han perdido los “espacios “ !!!

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    • Sr.Churrero |

      Efectivamente, Ángeles, algo extraño ha pasado esta mañana con los espacios del texto. Igual se derramó un poco de Superglue por encima del cuento esta mañana o yo qué sé. El caso es que, aunque hemos tardado más de lo deseado, ya está solucionado. ¡Espero que sepáis perdonarnos!

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  3. Ángeles |

    Buen retrato Gonzalo!!!

    Buenos días Kasirucita, Lucía, Ángela, Chemari y demás contertulios :)))

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  4. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Estupendooo el cuento de hoy, pienso yo que la mujer del cuento esta más que harta de esquivar Cocos, acostumbrada a que le caigan al lado, grandes como su cabeza, pero visto desde fuera, el hombre no se da cuenta que cada cual tiene una forma de ser y la vida igual viene que se va… 😉

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  5. Lucía |

    ¿Y alguien le habrá seguido a él para ver si en algún momento se daba cuenta de…?
    Y así podría funcionar el mundo… Tod@s fijándose en lo que hace el resto y tratando de convencerles de que están equivocad@s ¿os imagináis?

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  6. Pilar |

    Es lo que pasa cuando se fija uno tanto en lo que hacen los demás y tan poco en lo que está haciendo uno. ¡Estupendo relato, churreros!

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  7. Chemari |

    En la facultad de Psicología nos enseñaron que “si no está roto, no lo arregles”… Igual alguien tendría que recordárselo a nuestro amigo de hoy, o bueno, de hace unos días, que esta vez se me ha hecho una miaja tarde

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Échale azúcar a este churro