Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Principe azul o microondas_Lucía Alonso

Príncipe azul o microondas

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Lucía Alonso

Hoy el novio de Azucena ha pasado a buscarla en helicóptero a la salida del trabajo. ¡Qué cara han puesto sus compañeros de oficina! Suspiros, exclamaciones, dedos que señalan, envidias que encienden las mejillas, bocas boquiabiertas. A Azucena las aspas del helicóptero le han revuelto el pelo y le han revoloteado la falda. El novio ha dejado el aparato suspendido en el aire, a solo medio metro de la acera. A través de la puerta de la cabina le ha tendido una mano y una sonrisa.

—¡Sube, mi amor, que la vida nos espera! −le ha dicho, o algo similar, porque con el bramido de las aspas no se le escuchaba demasiado bien.

Y de esta guisa, Azucena se ha subido al helicóptero, la falda hecha un aleteo a la altura de las caderas. Su novio le ha tendido un casco, con pinganillo y todo, como el de las películas, y le ha besado las manos con devoción. Luego Azucena se ha asomado a la ventana para despedirse de sus compañeros de oficina. Formaban un rebaño de ovejas en medio de la carretera. Se les veía tan pequeñitos.

El helicóptero ha sobrevolado la ciudad, dejando atrás restaurantes chinos y cines multisala, ha sobrevolado el extrarradio también, ha sobrevolado un tren que parecía una serpentina, ha sobrevolado una autopista congestionada de autos y camiones frigoríficos, y ha sobrevolado, por fin, un monte espeso, de árboles antiguos, todo verde aterciopelado. Azucena observaba el paisaje apoyando la frente en el cristal de la cabina. Tenía hambre y sed y le dolía la espalda de tanto trabajar frente al ordenador. Pero ¿cómo preocuparse de eso ahora, en medio de tantas maravillas? El novio le ha señalado una cascada que surgía entre dos riscos suicidas. Abajo, una piscina natural rebosante de luz.

—¡Salta! −le ha gritado.

Y Azucena le ha mirado sin entender, pero ya él estaba abriendo la puerta del helicóptero, tomándole de la mano, y así, sin tiempo a rezar un Padrenuestro, han saltado los dos del aparato. ¡Chof!, como un cuchillo han caído en el centro del lago. Burbujas por todas partes, pececillos asustados. Azucena ha sacado la cabeza, escupiendo agua y pataleando, a tiempo de ver cómo el helicóptero daba tumbos en el aire. Con gran estruendo, se ha estrellado contra el cerro. Fuego y olor a queroseno y piezas afiladas que salen volando. El novio de Azucena ha nadado hasta ella y le ha acariciado la mejilla.

—Hoy estás tan hermosa −le ha dicho.

Y luego la ha besado, aprovechando que el resplandor de la explosión convertía la laguna en un cartel de neón.

Dispuesto en la orilla había ya un mantel a cuadros y una cesta de picnic. Dos antorchas temblorosas iluminaban la hora difusa del atardecer. Cuando Azucena ha salido del agua, un mayordomo inglés ha brotado de un arbusto y le ha ofrecido un albornoz perfumado. Azucena se lo ha agradecido bajando los ojos y el mayordomo se ha marchado, nariz alzada, a abrir una botella de Champagne Krug Clos d´Ambonnay. Vestido también con su propio albornoz, el novio ha comenzado a preparar sushi sobre el mantel a cuadros. Una pequeña orquesta ha surgido del bosque, vestidos los músicos con esmoquin y máscaras venecianas. A la de un, dos, tres han comenzado a entonar Las cuatro estaciones de Vivaldi. El mayordomo inglés les ha servido el champagne bien frío. Las burbujitas cosquilleaban la nariz de Azucena. El sushi estaba delicioso.

—Yo mismo pesqué el salmón esta tarde −le ha informado su novio, con una sonrisa desbordada.

Después de la cena, el novio de Azucena ha chasqueado los dedos y, al momento, el mayordomo inglés y los músicos de etiqueta han desaparecido. Se han quedado los dos solos con la noche clara y los grillos sonámbulos. El novio se ha quitado entonces el albornoz sin dejar de mirar a Azucena a los ojos, igual que un jaguar o la Gioconda. Su torso depilado de estatua griega. Ha avanzado hasta ella y le ha besado el cuello. Le ha susurrado:

—Te adoro, te adoro, te adoro.

Después de hacer el amor durante una eternidad, el novio de Azucena se ha desplomado, satisfecho, y se ha quedado dormido, desnudo sobre la arena. Azucena se ha quedado un rato mirando a su príncipe azul, evaluando su piel fresca, el hoyuelo de su barbilla, la actitud resuelta y confiada que emplea incluso para dormir. Luego se ha sentado en la orilla, a observar el mantel a cuadros, la botella de Champagne Krug Clos d´Ambonnay, el lago que refleja las estrellas como una noche puesta del revés. El rumor de la cascada cercana. Los restos del helicóptero todavía llameando allá a lo lejos, en el risco de la montaña. Y entonces Azucena ha pensado, y no era la primera vez que lo hacía, en lo mucho que echaba de menos su sofá, su manta inundada de pelotillas, la televisión, un vaso de leche caliente, el último capítulo de Juego de Tronos, el resplandor tímido del microondas.

 

Sobre el ingrediente

Esa chica que (claramente, solo hay que mirar la foto) espera a que baje a buscarla un helicóptero se llama Lucía Alonso. Ella es la fotografiada, la modelo, la musa. La fotógrafa que la retrató es su amiga @rabdare, dueña de un estilo fresco y delicado. Lucía nos mandó esa imagen hace algo así como doscientos años. Y nosotros la tuvimos ahí, en la despensa, esperándonos, suspirándonos, hasta que un día uno de los churreros la miró y dijo: “coño, pero si esa chica está esperando a que pase a buscarla un helicóptero”. Era evidente, sí, pero, ¿qué le vamos a hacer? A veces los churreros tardamos en darnos cuenta de las cosas. Muchas gracias, Lucía, @rabdare, por la paciencia y la dulzura.

15 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!! Geniaaaal el cuento de hoy. No se yo si la chica durará mucho con el príncipe ázul, también hay que decir, que la escenita de estrellar el helicóptero en plena montaña se la podía haber ahorrado,con lo poco que le hubiera costado al príncipe preguntar si le apetecían otros planes, si es que, en el fondo, somos muy fáciles de contentar 😉

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    • Sr.Churrero |

      Los príncipes no preguntan. Imponen, Ángela. Eso eso es lo malo de los príncipes

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  2. Ángeles |

    Wualaaaaa!!!!
    Habréis tardado, pero es que no se compone una receta de esta intensidad de la noche a la mañana!!!
    Desde el principio la pobre Azucena estaba desbordada… lo de estrellar el helicóptero no le supo bien, xq ella siempre fue muy ecologista. 😀
    Me ha encantado!!!

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    • Sr.Churrero |

      Sí, Azucena tenía la vista puesta en el microondas desde el principio del churro, Ángeles.

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  3. Estela |

    menudo fallo lo de estrellar el helicóptero… será imbécil! y… ¿chasquear los dedos al mayordomo y a los músicos? tío maleducado… en fin, que a mi volar me encanta y los picnics son mi perdición pero con este príncipe no me quedaba yo ni de coña!

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  4. Kasirucita |

    “Aquellos que padecen una indigestión o una borrachera no saben lo que es comer ni lo que es beber”
    Este príncipe está más que embriagado!!!

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  5. Chemari |

    A lo mejor Azucena le dijo un dia que queria romper la rutina de la relación… y al pobre infeliz se le ha ido de las manos.

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  6. Gonzalo |

    ¡Qué difícil es ser Príncipe Azul hoy en día! Así les va tan bien a los dentistas:
    Dios da pan al que no tiene dientes y luego pasa lo que pasa.
    Haces todo lo imaginable para conquistar a un chica y no solo no la conquistas
    sino que tienes en contra a toda la tribu que lee tus hazañas. Sí, lo de estrellar el
    helicóptero ha sido más que algo extremo una solemne estupidez, pero ¿y todo lo demás?
    Quién os dice que compatibiliza una vida más o menos normal con estos toques de enajenación y locura transitoria. ¿Creeis que siempre se comporta así? Seguro que sólo es de tarde en tarde, cada vez que compra un helicóptero nuevo.

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