Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Sergio Bernad

Piernas cortas (tercera parte)

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Sergio Bernad

VII. Sábado, por la noche.

Fernando saca a Robe del bar, lo sujeta por los hombros y avanza apartando otros cuerpos que hacen cola para entrar.

—Un poco de aire… —dice Fernando.

En la calle, deja ir a Robe, que se tambalea hasta el centro de la calzada y allí se detiene, da la espalda a Fernando. No pasan coches a estas horas, sólo se escucha el rugido de una scooter retumbando en las calles estrechas. Hace mucho rato que no llueve.

—¿Mejor?

Robe no contesta pero afirma con la cabeza. Se gira y mira a Fernando de soslayo con los ojos inflamados.

—M’e cargao a mi hermano —dice Robe.

Luego vuelve a dar la espalda a Fernando, se lleva los brazos a la cabeza y se queda así, inmóvil en el asfalto.

—Venga ya, no digas tonterías.

—Sí, sí —dice Robe.

Cierra el puño: lanza el brazo, simula el vuelo de la piedra, golpea su propia sien con los dedos.

—M’e cargao a mi hermano —dice.

—Quillo, en serio, estás muy borracho, no digas más tonterías. Y sal de ahí que ya verás, al final te atropella un coche.

Robe no se mueve. Fernando se acerca por detrás y lo agarra del costado, lo empuja hasta la acera con cuidado.

—Vamos a sentarnos un ratito en un banco y luego cogemos la moto y te llevo a casa.

Los dos recorren sin prisa la calle que les lleva hasta la ribera del río. Fernando no suelta el brazo de Robe hasta que llegan al parque, esa selva que ahora está desierta, sin ruidos ni cuerpos, sólo farolas y palmeras muy quietas. Se sientan en un banco de hierro rodeados de botellas abandonadas, bolsas de hielo derramadas, vasos de plástico rotos. Fernando saca la cajetilla de tabaco y se enciende un cigarrillo.

—¿Quieres vomitar? —dice Fernando.

Robe niega con la cabeza.

—Mi hermano dice que soy un maricón.

—¿Y?

—No sé…

Fernando se encoge de hombros.

—Pues vaya insulto de mierda, ¿no? —dice.

Robe hace un esfuerzo por abrir los ojos y mira fijamente a Fernando.

—Dame una calá —dice.

—¿Por eso te lo has cargao? —dice Fernando.

—¿Qué?

—A tu hermano, ¿porque te ha llamao maricón?

—No. No sé, me da igual. Es un gilipollas.

Robe no aparta la mirada de Fernando.

—Dame una calá —dice.

Estira el brazo y desliza su mano hasta la mano de Fernando, coge con torpeza el cigarro y con un movimiento lento se lo lleva a los labios, aspira el humo, estalla en una tos que sacude su cuerpo, tose, tose, tose, mientras Fernando ríe y le da palmadas en la espalda. Luego intenta recuperar el cigarro pero Robe no lo suelta, da otra calada, vuelve a toser y, de repente, llora. La tos quiebra los sollozos y Fernando tarda en darse cuenta de que hay lágrimas en las mejillas de Robe. No dice nada, sólo le acaricia la nuca con dedos tranquilos. No dice nada y el cigarillo se consume en la mano de Robe. No dice nada hasta que la tos se detiene, las lágrimas se detienen, y entonces:

—Venga, te llevo a casa.

VII. Domingo, casi amaneciendo.

Robe tiene la mano dentro del bolsillo y las llaves atrapadas en el hueco de los dedos. Frente a él, está la verja del jardín. Más allá de los barrotes, silencio, oscuridad. Robe no sabe qué esperaba, pero no ese silencio ni esa oscuridad. Quizás luces, sirenas, lloros, alguien sosteniendo en el aire sus zapatillas embarradas, alguien gritando el nombre de su hermano. Pero no sabe qué hacer frente a esta quietud. No se atreve a sacar las llaves y abrir la cancela, cruzar el jardín hasta la entrada. Todo parece demasiado sencillo, casi una trampa.

Empieza a llover pero es sólo un rumor leve, nada cambia.

Robe no se ha movido de donde le ha dejado Fernando cuando se ha ido hace unos minutos. Ha vuelto a casa en su scooter. Te la traigo mañana, ha dicho. Y Robe ha pensado que nunca más volvería a ver su moto. Ahora, observa su casa a través de los barrotes. No hay luces encendidas, las persianas están bajadas.

El agua empieza a empaparle el pelo, la ropa, la tela de los tenis. Nota su peso sobre la piel y le trae el recuerdo del barro, el olor del mar, el roce de la piedra en la mano. El silencio del jardín es el silencio de las marismas. El cuerpo de su hermano tirado en el camino, sobre la arena húmeda. El cuerpo de su hermano tirado en el colchón, bajo las sábanas, dormido.

Robe saca las llaves del bolsillo y abre la cancela. Sólo quiere descansar.

 

Sobre el ingrediente

Ya no huele a sal en la churrería: hoy se acaba la trilogía gaditana que hemos estado cocinando estas tres últimas semanas. Puedes leer la primera parte de Piernas cortas. Y también la segunda, por si te las has perdido.

Hemos tenido un proveedor de excepción que nos ha dejado en la despensa unos ingredientes deliciosos. Muchas gracias, Sergio Bernad, por prestarnos esta última fotografía para cocinar. No os perdáis su galería. Nosotros seguro que repetimos pronto.

13 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!! Geniaaaal el cuento de hoy, necesito saber si al final Robe ha matado a su hermano, espero que no,optimista que es una 😉

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      • Estela |

        Ángela, que no lo ha matado! Que está durmiendo como un cesto! Un par de puntos, como mucho. Y a Robe… pues mira todo lo que se le ha revuelto… Seguro que mañana, cuando se despierten, las cosas son un poco diferentes.

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  2. Chemari |

    Ni se os ocurra cocinar el churro del dia siguiente, que nos rompeis el suspense!!

    Conoceis a Andrés Barba?? Escribe historias sobre niños y adolescentes hermosas y perturbadoras como este “Piernas cortas”. Os recomiendo mucho “Las manos pequeñas”.

    Gracias como siempre hermosos!!

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    • Sr.Churrero |

      Pues vamos a coger tu recomendación y a traérnosla a la churrería para leerla entre fritura y fritura. Prometemos tener cuidado y no dejarla demasiado pringosa. ¡Gracias, Chemari!

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  3. Darío Allue |

    Es mi primera trilogía de Cadiz. saludos desde el norte churreros. Oi de vosotros el otro dia y ya soy incindicional.

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Échale azúcar a este churro