Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Sergio Bernad

Piernas cortas (segunda parte)

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Sergio Bernad

V. Sábado, por la noche.

Robe da un sorbo a su vaso de plástico y nota el dulzor que se pega en sus labios. El río arrastra la humedad hasta el parque pero no puede esconder el olor del cigarro que se está fumando Fernando. Es el único del grupo que fuma y Robe siente una chispa de envidia. Robe lo intentó una vez pero no le gustó el roce áspero bajando por su garganta, los pulmones devolviendo el humo con cada tos, con cada espasmo. Y aún así le gustaría ser capaz de sostener uno entre sus dedos, prenderlo y llevárselo a los labios como hace Fernando, con esa lentitud.

Estallan risas en el grupo pero Robe se ha perdido la conversación así que da otro trago e intenta prestar atención.

—De verdad, ha sido la polla, ha sonado… ¡plac! —dice uno.

—Qué hostiazo le ha pegado, así, sin venir a cuento —dice otro.

—No veas, yo creo que don Manuel se estaba descojonando cuando los ha echado a los dos de clase.

—Sí que venía a cuento, quillo, el Alejandro se lo merecía. Qué fatiguita de tío, de verdad.

—Quillo, pero es que no veas qué hostia le ha pegado, que igual le ha partío la boca.

Robe nota que su cuerpo está alerta, que los músculos se tensan y se le acelera el corazón. Mira a su alrededor, a los grupos de adolescentes que también beben y fuman, entre fuentes de piedra y palmeras, a contraluz, en las sombras que no alcanzan las farolas, una maraña de brazos y piernas, de cuerpos que son una selva frondosa. Ocultos en esa maleza acechan peligros, ojos brillantes, ruidos extraños. Da un trago al vaso y deja que los hielos rocen sus encías, soporta el escalofrío que sacude su espina dorsal.

VI. Sábado, unas horas antes.

Había dejado de llover en las marismas.

—Espera, espera, párate.

Mauricio agarró a Robe por el brazo.

—No te muevas.

Su hermano señaló el suelo unos metros más allá, fuera de los límites del sendero, pero Robe no veía nada.

—¿No la has visto? No te muevas o nos ataca.

—¿De qué…?

—Shhhh… Espera aquí.

De puntillas, con zancadas largas, Mauricio salió del sendero con una sonrisa que inquietó a Robe. Quiso preguntarle adónde iba pero no lo hizo. Su hermano se detuvo un instante, como si dudara o como si buscara algo a su alrededor con urgencia. Al fin, se agachó y cogió un palo de madera. Luego dio algunos pasos más, sigilosos, de depredador, y se agachó muy lentamente blandiendo el palo por delante. Después, hizo un movimiento brusco con el palo y Robe vio que su hermano atrapaba algo en el suelo pero no fue capaz de distinguir qué era. Mauricio gritó:

—¡La tengo!

Una sonrisa triunfal asomaba en su cara mientras caminaba de vuelta, ya sin tantas precauciones. No llevaba el palo: en su lugar, acunaba algo en los brazos. Una serpiente. Su hermano había cazado una serpiente. Cuando se acercó más, Robe distinguió la cabeza, pequeña y afilada, cautiva en la mano de su hermano; el cuerpo pardo oculto entre los brazos; la cola, que se retorcía con desesperación en el aire.

La sonrisa triunfal de su hermano.

— Mira qué guapa, ¿eh?

Robe retrocedió un poco cuando su hermano estiró el brazo para enseñársela.

—¿Te da miedo o qué?

—¡Qué dices!

La lengua de la serpiente entraba y salía de la boca en silencio, cada vez más cerca. Robe apartó la mirada y dio otro paso atrás, notó el suelo blando de la marisma.

—Te da miedo, mariquita.

—Déjame en paz.

—Pero si no hace na, no es venenosa. Mírala, joé.

—Quillo, en serio. Suéltala y déjame en paz.

La sonrisa triunfal de Mauricio se transformó en una mueca de disgusto, sólo un instante, y luego volvió otra vez la sonrisa, pero esta vez cruel, peligrosa, de depredador.

—¿Quieres que la suelte?

Robe afirmó con un gesto, con el cuerpo encogido, la cabeza gacha.

—La suelto, ahí la tienes.

Mauricio lanzó la serpiente hacia Robe, que intentó esquivarla. Al hacerlo, tropezó y cayó a la tierra negra y húmeda. Histérico, buscó a la serpiente a su alrededor, quizás la había aplastado al caer, quizás la tenía encima, quizás se preparaba para atacarle… Tuvo el tiempo justo de ver cómo desaparecía en la seguridad de los matorrales. Mauricio lanzó una carcajada.

—¡Eres un acojonao!

Luego, su hermano salió corriendo con un crujido de grava. Robe se quedó tirado en el suelo, los dedos hundidos en la tierra. Mauricio se alejaba poco a poco por el camino. Y entonces Robe buscó en el suelo, a su lado: encontró una piedra que cabía en su mano, la cogió, sus filos se le clavaron en la piel. Se levantó, salió al camino y la lanzó con rabia. Supo que había acertado cuando su hermano se desplomó como un peso muerto, como si alguien lo hubiera dejado caer desde las nubes oscuras que cubrían el cielo. Todo se detuvo por un instante. Luego, Robe empezó a caminar en dirección contraria, cada vez más rápido, cada vez más rápido hasta que echó a correr.

 

Sobre el ingrediente

Hoy vuelve la adolescencia, vuelve la segunda parte de Piernas cortas y repetimos con una foto de Sergio Bernad (¡gracias de nuevo, Sergio!). Como siempre nos pasa cuando nos ponemos a cocinar un churro por fascículos, se nos va de las manos. Aquí tienesa la tercera y última parte del relato. ¡Que lo disfrutéis!

3 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Estupendoo el cuento de hoy, me encantan las series y este cuento es como una de ellas,siempre te quedas con ganas de saber que pasará en el próximo capítulo 🙂

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  2. Chemari |

    Ay Robe, que ya no aguantas mas…

    A este paso te van a faltar piernas para salir corriendo.

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Échale azúcar a este churro