Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
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Piernas cortas (primera parte)

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Sergio Bernad

I. Sábado, por la noche.

Normalmente, Robe hubiera discutido con su madre cuando ella le dice que no puede salir con los tenis de skate manchados por el barro pero esta vez no lo hace. Sube a la habitación y coge otro par, unos Quicksilver rojos con una franja gris. Están un poco viejos pero al menos no están sucios. Se los cambia y deja el par manchado junto a la cama. Cuando está a punto de salir del cuarto, da media vuelta, se agacha y empuja los tenis embarrados hasta la oscuridad que gobierna bajo el somier, al fondo, lo más que puede. Luego, baja a la cocina para cenar algo.

II. Sábado, unas horas antes.

Robe no quería salir a correr pero Mauricio, su hermano mayor, no se lo puso fácil. Eso es porque tienes las piernas cortas, le dijo Mauricio. Tienes las piernas cortas y por eso eres más lento que yo. No seas vago, quillo, es sólo un poco de lluvia. Venga, joé, no seas maricón, unos kilómetros y nos volvemos. Una horilla, si no es na. ¿O es que no aguantas una hora?

Salieron de casa. A lo lejos los relámpagos se estrellaban contra al mar, entre los edificios de apartamentos que los turistas invadían cuando llegaba el verano. Recorrieron al trote las calles vacías de la urbanización, dejaron atrás el colegio privado y llegaron a la carretera que llevaba hasta la playa y, por fin, a la pasarela de madera que cruzaba las dunas de arena y la unía con las marismas. Se adentraron en sus senderos.

III. Sábado, por la noche.

Ha dejado de llover pero todo sigue mojado. Las manchas de gasolina brillan en el asfalto bajo la luz de las farolas pero Robe no presta atención al apretar los frenos de su scooter, ni cuando pisa la pintura blanca de las líneas o coge la curva de una rotonda inundada. Un coche de policía local activa la sirena detrás de él. Durante un segundo, Robe cree que le van a parar pero el coche le adelanta. Robe deja que se aleje y luego acelera de nuevo. A toda velocidad se borran los chalets, el centro comercial, el estadio de fútbol. Cruza el río y entra en el centro de la ciudad.

Aparca la moto frente a Kilómetro Cero, la tienda donde siempre compran el botellón. Allí, sentados en sus scooters, esperan sus amigos. Casi todos han llegado ya. Fernando también. Vive cerca y suele ir andando. Se saludan y, cuando llega el resto, hacen cuentas con entusiasmo y compran alcohol, refrescos, vasos de tubo y hielo sin que el tendero les pida el carnet de identidad. Nunca lo hace. Luego, se suben a sus motos y se dirigen al parque.

El trayecto es corto así que Robe no se pone el casco, deja que el aire húmedo despeine su pelo, los ojos se le llenan de lágrimas y las calles se empañan, se diluyen en las luces rojas y verdes de los semáforos. En el asiento de atrás, Fernando es un peso muerto y, sin saber muy bien por qué, a Robe le molesta esa manera de dejarse llevar.

Un semáforo rojo les separa de los demás y llegan un poco más tarde. En el parque no pueden meter la scooter así que Robe aparca junto al murete que lo rodea, junto a decenas de otras motos que se apiñan sobre sus patas de cabra y con sus candados pitón abrazados a las ruedas.

Robe y Fernando caminan en silencio hacia el lugar donde estarán sus amigos. Las farolas alargan las sombras de la gente que bebe en los bancos, entre los árboles.

—Quillo —dice alguien, pero Robe y Fernando no se detienen.

—¡Quillo!

Un adolescente bajito y muy delgado, con un aro en la ceja, se planta frente a ellos.

—¿Estáis sordos o qué, cohones?

Ninguno de los dos contesta, intentan rodear al chico pero este no les deja pasar, les sujeta del brazo.

—¿Tenéis un cigarro?

—No tenemos —dice Fernando.

Es mentira, Fernando tiene tabaco, Robe lo sabe. Nota cómo Fernando se encoge un poco. Es más alto que el chico pero no lo parece. Robe también se siente más pequeño.

—Pues dadme un eurito, ¿no? Venga, portarse, joé.

Robe tiene dinero suelto en el bolsillo y duda. Es sólo un euro, piensa. Sólo un euro. El chico se acerca más a ellos, se muerde el labio.

—¡Que me déis un euro, cohones!

Y entonces Robe da un empujón al chico, grita aunque no sabe lo que grita, el chico cae al suelo con cara de sorpresa. Fernando coge a Robe del brazo, tira de él. Corren entre las sombras, atraviesan el parque hasta donde están los demás, que ya están bebiendo.

—Quillo, no veas… Cómo te has puesto. —Fernando intenta recuperar el aliento y sonríe—. Se te va la pinza.

IV. Sábado, unas horas antes.

Robe notaba el peso del agua en el pelo húmedo, en la camiseta y los calcetines empapados. No sabía cuánto tiempo llevaban corriendo, Mauricio era quien llevaba el cronómetro en el reloj, y Robe no se atrevía a preguntar. Un paisaje gris de marismas y matas desfilaba ante sus ojos y a Robe le parecía que todo era igual. El único punto de referencia eran las grúas de los astilleros, que se erguían a lo lejos rozando los vientres de las nubes, inmóviles. Parecen esqueletos gigantes, pensó Robe, pero luego se obligó a concentrarse en la carrera, en su hermano Mauricio que iba delante, corriendo a buen ritmo, la cabeza oculta por la capucha de la sudadera. No había otros sonidos que el susurro rasgado de sus pasos sobre la grava del sendero y el retumbar sordo de los truenos, pero por encima de todo aquello Robe oía la voz de su hermano: piernas cortas, piernas cortas. Robe apretó el paso. No se veía a nadie más en las marismas.

 

Sobre el ingrediente

Volvemos a la fotografía analógica, a la textura de las sales de plata que nos han llevado a toda velocidad, montados en una scooter, a una adolescencia exprimida en los parques de una ciudad de provincias, a las noches con amigos, a las peleas de hermanos. La responsabilidad es de Sergio Bernad, un culpable habitual de la churrería, que nos mandó esta fotografía hecha con una cámara desechable.

Hoy os traemos la primera parte para que la dosis de nostalgia sea la justa. Esperamos que os guste y que os deje con ganas de más azúcar. Puedes seguir leyendo la segunda parte.

6 Comments

  1. Estela |

    ¡Buenos días, churreros! Por aquí la ración de hoy nos ha sabido a poco… otra ronda, por favor ;o)

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  2. Angela |

    Muy buenos días churreros!! Estupendoo el cuento de hoy, os doy toda la razón, me habéis dejado con ganas de más azúcar 😉

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    • Sr.Churrero |

      Pues el azúcar es fatal para todo (o eso dicen mucho en los periódicos). Pero engancha, lo sabemos. De verdad que no lo hacemos a posta, Ángela. Bueno… un poco.

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Échale azúcar a este churro