Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Mentiras_Angeles_Pizarro 2

Mentiras, mentiras y más mentiras

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Ángeles Pizarro

Hace unas semanas pasé unos días en mi pueblo. Mientras mi madre me servía un generoso plato de arrosejat —ay, hijo, qué flaco vienes, ¿es que no te dan de comer en Madrid?—, yo aproveché para comentar que estábamos pensando en cerrar Cuentos como churros.

Había sido un proyecto muy bonito, expliqué, y sin duda todos habíamos aprendido mucho —uf, esta sepia está de muerte, ¿no hay más alioli?—, pero lo cierto era que, de un tiempo a esta parte, cada vez nos costaba más emocionarnos con nuestros relatos. Lo que antes era diversión había pasado a ser obligación. Algunos de los churreros sentían la necesidad de descansar, otros querían probar cosas nuevas, algunos no sabían cómo explicarlo pero lo cierto es que les faltaba algo, y sabían que en La Churrería no iban a encontrarlo. Mejor cerrar el proyecto ahora, cuando todavía sentíamos un escalofrío de orgullo al llamarnos churreros, y no esperar a que la cosa fuera languideciendo, a que surgieran los inevitables malos rollos, tan importante es empezar algo como saber cuándo acabarlo. Y además: ponme un poco más de vino, ya abro yo otra botella, ¿se puede repetir?, a mí sírveme el socarrat, que me encanta, ¡hay que ver qué ricos están los tomates del tío Paco!

Mi madre me dijo entonces que qué pena. Admitió que últimamente ya no leía muchos de los relatos, pero es que, hijo, ya sabes, yo con esos aparatitos y con el internet es que me hago un lío. De un modo natural, rememoró uno de los primeros cuentos que escribí para La Churrería. Un cuento muy personal, en el que yo había descrito cómo, siendo un crío, mi padre había cazado un murciélago y lo había usado como ejemplo para descubrirme los misterios del universo. Mi madre me dijo: ese cuento sí que me gustó, me gustó una barbaridad. Y yo pensé: claro, cómo no, así son las madres, barriendo para casa, a ella lo que de verdad le importa no es la calidad literaria del relato, sino saber que es su hijo el que está detrás de esas palabras. Pero como, de todos modos, uno es sensible a la adulación, y como de vez en cuando sienta bien que te doren la píldora, yo recogí el testigo de mi madre y dije: gracias, muchas gracias, la verdad es que ese también es uno de mis cuentos favoritos. Afirmé, algo pomposo, que, en mi opinión, se notaba, se transpiraba, se contagiaba la verdad que había en la historia. Porque ese cuento, a diferencia de otros, estaba basado en un recuerdo real y, claro, eso debía de marcar alguna diferencia respecto a otros relatos míos.

Pero qué dices, interrumpió mi padre. Y se rió con la boca llena de granos de arroz. Pues que ese cuento cuenta un recuerdo mío, y que por eso tiene un sabor distinto, argumenté yo. Mi padre se encanó de risa. Mi madre y mi hermana me miraron como se mira a un chaval que se ha perdido en el supermercado. ¿Lo dices en serio?, me preguntaron, ¿de verdad crees que lo que contaste en ese cuento pasó de verdad? Y yo: que sí, que sí, que claro que sí. Y también ellas comenzaron a reír.

Mi padre me explicó entonces que naranjas de la china. Me dijo que lo sentía mucho —no pongas esa cara, tampoco es para tanto, pásame el pan— pero que él nunca había cazado ningún murciélago en la red de Alcocebre. Me juró y perjuró que nunca había extendido las alas membranosas de un murciélago en la terraza del chalet. Jamás se detuvo a explicarme cómo hacen para orientarse los murciélagos. No hubo mancha de sangre en la pared, ni revelación infantil, no existió, en definitiva, ese día en el que yo comprendí que mi padre no era Dios y que eso le engrandecía más todavía.

Pero, pero, pero, balbuceé yo. E intenté explicarles que eso era imposible. Que sin duda su memoria estaba fallando —era su memoria la que andaba mal y no la mía, les dije—. Porque yo podía recordar con todo lujo de detalles —todavía ahora, mientras escribo esto, puedo hacerlo— cómo se agitaba el murciélago enredado en la red ilegal de cazar pajaritos. Era mediodía y hacía calor. Tardamos casi media hora en desenredarlo, el sol caía plano sobre nuestras cabezas, y el animal se quejaba con unos chillidos de bicicleta mal engrasada. Al terminar, mi padre lo sujetó con un puño y nos dirigimos hacia el chalet. Mi padre avanzaba delante y yo iba dando saltitos a su alrededor. Nuestras sombras eran chatas a esa hora. El chalet de Alcocebre brillaba a lo lejos, blanco bajo el sol. ¿Por qué iba yo a inventarme todo eso?, pregunté. ¿Cómo podía recordar tan nítidamente algo que nunca sucedió? Y más importante todavía, insistí: ¿de qué me podía servir mentirme de esa manera?

Una vez cazamos una cría de mochuelo, dijo mi padre. La cuidamos varios días hasta que se le curó el ala y salió volando. ¿Te acuerdas de eso?

No, dije yo.

Pues mochuelo sí hubo, pero murciélago no.

Yo no entendía nada. Aquello tenía que ser algún tipo de broma familiar. Mi hermana me daba golpecitos en el hombro y se reía por lo bajo: siempre has tenido la cabeza en otra parte, dijo.

Y mi madre añadió: ¿quién quiere fruta? La semana pasada se pasó Vicenteta y nos dejó unas peras que son miel de romero.

No insistí más. Comí mi ración de fruta obligatoria —en casa de mis padres la fruta no es una opción— y pasé la sobremesa como si anduviera drogado. Desde entonces, he vuelto a pensar muchas veces en ese recuerdo inventado que luego transformé en cuento. He investigado, he preguntado a mis familiares, he interrogado a algunos amigos, incluso llamé a mi exnovia, y he llegado a la conclusión —se me ponen los pelos de punta al escribirlo— de que ese no es mi único recuerdo inventado.

Mi hermana y yo nunca bajamos con un bate de beisbol a espantar a un ladrón durante una lejana nochevieja —la inclusión del bate de beisbol, tan de película de Hollywood, debería de haberme dado alguna pista sobre la irrealidad de ese recuerdo—. De pequeño, jamás me disfracé de mosquetero. Mis amigos y yo nunca nos colamos en el cementerio y mucho menos salimos corriendo al tropezarnos con una vieja que hacía pis sobre una tumba. Mi familia y yo no dormimos en el coche durante una semana mientras visitábamos los castillos de Carcassonne. De hecho, fue mi hermana la que visitó Carcassonne, no yo. Jamás llegué borracho a mi piso de Roma, un martes a las tantas de la noche, sin recordar de dónde venía ni dónde había estado, en calzoncillos y con un gorrito de Buon compleanno en la cabeza. Elisa Matamoros, la del 4º C, asegura que nunca me enrollé con ella. Y entonces, me pregunto yo, ¿con quién carajos perdí la virginidad? Mi vida entera es una mentira, o a menos es una mentira en potencia.

A estas alturas, las cosas como son, me siento incapaz de afirmar qué viví realmente y qué no, qué países he visitado y cuáles he inventado, cuántos de mis amigos son de carne y hueso y cuántos imaginarios. ¿De verdad tuve una novia de Salou? ¿Es cierto que soy alérgico a los cacahuetes? Siempre me he considerado, con mis muchos defectos, un ciudadano en esencia educado, cumplidor; una buena persona, en definitiva. ¿Y si resulta que soy un hijo de puta peligroso? Tal vez he sustituido los recuerdos de mis barrabasadas —desde gatos empalados a viejecitas apaleadas— por arrulladores recuerdos de tardes buscando setas con mi padre. Incluso llego a preguntarme: ¿realmente durante estos tres años he estado escribiendo en Cuentos como churros? ¿Existen mis compañeros churreros, existen los lectores que comentan puntuales, existe el cuento que escribí sobre un recuerdo que era una mentira, o ese recuerdo es a su vez otra mentira y así? Buf, es como para volverse loco.

Así que en esas ando, cuestionándome quién coño soy yo y examinando con lupa cada recodo de mi pasado. Y de este modo, a fuerza de darle vueltas al asunto, hasta he acabado por ponerme metafísico. He llegado a plantearme —espero que sepan disculparme la pedantería— que igual vivir es lo mismo que escribir.

Y que escribir es igual que mentir.

Pero mentir con tantas ganas que hasta uno mismo da por buena la mentira.

 

Sobre el ingrediente

Para ilustrar este doble juego al que hace referencia el texto nos hemos valido de una de las doscientas fotos que Ángeles Pizarro nos mandó hace tiempo. Porque, qué cojones, ya que La Churrería va a cerrar, pues por qué no rendirle un último homenaje a una de las cochurreras que más veces nos ha inspirado. ¡Y es que esto se acaba, amigos! Quedan solo tres cuentos más para que La Churrería cierre sus puertas. Pero queremos irnos por todo lo alto, presentando libro nuevo y brindando con todos los que tengan a bien pasarse. La fiesta-despedida-presentación-de-libro será el próximo miércoles 29 de noviembre a las 20 horas en el Umbral de la Primavera (Lavapiés, Madrid). ¡Os esperamos!

11 Comments

  1. Kasirucita |

    Es mejor no decir nada
    sino hay nada que decir,
    la verdad no es necesaria
    si se trata de vivir,
    mientemeeee eee eeee eeeeeeehhhh
    porque solo asi me haras saber
    que aun nos podemos entender
    mientemeeee eee eeee eeeeeeehhhh
    si tus ojos dicen la verdad
    ¡mienteme!

    La mentira nos ha unido
    la aceptamos los dos
    cualquier cosa es importante
    ANTES QUE DECIRSE ADIOS
    mientemeeee eee eeee eeeeeeehhhh
    [Mienteme..eee.eee.eeee, Camilo Sesto]

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  2. Domingo |

    No puedo evitar sentir melancolía y ademas culpabilidad por no ser lector asiduo ni intervenir todos los dias en esta maravilla oxigenante que es “ cuentos como churros” . Espero poder seguiros la pista, poder seguir maravillándome, porque mis puntuales visitas hicieron que cada cuento siempre siempre fuera revelador y detonante de múltiples sensaciones, que no me gustaría perder. Gracias por viestras ideas, por vuestros homenajes al espíritu humano, por esos recuerdos creíbles que entretejen vidas, gracias

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    • Sr.Churrero |

      Mechachis la mar, Domingo, que nos has emocionado. No seas tan duro contigo mismo, por favor. Nosotros mismos somos fieles lectores de otros blogs, webs o lo que sea, y tampoco comentamos todo lo que nos gustaría, también algunos días nos olvidamos de acudir a la cita de rigor. Es lo normal y no pasa nada y está bien. Además, amigo Domingo, con este comentario te has resarcido totalmente. ¡Un abrazo bien sentido!

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  3. Ángeles |

    Se miente cuando uno es consciente de que lo que dice no es verdad. Pero cuando somos capaces de recrear milimétricamente universos, mundos y sucesos, con todo lujo de detalles, tantas veces q hasta pueden llegar a formar parte de nuestra memoria… cuando vivimos estos momentos así, más que mentirosos somos inventores, creativos, autores, innovadores y hasta revolucionarios.
    Una vez más me dejáis ojiplática y boquibuzónica.
    Recordaré esta comida en casa de tu familia durante toda la vida, y qué rica la sepia!!!! Madredelamorhermoso!!! 😀

    G R A C I A S !!

    Aún resuenan en mi imaginario las llamadas a ¡Marianaaaa! :O
    La selva abriéndose camino trepando sobre las piernas del jugador.
    La Itv con esa particular pareja.
    El señor despistado q perdió una cita q prometía ser…

    Se os quiere.
    No habrá espacio-Tiempo por suceder en el que no volvamos a encontrarnos.
    Estoy haciendo encaje de bolillos con mi clase del día 29, sigo en la lucha!!!

    Una vez más me dejáis sin palabras… el día q sea capaz de articular palabra… no callaré!!! ;)))

    Abrazos a dos brazos!!!

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  4. Daniela |

    Cuando empezaron a desaparecer los martes y los jueves me dijisteis que nunca habían existido. ¿Y los cuentos? Juraría que en mi memoria guardo sus sensaciones .He leído, desde entonces, cada cuento con un estremecimiento de anticipación que hoy se ha hecho real. Hoy lloro por mí, quizás debí escribir más en la web, quizás de lo que no se habla, desaparece. No lloro por vosotros porque sé que sois de los elegidos, que seguiréis haciendo grandes cosas. Y que todos nosotros seguiremos disfrutándolas. El cuento de hoy me ha sonado a despedida y debo darle la razón al churrero, yo confundo realidades muchas veces, pero yo no las llamo mentiras las llamo fantasías, y que buenas son a veces!! y que malas otras!! Espero veros el día 29 y daros un abrazo. Besos mil.

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  5. Angela |

    Muy buenas tardes churreros!!! Estupendisimoooo el cuento de hoy y además con una de las fotos de Ángeles. Ays cuanto se os va a echar de menos, con lo que me gustan a mí vuestros churros, aunque sean a deshora. Este cuento me ha recordado al gran Calderón de la Barca cuando decía… ” Fingimos lo que somos; seamos lo que Fingimos”. Pues eso que más da que sea o no cierto, si lo hemos vivido como tal 😉

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  6. Chemari |

    A ver, no, esto si que no. No os podéis despedir con una foto de la grandérrima Ángeles Pizarro, seguidora incansable de churros e instagrames. Joder, si es que ya sois familias!!

    Ea, para que se me pase la congoja, os dejo una cita del último libro que estoy leyendo:

    “Para mí fue algo increiblemente revelador: inventar siginifica recordar”
    (“Que todo sea como nunca fue”, Joachim Meyerhoff)

    Y quedan (snif) 3…

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Échale azúcar a este churro