Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
losaviones

Aviones de papel

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Libertad Estefa

Hubo un tiempo en el que mi padre y yo íbamos juntos a ver los aviones. Yo le preguntaba cómo era posible que algo tan grande y pesado pudiera volar igual que los pájaros, pero mi padre no sabía nada de aeronáutica, y yo no sabía nada de la vida. Quizá, por eso, todas las preguntas siempre se quedaban sin respuesta. No obstante, volvimos al aeropuerto una y otra vez, sin faltar un solo sábado, lloviera o nevara, como si fuera un ritual. Luego, con el paso de los años, mi padre y yo comprendimos algunas cosas y dejamos de ir.

Lo bueno, o lo malo, es que la idea se me ocurrió a mí. Recuerdo que habíamos terminado de comer y me tumbé en el sofá. El mueble del comedor ocupaba casi toda la pared, no teníamos televisión, así que lo más probable es que estuviera embelesado, mirando cualquier cosa, los dibujos geométricos del papel pintado que cubría las paredes, por ejemplo, o tal vez la foto de mis padres en el día de su boda. Me gustaba mirar esa foto: mi padre y mi madre sonreían a la cámara con los ojos achinados porque el sol les daba de cara. El suelo se veía blanco de tanto arroz y tras ellos podía adivinarse el viejo portón de una iglesia del que salía un pelotón de gente en blanco y negro. Justo al lado de la foto, dispuesta en tres estantes, se alzaba majestuosa la enciclopedia que nos regaló el banco: veintisiete ejemplares encuadernados en piel marrón con los lomos dorados. Puede que, en realidad, fuera eso lo que miraba. Podía pasarme horas observando esos lomos, imaginando que eran de oro de verdad, que los libros eran lingotes y que mi padre ya no tenía que volver a la fábrica. De cualquier manera, aquella tarde, de una forma repentina, me vino a la cabeza que el abuelo de Genarito le llevaba al aeropuerto a ver los aviones. Genarito se lo contaba a toda la clase cada vez que iba. Se lo pregunté a mi padre. Él estaba en la cocina, fregando los cacharros. Lo pensó un momento y luego se encogió de hombros, como diciendo: ¿por qué no?

Antes de marcharnos, mi padre cogió su sombrero y cerró la puerta con llave.

Al cabo de un rato, una sombra grande y otra pequeña caminaban de la mano por la acera: éramos mi padre y yo. Luego nos sentamos en la parada a esperar el autobús, que llegó vacío. Esta es la mejor hora para viajar, dijo mi padre, porque no hay tráfico. Entonces mi padre parecía saberlo todo: la razón por la que anochece antes en invierno, por qué llueve en agosto, y por qué la nevera hace ese ruido tan molesto. Todo menos por qué volaban los aviones. Cuando el autobús empezó a moverse miré por la ventanilla, entonces sentí lástima por lo que íbamos dejando atrás, por las señoras que volvían de la compra, por los otros niños que jugaban en el parque, por los viejos sentados en los bancos sin nada que hacer.

A medida que atravesamos la ciudad, como luego haría un sábado tras otro, mi padre fue señalando por la ventanilla el chalet de su amigo Jaime, la torre de apartamentos que construyeron donde antes solo había un descampado, y la enorme chimenea de la fábrica donde él trabajaba; una chimenea cilíndrica, de ladrillo visto, que se alzaba entre los edificios solitaria, como un monumento extraño. También me señaló la fachada de un bar abandonado. En el cartel todavía se podía leer Cafetería Los Sauces. En ese bar, decía mi padre, conocí a tu madre. Y luego chasqueaba la lengua, como si nada de eso tuviera ya remedio. Después de casi una hora, el autobús tomó la carretera general y un nuevo paisaje se presentó ante nuestros ojos: rebaños de ovejas pastando a lo lejos, coches aparcados en los caminos y, lo mejor de todo, conejos, decenas de conejos saliendo de sus madrigueras, asustados, según decía mi padre, por el ruido del motor.

Cuando nos bajamos del autobús, tuvimos que atravesar un descampado hasta llegar a la alambrada que rodeaba la pista de aterrizaje. Y desde allí, por fin, pudimos ver cómo los aviones despegaban y aterrizaban a pocos metros de nosotros. Entonces yo le preguntaba a mi padre cómo era posible que los aviones flotaran en el aire como si fueran de papel. Pero mi padre se quedaba callado o decía: mira aquel hombre del sombrero, ¿adónde irá?; o decía: mira ese gordo de la gabardina, ¿viajará solo? Y claro, ¿cómo iba a saber yo adónde se dirigían aquellas personas o si viajaban solas? Yo era un niño, quería ver los aviones, no jugar a las adivinanzas.

 

Sobre el ingrediente

El churro de hoy nos ha salido vespertino. Qué le vamos a hacer. Algunas veces se desayuna y otras se merienda. El caso es que aquí está. La fotografía que lo inspiró nos la envía Libertad Estefa, una madrileña que, según nos dijo, piensa regalarle el churro a su hija Elena, que cumplió 19 años allá en abril. Así, pues, queríamos felicitar a Elena y agradecerle a su madre que nos lea, que nos desayune y que nos regale, aunque sea un poco tarde.

11 Comments

  1. Rocío Cala |

    Buen momento para iniciar un viaje. Los viajes tiene algo de adivinanzas.

    Buen provecho churrer@as.

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  2. Chemari |

    Hoy se os han pegado las sabanas churreros!!!

    Pero ha merecido la pena, un churro con tantas cosas que se fueron volando, y tantas otras que llegan del cielo sin saber cómo.

    Buenas noches hermosos!!

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  3. Ángeles |

    De pequeña tb iba al aeropuerto con mi padre. Aunque creo q era yo quien le llevaba, la insistencia, tesón y todas las ganas del mundo que le ponía hacían q el hombre de cuando en cuando no pudiera resistirse a tanta petición. Y fue allí donde descubrí que quería ser viajera, y aventurera , y piloto, y astronauta, y física e inventora… mi padre cariñosamente me decía si no quería ser azafata mejor y reía ante mi respuesta sorprendida de “no papá, noooo!!! Q rollo ser azafata!!!”. Jugábamos al mismo juego “n” número de veces, sabiendo y conociendo gesto, entonación y frases que íbamos a articular cada uno. Era divertido sorprenderle incluyendo una nueva profesión y observar de reojillo su reacción ante esos trabajos a veces inventados.
    Y así el tiempo pasó volando.
    Y así volando se acabó el juego.
    Y me guardo vuestro Churro en un ladito del corazón. :)))

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    • Angela |

      Que bonitooo Angeles, esos recuerdos son los que nos hacen inmortales, tu recuerdas a tu padre y tu familia te recordará a ti, mi abuela ya me lo decía, acuérdate de mi cuando no esté y siempre estaré contigo 🙂

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      • Ángeles |

        Entonces… SOY INMORTAL!!! :DDD

        Era una broma fácil Angie :))). Siiii la verdad es que es sencillo mantener vivos los recuerdos felices. Un abrazo grandote !!!!

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  4. Angela |

    Muy buenas tardes churreros!!! aunque un día tarde, me ha encantado vuestro churro, un gusto merendar con vosotros, vuestros churros siempre están en su punto 😀

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Échale azúcar a este churro