Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
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Los pretendientes

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Carlos Mesa

Hay una chica ahí en lo alto del castillo, armada de catalejo y con un vestidito escueto, que anda a la caza de un novio.

La chica del catalejo se llama Monique, como corresponde a una muchacha francesa. A nadie escandaliza el descaro con que nos enfoca. A nadie parece incomodar que lleve una falda tan corta, tirantes como hilos dentales y muestre, sin disimulo, rodilla, codo y una porción generosa de axila. Las francesas son así, nos decimos, y reímos nerviosos, como si proclamar una verdad tan extendida mereciera celebración. A las francesas les queda bien la desnudez. Van, desde niñas, sin ropa por la casa aunque proliferen en los pasillos los hermanos varones. Se bañan en la mar las francesas sin más abrigo que un tanga o quizá ni eso y luego se solean en la arena a pecho descubierto.

Nadie en este pueblo, ni hombre ni mujer, ni pío ni aventurero, osaría sugerir a nuestra observadora un poco de recato, que deje de mirarnos tan fijo y de mostrar tanta piel. Todo lo que ella haga bien hecho queda. Nosotros lo que queremos es que Monique tome partido.

Para ser el elegido, los que ya tenemos cierta edad salimos a la calle como corresponde, con traje oscuro, corbata, camisa sin estridencias, zapato castellano. Los jóvenes, en cambio, se exponen al catalejo de Monique en zapatillas deportivas y camiseta de marca. A muchos nos ha dado por fumar. No fumamos porque el tabaco aplaque nuestra ansia de ser elegidos. Fumamos porque el cigarro encendido abre una vía alternativa de acceso. Lanzamos con intención cada bocanada de humo y esperamos que un suspiro de ese humo, una fracción de voluta, ascienda en la dirección adecuada y alcance el morro de Monique, le tapice la nariz de niebla, que ella estornude y mire, en un sobresalto, al fumador vestido de domingo que la está esperando abajo.

¡Ay, si la francesa tomara partido! ¡Qué fiesta sería! Si abandonara el catalejo a la sombra de una almena y descendiera del castillo con su vestido menudo, si le diera por visitarnos y tocarnos con el dedo y la melena breve, conocernos un poco, mirarnos a una distancia de centímetros, abrir los oídos a las cosas que tengamos que decir. Si un día eso ocurriera, descorcharíamos vino de barrica, colgaríamos de lado a lado, en la calle principal, guirnaldas de papel de seda. Contrataríamos una orquesta, sin reparar en los gastos. Una orquesta con timbales, con platillos y con un saxofonista negro al que le amarilleen los ojos mientras hincha los mofletes. Una señora orquesta, del mismísimo Montparnasse, que alguien nos dijo un día que Monique es de ese barrio y queremos que en su baile se sienta feliz, bien atendida, como si recorriera sin ropa el pasillo de su casa.

 

Sobre el ingrediente

Carlos Mesa nos regaló esta foto sorprendente que disparó un día afortunado desde el cielo de Santander. Bajo el influjo de ese prodigio hemos escrito un churro que lleva en la masa un poco de indecisión y de altivez (la francesa) y un mucho de incertidumbre (los del pueblo). Es la vida. Esperar que la Monique de turno te señale con el dedo y te mire fijo a los ojos. Mientras hacéis esa espera, podéis encontrar entretenimiento en el perfil de Carlos y sus impagables vistas.

8 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!! Geniaaaal el cuento de hoy. Muy bien por la chica francesa, que tarde en elegir y que elija bien, pero sobre todo que no deje de hacer nunca lo que le de la gana 😉

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  2. Chemari |

    Vale, pero, y lo bien que lo pasais entre que la muchacha se decide y no?

    Ein?

    Ein?

    Ein, ein, ein??

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Échale azúcar a este churro