Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Lo practico y la muerte_Alberto J. Espiñeira

Lo práctico y la muerte

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Alberto J. Espiñeira

Al llegar al cementerio, frente a la placa de mármol recién estrenada, el lamento de la viuda se desenrolla. Martín, Martín, con lo poco que te gustaban a ti los espacios pequeños. Restriega Carmina, la viuda, el pañuelo por la comisura sudorosa de los labios, por el ribete de los ojos, por los agujeritos peludos de la nariz. Un hijo, dos hijos, tres hijos y una nuera, dos nueras, tres nueras, cinco nietos. Todos cabizbajos, ceremoniosos, con esa solemnidad que se asume cuando toca vestirse de negro. Algunos amigos de la infancia sienten las uñas del tiempo aferrarles el nudo de la corbata, y sudan. Agosto es un mal mes para morirse: el calor empapa los sobacos de las chaquetas negras. Además, zumban las moscas y evocan imágenes de descomposición y larvas. Y aunque no huele, porque el nuevo Plan de Sanidad ha sellado los nichos, huele.

Martín, que se murió después de toda una vida. La suya, su vida. Una vida tan buena, gime la viuda, que, quitando las chuletas, Martín, que te quedaban un poco crudas, sabías hacer de todo. En realidad es triste, la muerte. Es triste porque Martín tenía una colección de caballitos famosos y solo le faltaba el de Atila, el Rey de los Hunos, para completarla. Y es triste también porque sus dos nietos jugaban con los caballos a hacer torres y solo Martín sabía en qué orden se sujetaban los podencos con los legionarios para formar una pirámide que llegaba desde el suelo hasta la mesa del salón.

Ahora todos están ahí para meter a Martín en una caja y la caja en un nicho, el número 23B, que se encuentra a media altura. De las gestiones del entierro se encargaron sus hijos, como es menester, y discutieron un poco, el mediano con el mayor y el mayor con el pequeño, como pasa siempre que se firman papeles y se pagan cuentas. Carmina, la viuda, solo intervino para pedir que la fotografía fuese la de la mili, la misma que tiene en la mesilla de noche desde hace cincuenta años, y en la que él se retrató tan gallardo, con ese descolorido verdoso de las fotos antiguas.

Son las cuatro de la tarde cuando, por fin, llega la grúa que debe cargar el féretro. La grúa es exactamente la misma que el ayuntamiento usa para colocar las vallas amarillas que cortan las calles en carnaval y Corpus Christi. El operario que la conduce no suele trabajar en el cementerio, pero está haciendo horas extras porque los sábados pagan más. El pitido de la grúa parece la alarma de un coche. El pitido de la grúa se mete en los oídos como lo haría un enjambre de avispas. El pitido de la grúa hace que, de repente, la viuda le pregunte al hijo mayor hasta qué hora tiene el ticket de la zona azul del coche. El ataúd se levanta deslizando la pala por debajo, como si fuera un pedazo de tarta. Pero el tamaño del ataúd no es el mismo que el de las vallas del ayuntamiento y, cuando el operario prueba a maniobrar, el féretro se resquebraja, se retiembla, y ante el horror de los presentes, cae al suelo.

Un pum de madera que golpea el asfalto, un grito como de sorber el aire de la viuda, un hostia puta de un vecino, y los tres hijos de Martín que se miran, que se dan un codazo, el mayor que murmura: os dije que no era buena idea comprar un ataúd tan barato.

El brazo de Martín se ha salido de la caja y queda reposando en el suelo. Lleva las uñas pulcramente cortadas y un reloj de pulsera, con la aguja del minutero dando vueltas. Qué pena de reloj, piensa Carmina, ni dos años tenía.

Una de las nueras siente la tentación de sacar una foto con el móvil, pero no lo hace. El anillo de casado de Martín brilla cuando le da el sol veraniego y la viuda acaricia su propio anillo sin apenas darse cuenta. El sollozo se le ha enmudecido, parpadea debajo de sus gafas negras. La muerte se ha visto de pronto interrumpida. Como si fuera el tiempo de los anuncios, llegan dos operarios con una caja de herramientas manchada de cal. Ambos llevan monos de trabajo, ambos hablan alto, ambos caminan a grandes zancadas.

Sacan un martillo, dejan varios clavos extendidos sobre el suelo. Se coordinan bien, en un momento tienen la tabla de madera reparada. Carmina piensa: cuantísima gente trabaja en sábado. Ahora recolocan a Martín dentro del ataúd. No es fácil, el brazo que ha quedado fuera está duro, rígido, y sobresale una y otra vez como si fuera un tentetieso. Los asistentes, los compañeros de trabajo, las amigas del macramé de la viuda, el cura que es primo segundo, todos siguen con la mirada los saltos del brazo de Martín, que se empeña en asomar cada vez que es empujado. La viuda cuenta siete veces y sufre por el jersey de punto, verde, tan bonito, que se le debe estar enganchando en los salientes de los clavos.

Los operarios están sudando a mares. Es una hora muy mala, nadie debería enterrarse a esas horas, y menos en agosto. Colocan el ataúd de lado, que ayude la jodida gravedad, dice uno. Suena otro pum que retumba como un tambor de Semana Santa y los tres hijos piensan a la vez que el ataúd se va a romper por el otro lado, liberando al padre tieso. La viuda se acuerda entonces del armario del trastero, ese mismo que llega hasta el techo y que no se cierra si no es empujándolo con fuerza, y en el que guardan a presión todos los cachivaches y las ropas de invierno. Se pregunta, la viuda, cuando llegue noviembre, cómo se las va a apañar ella sola para hacer el cambio de temporada, los abrigos, las mantas de cama y todo eso.

 

Sobre el ingrediente

Alberto J. Espiñeira es el autor de esa foto que es todo un hallazgo. Alberto ejerce como médico pero también es fotógrafo inquieto y, en sus ratos libres, escribe, o al menos escribía. Él se define a sí mismo como un “ermitaño explorador con una cámara al cuello. Y también como un “huraño sociable”. Como fotógrafo, Alberto ha colaborado en varias revistas y una empresa de fotografías "en stock" (qué palabra más fea para unas fotos tan hermosas). Como el pedazo profesional que es, Alberto tiene una web fastuosa y llena de luz. También podéis encontrarle en Instagram y seguirle en Twitter. Cosa fina en todas partes.

9 Comments

  1. Estela |

    Un sábado, en agosto, y a estas horas… Si es que hasta después de muerto hay que hacer las cosas bien… Menos mal que en esta churrería se habla de todo y aprendemos entre todos.

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  2. Alberto J. Espiñeira |

    ¡Pobre Martín, ni muerto puede descasar! ¡es que lo barato sale caro!
    Este churro agridulce y con la “grasa” bien escurrida me ha encantado. Nunca deja de asombrarme el que imagen inspire y evoque diferentes sensaciones o incluso historias a quien la contempla. Gracias por utilizar mi “ingrediente”, es un auténtico honor.

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  3. Kasirucita |

    «Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta de lo absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes, la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla»
    [Oliverio Girondo, Poema 19 de “Cualquier acto de la vida diaria se transforma en una aventura desaforada”]

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  4. Angela |

    Muy buenos días churreros!! Geniaaaal el cuento de hoy, ese detalle de la nuera intentando sacarle una foto al brazo del difunto es impagable y lo del cambio de armario ya ni te cuento 😉

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  5. Antonio Cabeza |

    Grande el cuento, grandes los personajes, grande el sentido del humor que destila el cuento, grande la foto, grande Alberto y grande el churro.

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  6. Inma |

    Buenos días, maestros. No podía dejar de daros la enhorabuena por esta genialidad. Es un gustazo leeros. La fotografía de Alberto también es fantástica.

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  7. Salamandra |

    Martín bajo su frágil bondad demostró que hasta el último momento no daba su brazo a torcer, pues no quería un claustrofóbico nicho. Quería ir de ultratumba y a ser posible con Pegaso, uno de sus caballitos de colección… era su gran ilusión. Era Martín, el de las chuletas de vuelta y vuelta. Ahora… Martín solo de ida. 🙂

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