Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
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La guardia

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Óscar Eduardo Rolón

Todos los días, un viejo sube al mirador del parque y hace guardia. Lleva un termo con café de olla caliente y unas tortas por si le entra el hambre. También lleva una pistola, por si el enemigo se digna a aparecer. Cuando llueve, las ramas de un chopo le dan cobijo; cuando hace sol, le dan sombra. El viejo es delgado y arrugado. Tan delgado y arrugado que parece como si alguien le hubiera arrancado la piel, la hubiera puesto a secar al sol, la hubiera salado como se hace con los bacalaos, y luego se la hubiera vuelto a coser de cualquier manera, sin atender a ese pliegue que cuelga desagradable o a esa sisa que queda demasiado tensa.

El viejo llega al mirador todas las mañanas, bien temprano, antes incluso de que salga el sol. Apoya en la tapia sus manos de nudillos como nueces, la pistola pesándole en el bolsillo de la chaqueta, y espera. Poco a poco, el mundo va tomando forma, los colores se apelmazan, cantan los pájaros, se instalan los primeros vendedores ambulantes, niños, madres, jubilados. Al viejo le molesta todo ese barullo de turistas y correteos, le distraen de su misión. Los ojos no le alcanzan para vigilar tanto cielo. El viejo trae consigo una silla plegable, que abre cuando las piernas comienzan a dolerle. Nunca aguanta mucho tiempo descansando: el muro del mirador es alto y, al sentarse, los ojos no le llegan para otear bien el horizonte. Se pone nervioso, el viejo, y siente que no está cumpliendo con su deber; enseguida se alza y clava sus dedos en el mirador, la vista al frente, la pistola preparada. Las nubes a veces tienen forma de conejo, a veces de nave espacial, la mayor parte del tiempo forma de nada. El viejo mastica tabaco. El suelo del mirador está plagado de pequeñas manchas marrones, como cagarrutas de pájaro, que son los escupitajos del viejo acumulados año tras año.

El viejo no se marcha hasta que el sol se pone y las farolas del parque se encienden. Su figura delgada se aleja entre las sombras, ladera abajo, en una mano carga el termo y en la otra la sillita plegable. Ya en su cama, el viejo duerme inquieto, a pesar del trabajo bien hecho. Se pregunta, revolviendo las sábanas, si ha podido dejar algo al azar. Se dice: la de hoy ha sido una guardia tranquila, sí, pero ¿y la de mañana? ¿Quién sabe si no será mañana cuando finalmente llegue el enemigo? El viejo enciende la luz de la lámpara de la mesilla, se sienta en el escritorio y desmonta el arma: el percutor, el cañón, la guía y el muelle, la culata, el cargador. Lo limpia todo a conciencia. Se asegura una y otra vez de que el arma está bien cargada. El viejo aprieta los dientes cuando vuelve a apagar la luz. Aunque está viejo y arrugado y le duelen los huesos, no piensa vender barata su piel.

 

Sobre el ingrediente

Desde México nos ha llegado esa fotografía que te abofetea nada más verla. Su autor se llama Óscar Eduardo Rolón y tiene solo diecinueve años pero un gusto exquisito. Para comprobarlo, solo tenéis que entrar en su cuenta de Instagram. A nuestro cochurrero le gusta robar imágenes de esas que te hacen pensar: ¿quién es ese hombre?, ¿qué hace ahí parado?, ¿por qué parece tan triste?, ¿cuál es su historia? Nosotros hoy os hemos ofrecido uno de los mil posibles cuentos que se escondían tras esa mirada perdida. Seguro que a vosotros se os ocurren muchos más. Queda abierta la veda: ¿por qué mira ese hombre al infinito?

8 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros estupendoooo el cuento de hoy!! Yo creo que el hombre no mira al infinito, está mirando al del carro de los helados, hace un tiempo el trabajaba en la misma playa, para los turistas, le gustaba su trabajo, los turistas le daban buenas propinas,porque era atento con ellos y limpio,su carrito estaba siempre impoluto,y sus helados estaban hechos con ingredientes de verdad, no como esos modernos de ahora, que sólo utilizan polvos y colores,son vistosos pero malos, en temporada baja además tenía un puesto de tacos en el centro del pueblo, y con eso se ganaba bien la vida,nunca fué rico,pero si que le dió para poder comprarse una casa,y de vez en cuando, se permitía el lujo de tomarse una semana de vacaciones, por eso, por la costumbre, cuando llega el verano, se acerca a la playa, y se pone a mirar a los de los carritos,de vez en cuando, les compra un helado, pero acaba tirandolo cuando no le ven,no sabe a nada, pero le recuerda a los viejos tiempos.

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  2. Estela |

    Yo ya paseo tranquila sabiendo que el viejo está cuidándonos del enemigo. Aunque, en realidad creo que mira al horizonte esperando que vuelva su amada, la que cruzó el océano para cuidar de su padre enfermo y prometió volver. El viejo sabe que fue una promesa sincera. El viejo sabe que volverá. Lo que no sabe es que sólo podrá hacerlo en su pensamiento.

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    • Fco. Javier |

      El viejo duda si finalmente reconocerá al enemigo o es el tiempo el que le juega una mala pasada, desvirtuando su realidad y la de todos nosotros.

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  3. Ana Santamaría |

    Buenos días, churreros y clientela. El churro a parte de buenísimo se ve que resulta inspirador. Qué bien ir retomando costumbres mañaneras y encontraros tan ocurrentes como siempre. Enhorabuena por el churro de hoy y por la foto que sin duda capta una escena a relatar. Un abrazo.

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  4. Jon R. C. Durand |

    ! Buenos días ¡ El churro de hoy bien puede ser el futuro de alguno de nosotros, lo ficticio de el arma en su bolsillo posibilita la manera de defenderse de algo que está por llegar. Gran churro. Deseando ver el día de mañana para volver a degustar tan arraigado manjar.

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  5. La de las branquias. |

    Una de las mil millones de posibles historias es que ese señor en realidad ver… No ve mucho.
    Tiene una miopía de esas tan altas que quiere llegar a la luna, y se ha negado durante toda su vida a corregirla atándola como un globo con gafas, lentillas u operaciones. ¿Y sabéis por qué?
    Porque el señor de vista de topo no ve, imagina.
    Ese indefinido borrón que bien podría ser un barco surcando los mares para él se tornaba en un inmenso Leviatán partiendo las olas en dos.
    Desde luego, su vida ha tenido que estar repleta de aventuras, y no piensa cambiar eso por nada del mundo.
    Así que ahí le tenemos, imaginando vete tú a saber qué con la silueta de unos niños jugando al balón en la playa.

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  6. Chemari |

    Uhmmm… cerrasteis bien la churreria antes de las vacaciones? Creo que uno de los hermanos Cohen se os ha colado entre los fogones.

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Échale azúcar a este churro