Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
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La buena gente de Mañanitas

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Roberto Canedo

Mañanitas está a unos pocas millas de la frontera. Tiene un perfil irregular de casas encaladas. Hay jardineras, barandas de metal labrado y paños de colores oreando frente a las ventanas. En Mañanitas conviven dos iglesias que distan unos pocos metros, una católica y otra pentecostal. La pentecostal está ahí para los gringos que se acercan a pasar el domingo a este rincón de México. Los gringos que nos visitan tienen el fulgor religioso bien dentro y les gusta refugiarse del sol entre paredes desnudas, sin abalorios ni vírgenes.

Detrás de la Iglesia Pentecostal de Mañanitas existe un discreto cementerio con un mausoleo en mitad. El mausoleo se levanta sobre un arenal donde hay poco más. Ninguno habíamos prestado demasiada atención a ese mausoleo hasta que comenzó a aparecer sobre su lápida principal un majestuoso ramo de flores frescas, flores tan lozanas que habían de reponerse cada día para que lucieran así, prietas y húmedas, en sus tallos tan verdes. Y es que, durante un tiempo, cada día, de lunes a domingo, a hora tan temprana que aún era noche cerrada, una mujer velada toda de negro, ascendía en un auto con conductor la loma en cuya cima se alza la iglesia. Antes de emprender el ascenso a la loma, ese mismo auto recorría silencioso, casi a paso de hombre, las calles de Mañanitas.

Por lo que nos dijo el guarda, supimos que cuando el auto se detenía frente a la iglesia, la misteriosa mujer se apeaba de él y caminaba entre los matorrales hasta la cancela. La abría, entraba, y cubría la distancia que le separaba del mausoleo rozando con la palma libre los cantos de las tumbas de piedra. En la otra mano llevaba el ramo de flores como si no le pesara. Por el modo tan liviano en que caminaba y la facilidad con que portaba ese ramo, se especulaba con que era una mujer aún joven. Una mujer joven y rica porque esa ropa negra que la cubría era de paño caro, demasiado bien tejida para ser la ropa de una mujer corriente en Mañanitas.

Hacía ya tres años que la mujer de las flores nos visitaba, tres años en los que mis vecinos habían elucubrado largamente acerca de su procedencia.

Al principio, la buena gente de Mañanitas supo respetar la intimidad de la forastera, pero todo comenzó a cambiar a finales de la semana pasada. Coincidiendo con las Fiestas de Nuestra Señora, y no dudo de que alentado por el tequila y el tabaco, el viejo Samuel Michelena propuso organizar una batida de cinco hombres que trasnocharan en el cementerio. Tratarían de entrever, escondidos tras la empalizada de madera que hay más allá del mausoleo, las facciones de la mujer de las flores.

Ya amanecía cuando volvieron de la expedición bastante decepcionados porque todo estaba muy oscuro a las horas en que llegó el auto y porque la mujer era rápida. No malgastaba el tiempo. Se limitaba a entrar en el cementerio, retirar el ramo del día anterior, depositar el nuevo y volver al auto que la trajo sin perder un segundo, sin murmurar siquiera una plegaria frente al mausoleo.

Y así resultó que tras la incursión fallida del jueves se decretara que para el día siguiente no fueran cinco sino diez los hombres que otearan desde detrás de los listones de madera. Y los cinco hombres agregados resultaron ser bien jóvenes, casi niños. Pero tampoco hubo fortuna en esta ocasión porque joven o viejo no hay ojo humano capaz de discernir más que sombras en la noche cerrada.

Fue el sábado cuando los adelantados del cementerio optaron por llevar antorchas por primera vez. La partida de diez hombres se incrementó nuevamente en número hasta adoptar la naturaleza de muchedumbre. Se sumaron algunas mujeres. Conté unas cincuenta personas de toda condición ascendiendo en columna la loma a eso de la una de la madrugada. Ya no había sitio para todos tras la empalizada y algunos encontraron acomodo parapetados detrás de las sepulturas más próximas o entre las estatuas que decoran el paseo de las tigridias. Encendieron sus antorchas. Las alzaron en cuanto la mujer descendió del coche y la deslumbraron porque las dirigían sin ningún reparo directamente contra sus ojos. A pesar de los focos de luz que se proyectaban sobre él, el velo que cubría el rostro de la mujer resultaba demasiado tupido como para determinar su edad o el color de su cabello o cualquier otro detalle, por muy nimio que fuera, que revelara su aspecto. Supo mantener la compostura y, aunque llegó a trastabillarse, consumó con éxito, una vez más, su ofrenda.

Me dijeron que tras depositar el ramo sobre la lápida principal del mausoleo, la mujer caminó a paso más vivo que en ocasiones precedentes. Consiguió alcanzar el coche sin novedad y abandonar aquel camposanto atestado de vecinos de Mañanitas.

—No volverá.

Es lo que nos decíamos el domingo mientras nos mirábamos los unos a los otros expectantes. Hablábamos en susurros, una marabunta de susurros. Y es que no éramos menos de quinientos. Quizá un millar. Muchos de los presentes no eran ni de Mañanitas. Habían venido desde otros pueblos de la zona. Sólo para descubrirle el rostro a la dama de las flores.

Recuerdo la algarabía cuando el coche por fin apareció y el regocijo en mi alma cuando la vi avanzando con su paso ligero bordeando por dentro la empalizada a sólo unos metros de mí, acariciando las tumbas, casi apoyándose en ellas, como me dijeron que haría. Recuerdo el gentío abalanzándose. Las voces. Yo mismo desgarrándole la manga del vestido hecho a medida, ajustado a su cuerpo como esas hojas tiernas que abrazan los tallos. Y la recuerdo a ella en el suelo, el pecho descubierto. Toda esa gente. La furia. Las flores pisoteadas.

 

Sobre el ingrediente

Hoy nos hemos levantado juguetones y hemos dejado que un churrero participe en un concurso literario, el organizado por Zenda con sólo tres exigencias: que apareciera la palabra México, no tuviera más de mil palabras y versara sobre el Día de los Muertos. Es un poco tarde para estar hablando del Día de los Muertos, lo sabemos. Pero ya lo dijimos al principio: hoy nos hemos levantado juguetones. La estupenda foto con pinchos es de Roberto Canedo. Más fotos de Roberto aquí mismo.

3 Comments

  1. Ángeles |

    … … … …
    No es morse… es cada vez q lo he releído xq es… magnífico!!!!

    Suerte en el concurso!!! Ni idea de cómo serán los demás relatos, pero lo van a tener difícil , muy difícil con el nivelazo q os gastáis vosotros!

    Me imagino toda la historia con estética de Berlanga. Magnífico!!!!

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  2. Chemari |

    Que os gusta un Roberto Bolaños puñeteros…
    Que le gustaría a Roberto Bolaños leeros a vosotros, allá donde esté.

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  3. Angela |

    Muy buenas noches churreros!!! Estupendooo el cuento de este viernes, últimamente llego siempre tarde a vuestra cita, pero tengo suerte porque vuestros churros saben bien a todas horas 😀

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