Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
juan valdez

Los huevos de Juan Valdez

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Ana García Torroba

Puede que no ocurriera exactamente así, pero esta historia debería comenzar al atardecer, allá en los Andes colombianos, con el archiconocido Juan Valdez a lomos de su mula Conchita, recortando silueta en lo alto de una colina. Se han detenido a contemplar las plantaciones de café y entran en primer plano respirando su aroma con un suspiro exageradamente hondo. Juan Valdez, que en realidad se llama Carlos Castañeda, sonríe ante las cámaras; según el guión solo tiene que hacer eso, sonreír y mostrar confianza en sí mismo, con eso basta para hacer llegar a la gente su mensaje: el café de Colombia es el mejor del mundo. Sin embargo, esa sonrisa esconde un temor, una sombra: alguien le vigila, lleva acechándolo toda la tarde escondido entre los tallos y las hojas. Esto es lo que se cuenta, lo que dicen por ahí, nadie sabe si albergaba o no ese temor, pero hay que reconocer que el detalle despierta la intriga y le atribuye a la historia cierto halo de misterio.

Juan Valdez termina de rodar el spot y sube a su jeep para conducir hasta las afueras de Medellín, donde vive con su mujer que, para más señas, se llama Samantha y es de Barranquilla. Un cañón de mujer la esposa de Juan Valdez, cuidado. Pero no diremos mucho más sobre ella, al menos por ahora, además los líos de faldas de Juan Valdez fueron tratados en su momento y ya no le interesan a nadie. El caso es que Carlos Castañeda entra en el salón, saluda a Samantha con un beso en la boca, (¿un beso sincero?, a quién le importa) y entonces ella, embutida en un vestido negro más bien corto, le sirve un vaso de salpicón fresquito fresquito que él se bebe hasta la mitad para después pedirle la ñapita, y entonces ella vuelta otra vez con la jarra a llenarle el vaso, y luego a menear el trasero de un lado a otro mientras sale por la puerta, batabún, batabún, y él, zalamero, le grita, ¿pero quién pidió pollo?, y no, no está hablando de comida, es un piropo típico de Colombia. Pero Samantha atraviesa el jardín sin hacerle el menor caso, y es que, por raro que parezca, esta vez el conflicto surge después, cuando ella se marcha en su deportivo a hacer un recado, y Juan Valdez, o sea, Carlos Castañeda, se queda solo en su chalet, a expensas de una noche sin estrellas, a unas horas en las que puede pasar cualquier cosa a las afueras de Medellín.

Entra un poco tarde, es verdad, pero no han transcurrido ni veinte minutos cuando el conflicto llama a la puerta de Carlos Castañeda al grito de abre, hijuemadre, abre la puerta, cochambrudo. Todavía no le ha dado tiempo ni a quitarse el traje de Juan Valdez, cuando otra vez, en la puerta: abre, chiflamicas, abre impostor, te voy a dar plomo. Castañeda observa por la mirilla, se trata de un viejo con su mismo sombrero, su mismo bigote, la misma manta andina dobladita en el hombro. ¿Quién eres tú, huevón? ¿qué haces en mi casa, qué quieres? Soy Juan Valdez, le dice el viejo, el auténtico Juan Valdez, hijuepucha. Pero Carlos Castañeda también es Juan Valdez, un Juan Valdez bien verraco y no se deja intimidar así como así, por eso abre la puerta y venga, parce, cálmese, por qué no entra y nos tomamos un salpicón fresquito, eh, qué me dice, lleva toda la tarde dando vueltas por ahí. El auténtico Juan Valdez examina por un momento a su yo más joven, aprieta los puños y lanza un directo al estómago de Castañeda, que dobla el lomo sin mediar palabra, claramente no se lo esperaba, demonios, nadie se lo esperaba, pero la cosa no queda ahí, mientras Castañeda se recupera del golpe, el auténtico Juan Valdez se le ha plantado en medio del comedor y no deja de curiosearlo todo, acaricia las cortinas, los cojines del sofá, incluso se acerca a una foto de Samantha que hay sobre la chimenea y dice qué mujer tan bonita tienes, hijuemadre, pero Carlos Castañeda ya no atiende a razones y se le tira al cuello con las manos en forma de garra, y claro, ruedan por la moqueta como un par de amantes gemelos, con el gorro bien calado, bigote versus bigote, y rompen jarrones carísimos, y arrancan de las paredes cuadros complicadísimos de entender, y así continúan enzarzados un buen rato, sin darse cuenta de que en la marabunta de puñetazos, mordiscos y pisotones, una cartera sale disparada por los aires hasta los pies de Samantha, que acaba de llegar del recado y al ver la estampa, grita: ¡Carlos, por favor, no me lo pongas más difícil!, y ahora viene lo bueno, porque dicen que los dos se le quedan mirando como si les hablara a ellos, y claro, que mire Castañeda, pues tiene su lógica, pero Juan Valdez no se llama Carlos, ¿o puede que sí?

El caso es que en Colombia nació el realismo mágico y por eso nosotros queremos creer que efectivamente sí, que el auténtico Juan Valdez también era un actor y se llamaba Carlos, Carlos Sánchez. Dicen que Castañeda encontró su cartera a la mañana siguiente mientras recogía la casa, porque la pelea tocó a su fin con la aparición de Samantha, pero luego, cuando se marchó indignada, batabún, batabún, los dos Carlos hicieron las paces y se quedaron hablando hasta tarde, bebiendo vino y ron, dicen que incluso llegaron a tratarse como padre e hijo, o puede que no (y qué más da), seguro hablaron de hembras y del café de Colombia, y aquí podría acabar esta historia de una manera más o menos feliz si no fuera porque ahora, dicen que Castañeda, o lo que es lo mismo, Juan Valdez, anda como loco preguntándose a qué Carlos se refería su esposa cuando dijo aquello de ¡Carlos, por favor, no me lo pongas más difícil!

 

Sobre el ingrediente

Sí, amigos, Juan Valdez en realidad no es Juan Valdez, sorprendente, ¿verdad? Pues todavía son más sorprendentes los tres perfiles, UNO, DOS y TRES, de Ana García Torroba, una veterana en esta cocina, autora de la fotografía que inspiró este churro, y finalista (si no ganadora, apostaría mi ojo izquierdo) del concurso que celebra cada mes Cuentos para el andén, nuestra revista literaria de cabecera, el must de nuestras mesillas de noche. El nº57 ya está en la red, échenle un vistazo, carajo. Y feliz viernes.

5 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Geniaaaal el cuento de hoy, y que casualidades ocurren allí en Colombia, que paséis un buen fin de semana 😀

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  2. Ángeles |

    Estoooo guau… (uyy no q esto es argentino…:D)…
    El café de Colombia produce alucinaciones? O viajes en el tiempo con desdoblamiento personal? Jajaja! Gensanta q tiene este café … drogaína?? XDDD

    BUENÍSIMO!!! vamos q lo releo un rato xq es genial, la ubicación, el contexto, el vocabulario… MENCANTA!

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  3. Chemari |

    Como si García Márquez (dato inutil: tengo una compañera de trabajo que se apellida así, palabrita) se hubiera visto la primera temporada de Narcos…

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Échale azúcar a este churro