Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Hipnosis_Borja_Llopis

Hipnosis

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Borja Llopis

Imagine usted que un día van y lo hipnotizan.

Ya, ya lo sabemos, tiene usted razón, ¿a santo de qué debería usted dejarse hipnotizar? Pero bueno, échele un poco de imaginación, no sea tan tiquismiquis, ¿hemos venido aquí a jugar o no? Supongamos (y esto es solo un suponer), que un amigo (o amiga) le insiste para que lo acompañe como público a uno de esos programas televisivos que se emiten en Nochevieja. Uno de esos programas con derroche de lentejuelas y famosos jubilados que, en realidad, nunca se graban en Nochevieja, sino varios días antes, semanas incluso. Supongamos también (para darle un toque más realista al asunto) que su amigo (o amiga) está pasando una crisis, o que bien hace tiempo que no se ven, lo que sea, el caso es que usted se encuentra en algo que podríamos denominar una encerrona social. Porque no importa si a usted esos programas navideños le parecen un horror (que se lo parecen), y tampoco importa la manía que le tenga al presentador del programa (sobre el que, para más inri, pesan ciertas acusaciones de acostarse con jovencitas aspirantes a actriz). Al final, todo se reduce al hecho innegable de que ese amigo (o amiga) lo mira con ojos de caramelo derretido y le pide (por favor) que le acompañe. Y como usted no es ningún desalmado (¿verdad que no?) y además tiene en alta estima el concepto de la amistad, pues acaba aceptando la invitación y listos.

De modo que ahí está, sentado en una mesita redonda de mantel blanco y vestido para la ocasión («acuérdate de llevar traje negro», le recordó su amigo o amiga varias veces a lo largo de la semana). Nada más entrar, una joven que iba armada con un pinganillo le ha entregado un gorrito de Nochevieja y un matasuegras. El ambiente es tan hortera como usted imaginaba. Pero lo cierto es que se lo está pasando (no está de más reconocerlo) bastante bien. No tanto por las coreografías, los cantantes pasados de moda, los monólogos supuestamente cómicos, como por el ajetreo televisivo que le rodea; las cámaras aproximándose en un lento zoom, el director interrumpiendo un baile de cabaret para dar indicaciones, el presentador (que realmente tiene cara de acosador sexual) tropezando en la escalera y pidiendo a gritos que corten, corten, corten. Antes y después de cada sketch se enciende un cartel luminoso con la palabra APLAUSOS. Todo es exactamente igual que en las películas y todo es exactamente como usted esperaba que fuera. Eso es reconfortante. Eso está bien. Su amigo (o amiga) parece feliz (sin duda esto lo ayudará a salir del bache en el que ha caído) y, en más de una ocasión, le ha dicho acariciándole una mano: «gracias, muchas gracias, esto significa mucho para mí». Total, que cuando ya llevan más de una hora de show, el telón se abre con música de fanfarria, y el presentador anuncia que es el turno del hipnotizador. Aparece entonces un hombre bajito, ya ve, poca cosa, repeinado con gomina, dientes saltones y ojos de conejo (o al revés, tanto da). Va vestido escrupulosamente de negro. El hipnotizador pide un voluntario y entonces usted se levanta y sube al escenario.

¿Cómo dice? ¿Que ni en broma iba usted a ofrecerse como voluntario? ¿Que por quién le hemos tomado? No gusta usted de la atención excesiva de los extraños, no es usted una de esas personas que se mueren por salir en televisión, antes al contrario, prefiere mantenerse ajeno a todo ese tinglado de egos y chiribitas (una cosa es asistir a este esperpento en un callado segundo plano, y siempre por hacerle un favor a un amigo, y otra muy diferente aparecer en todos los televisores de España haciendo el ganso). Está bien, no se sulfure, no se impaciente, todo tiene remedio.

Queríamos decir, ejem, que, de pronto, las luces se apagan y todo se vuelve tinieblas. Un foco se enciende enmarcando un pequeño círculo de luz (un círculo pequeño, sí, pero en el que cabe exactamente el rostro de una persona, ¿se lo imagina, verdad? Seguro que se lo imagina). Suena una música divertida, de ritmo así como trepidante, y el foco comienza a bailar entre las mesitas del público, imitando el vuelo caprichoso de una abeja. Su amigo (o amiga) le da una palmada nerviosa, «¡mira que si nos toca!», y usted le dedica una sonrisa de complicidad, aunque en el fondo se cree a salvo. Porque (y esto es así) usted siempre ha pensado que, en ese tipo de espectáculo (magos, hipnotizadores, adivinadores de futuro, vendehúmos en todo caso), el pescado ya está vendido de antemano. Está usted convencido de que la gente que sube al escenario es siempre un gancho, un actor profesional conchabado con el artista. Y es por eso que su sorpresa es aún mayor cuando, de pronto, chás, la música se detiene y el foco (ese foco pequeñito en el que cabe exactamente el rostro de una persona) lo está iluminando a usted (está iluminando su rostro).

Convendrá con nosotros en que no le queda más remedio que levantarse y saludar, nobleza obliga. Ahora han vuelto ya las luces a la sala y todo el mundo lo aplaude, lo vitorea incluso, y su amigo (o amiga) se ríe con una carcajada sincera (¡hacía tanto tiempo que no le veía usted reír así!). Lo que usted desea de verás es sentarse otra vez, desaparecer en el anonimato, pero ya su amigo (o amiga) lo empuja y le dice: «¡ánimo!, ¡ya verás qué divertido!». Y ya el hipnotizador (¿no le oye?) acaba de preguntarle cómo se llama. Y aquí viene una broma sobre el gentilicio de su pueblo, y aquí una invitación formal a acompañarlo en la función, y luego un coreo por parte del público, y, para cuando quiere darse cuenta, usted ya está sobre el escenario.

Ahora sí. Ahora por fin. Este es el momento en que lo hipnotizan. ¿Prefiere el clásico reloj que se agita a izquierda y derecha frente a sus narices? Un poco tópico, ¿no cree? Mejor ponerle algo de guasa, ya sabe, dejar que el hipnotizador establezca una charla confiada con usted (lo cierto es que no se le da del todo mal esto del escenario, hay que reconocerlo, se mueve usted con soltura, responde a las preguntas del hipnotizador con retruécano, el público le ríe las gracias, le apoya, está de su lado, ha nacido una estrella). Y mientras usted habla despreocupadamente, creciéndose como siempre ante las adversidades, y defiende (aportando datos) que no cree en la hipnosis, que jamás le han hipnotizado, y que no considera usted posible que una mente despierta pueda caer bajo tales influj, antes de que termine la frase el hipnotizador chasquea los dedos y usted ya está hipnotizado.

Viene entonces lo bueno. Algunos podrían decir que el hipnotizador actúa como si tuviera algo personal contra usted. Puede que no fuera una buena idea faltarle así al respeto previamente. Tal vez cometió usted una imprudencia actuando como un sabelotodo. O tal vez no, quién sabe, puede que todo ese despliegue de humillaciones fuera parte programada del show. En todo caso, el hipnotizador ordena y usted obedece. Que si imita a un venado en celo, que si ahora eres un tren que llega a la estación, que si cuidado que hay un terremoto, que si te has hecho pis delante de todos estos señores, que si tu madre acaba de sorprenderte masturbándote con la foto de su casamiento, que si tu perrito Flopi se ha perdido, que si acaban de diagnosticarte VIH, que si eres un pez boqueando en la orilla, desesperado, a punto de morir, sufriendo bajo el sol abrasador, sintiendo como la sal del mar se va secando entre tus branquias. Aunque usted se agita y mueve la cola y abre sus ojos sin parpados intentando ver una solución, no consigue, no consigue usted, no consigue volver al mar. Se está muriendo lentamente. Se le acaba el oxígeno. La esperanza. ¿Dónde queda el azul que lo vio nacer? ¿Por qué es tan injusto y cruel y amarillo el mundo ahora? Cuando ya casi está a punto de fallecer (y realmente sus pulmones se han convertido en dos neumáticos podridos y realmente su piel arde y realmente su vida cuelga de un hilo), el hipnotizador chasquea otra vez los dedos y le dice: «tenía usted razón, amigo, es imposible hipnotizarlo».

De esta guisa se descubre usted, tumbado en el suelo, con los pantalones meados, la boca seca, los ojos mojados en lágrimas, en una posición indecorosa, y oye la risa del público, atronadora, desvergonzada, humillante, y en primer plano está su amigo (o amiga) que ríe más alto que nadie, y palmea la mesa, y lo señala con un dedo. Y algo hace clic dentro de usted (¿no cree que, conociéndose como se conoce, habría aquí motivos suficientes como para que usted perdiera el control?) y se levanta enfurecido. Se abalanza usted sobre ese hombre bajito, con cara de conejo y pelo engominado. Y a punto está de cerrar los dedos en su garganta (pero qué poquito le faltó, de verdad, casi lo consigue), cuando el hipnotizador dice: «duerme».

Es entonces (pero usted no lo recuerda, ¿no es cierto?) cuando el hipnotizador coloca una mano sobre sus ojos y le susurra que nada de eso ha sucedido. Ni su transmutación en pez moribundo, ni la perdida de Flopi, ni el foco que le escogió entre un público a oscuras, ni tampoco el cartel de APLAUSOS, no existió la oferta de acudir al rodaje de un programa navideño que le hizo su amigo (o amiga, sí, aunque ahora que lo piensa era un amigo, en realidad, un chaval apocado que conoció en la autoescuela y con el que ha mantenido el contacto no sabe muy bien por qué, tal vez por costumbre, porque es más fácil responder a una llamada telefónica que ignorarla). Y le ordena que baje del escenario, el hipnotizador. Le ordena que salga de la sala y pida un taxi. Que vaya a su casa y se duche. Le dice: «acuéstese y olvide todo lo sucedido». Y luego mira a cámara, el hipnotizador, con esos ojos saltones plagados de venitas rojas, y pide a España entera que le guarde el secreto. Que nadie le diga a usted nunca nada de lo que ha sucedido esa noche.

Porque algún día, eso dice el hipnotizador guiñando un ojo a los millones de televidentes que lo están viendo, algún día usted y él volverán a encontrarse. Y ese día (¿de verdad no recuerda nada?) será todavía más divertido.

 

Sobre el ingrediente

Algún día escribiremos la trágica historia del churrero que quería escribir microrelatos y acaba escribiendo maxirelatos. Porque, de verdad, os lo juramos, en la cabeza de quien ahora escribe esto era un cuento cortito, de apenas siete líneas, y sin saber muy bien cómo se transformó en ese despiporre de imágenes y párrafos. Y mientras tanto: trabajos por entregar y la casa sin barrer. Así no hay quien se gane la vida, oigan. En todo caso, ese ojo que nos mira en infrarrojos pertenece a Borja Llopis. Borja es el mejor amigo del churrero que no sabe escribir microrelatos. Así de claro: el mejor amigo. Punto. Y además es un tío muy loco, muy peludo y la persona a quien mejor le sientan los bañadores de Borat. Ah, y además el cabrón ha decidido que ahora también es fotógrafo y se gasta un Instagram que es todo molonidad.

14 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Fantásticooooo el churro de hoy y que peligro tiene eso de hacerle favores a un amigo /a , y que mala leche la del hipnotizador 😉

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  2. Daniela |

    Inquietante, desesperante, acojonante, si ya digo yo mil veces que los favores a los amigos tienen estas cosas y que si alguna vez me veis en un espectáculo de esos que sacan a la gente al escenario, buscadme en el rincón más oscuro rodeada de gente y mesitas y sillas para dificultar lo mas posible una petición del artista de turno. Ufff, si cuando una se pone a hablar, salen los miedos más profundos… y los maxicomentarios.

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    • Sr.Churrero |

      Si algún día, Daniela, acabas hiendo a uno de esos espectáculos en que sube gente al escenario, y acabas parapetándote entre mesitas y sillas y gente, lo más probable es que, allá al fondo, nos encuentres a los siete churreros, ocultos bajo la alfombra, intentando huir del prestidigitador de turno. ¡Te esperamos!

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  3. Ángeles |

    Wualaaaaa!!! Primero me he sentido identificada en cuanto a lo de la entrega por la amistad y poco a poco se me ha ido erizando la piel con el hipnotizador y… que le den dos duros a la escoba barredora y traigo un Bote de Tiempo Extra para el Churrero 😀

    Imposible 7 líneas, yo necesitaba este maxichurro exactamente tal y como es.
    Bravo!!!!
    Y Bravo x el mejor amigo del Churrero!!!

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    • Sr.Churrero |

      Muchas gracias, Ángeles. Y por favor, mándanos por correo ese Bote de Tiempo Extra que falta nos hace 😉

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  4. Kasirucita |

    Un hervidero de pensamientos
    Alimento para los leones
    El cerebro como un laberinto
    En un nido de especulaciones

    Educación para la programación
    Paradigmas de armas tomar
    Y danzar y dar la bienvenida a la ceremonia de la confusión

    Teorías como maniobras
    De despiste o de superstición
    La religión de la fabulación
    Y la medicina como acto de fe

    La opinion a mano alzada
    La intuición la sospecha la corazonada
    Y danzar y dar la bienvenida a la ceremonia de la confusión

    Conclusiones y palpitaciones
    Una maraña de presentimientos
    Un torbellino de desconcierto
    No hay margen de error
    La ansiedad por tener el control
    Y la acumulaciòn de datos tontos
    Y danzar y dar la bienvenida a la ceremonia de la confusión
    [La Ceremonia de la Confusión, Enrique Bunbury]

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    • Sr.Churrero |

      Fíjate, Bunbury. Qué de tiempo sin leer/escuchar/saber de él. Y eso que fue uno de mis pecados inconfesables de juventud… Pero luego, no sé, le tomé manía o algo. ¡Gracias, Kasirucita, por traernos siempre una pizca de mundo aquí!

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  5. Chemari |

    Imagine, Sr. Churrero, que nada es cierto y que mañana consigue escribir ese microrrelato que estaba buscando.

    Sería una pena, que pedazo de historia nos perderíamos entonces.

    Enhorabuena y congoja a partes iguales!!

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    • Sr.Churrero |

      Pero, Chemari, también hay auténticos cuentazos en formato micro. Y, además, nuestra vida lo agradecería. Juas.

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