Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Vanessa Gallanti

El señor (II)

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Vanessa Gallanti

IV

El señorito sujeta el tenedor con fuerza. No tiene hambre pero aún así lo sujeta, lo acerca al plato de judías verdes que humean, fibrosas y húmedas. Lo deja ahí, suspendido, como si quisiera ganar tiempo. Al otro lado de la larga mesa de caoba, está la señora: pincha una judía, se la lleva a la boca, mastica con la boca bien cerrada y cuando ha tragado, pincha otra. Su plato se vacía con el orden y la precisión de un mecanismo. No hablan y el señorito lo agradece. Desde hace unos meses, no entiende a su madre. Como si el suyo fuera un idioma distinto, como los esquiladores con sus palabras invisibles. No es sólo ella. Últimamente, todo parece hablar otra lengua: los sonidos de la casa, el aullido del viento del invierno que se niega a abandonar sus tierras, los susurros del servicio. El señorito observa a su madre —mastica, pincha, mastica— y luego deja el tenedor limpio sobre la mesa. Ha decidido que no va a cenar.

V

Es noche cerrada, no hay luna y el señorito avanza con precaución, no quiere tropezar, y la luz del candil tiembla en su mano de muchacho. En la otra mano, carga con una escopeta. Detrás de él avanza el mayordomo, también con un candil y un arma. Se ha quitado el uniforme y viste ropa de campo que el señorito nunca le ha visto. De repente, le parece otra persona y no sabe dirigirse a él. Por eso, no hablan. Sus pasos resuenan en el valle y los insectos nocturnos revolotean alrededor de las lámparas.

Después de un rato, las cabañas de los esquiladores surgen como una aparición en los márgenes del camino. Pálidas, indefinidas. Se escucha el trote rápido de un animal y un perro aparece de repente. La luz del candil se refleja en sus ojos. El señorito lo ha visto alguna vez acompañando a los esquiladores. El perro se acerca y le olisquea las piernas. Luego, se da la vuelta y desaparece en la oscuridad.

El señorito se detiene a unos metros de las cabañas y deja el candil en el suelo, escucha. Nada, los esquiladores duermen. El mayordomo se detiene junto a él.

—Buenas noches —dice el señorito.

Tiene la sensación de que su voz se arrastra hasta las cabañas, no es capaz de irrumpir en el sueño de los esquiladores.

—¡Buenas noches! —dice.

La luz de una vela aparece en una ventana. Se oyen voces quedas pero el señorito no alcanza a oír lo que dicen. Oye pasos, también, puertas que se abren, y varias figuras salen a la intemperie.

—¿Quién va? —dice una voz que no reconoce.

—Soy yo, Jaime, el hijo del señor Germán—dice.

El mayordomo se adelanta unos pasos con el candil en la mano. Los rostros se tiñen de naranja, el vaho de sus bocas se condensa en una niebla que cubre sus cabezas. Están flacos, y en los ángulos de sus huesos, en los surcos de sus arrugas, en el hueco de los ojos se crean sombras. El señorito reconoce a algunos de los que fueron a la casa. A otros no los ha visto nunca.

—Buenas noches —dice.

Le responde el silencio. El perro se cuela entre las piernas de los esquiladores y se acerca a él, le olisquea los zapatos. El señorito no se atreve a bajar la mirada y le deja hacer.

—Disculpen que venga a estas horas pero hemos sabido que hoy ha aparecido otra oveja muerta y venía a decirles que…

Una palabra interrumpe al señorito, una palabra que no entiende y que surge de la penumbra que cubre a los esquiladores.

—¿Disculpen? —dice.

Pero las voces que se elevan de repente en la noche no se dirigen a él. Los esquiladores discuten entre ellos en esa lengua suya que el señorito no entiende aunque por el tono intuye que contienen ira, que su presencia provoca la discordia entre ellos. No él, comprende el señorito, sino lo que él representa: la familia que vive en lo alto del valle, la familia que es dueña de las ovejas que ellos esquilan, que venderá la lana que ellos trabajan, que ahora se retrasa en el pago de sus servicios. Y otras cosas que sólo es capaz de atisbar.

A su lado, nota el cuerpo en tensión del mayordomo, imagina el dedo apretándose contra el gatillo. Él mismo tiene la mano crispada en torno al arma.

—Por favor, escuchen lo que les vengo a decir—dice.

La discusión se interrumpe un instante.

—Escuchemos al zagal, no puede hacer daño —dice alguien.

—No, claro que no, porque el daño ya está hecho —dice otro. De nuevo, es esa voz animal, ese gruñido que ha escuchado antes, a la puerta de su casa.

Otra vez vuelven las palabras que no conoce aunque esta vez se intercalan con otras que sí: quizás venga a pagarnos, no escuchéis, no escuchéis, ya es tarde. Voces que se superponen como capas tectónicas cuyo movimiento está a punto de desatar una cataclismo. Y los ladridos del perro que estallan de repente como un mal augurio.

El señorito intenta hacerse oír, eleva la voz pero es inútil.

También el mayordomo manda callar, recuerda que deben escuchar con respeto al señorito, pero no sirve de nada.

El señorito levanta entonces la escopeta, apunta al cielo oscuro y aprieta el gatillo. El disparo resuena en el valle, de repente silencioso.

VI

Amanece y la luz lo tiñe todo de un gris cerúleo. Se acercan a la casa y el señorito siente que algo se desata dentro de él y libera sus músculos, sus vísceras. La mano que sostiene el candil tiembla, tiembla también la mano que agarra la escopeta. Tiene ganas de vomitar pero no se deja dominar por su cuerpo. Ya queda poco para llegar y el señorito distingue la figura de su madre que espera junto a la puerta a pesar del frío. Tiene las manos entrelazadas, como si rezara. Su rostro es una pared. Duro y seco. No hay grietas, no hay lágrimas. Viene a su encuentro con pasos firmes, uno, dos, tres, se detiene con las manos todavía entrelazadas.

—¿Has podido mantener a raya a esos esquiladores? —dice.

El señorito se detiene también frente a su madre. Quiere acercarse más, quizás abrazarla, pero no lo hace. Asiente con la cabeza, no añade nada más. Entrega el candil y la escopeta al mayordomo, que se aleja hacia la puerta de servicio. Ella cambia el gesto, sólo un instante, como si esperara  más explicaciones.

—Está solucionado, madre. No os preocupéis más por eso —dice el señorito.

Ahora es ella quien asiente en silencio. Su rostro vuelve a ser una máscara inexpresiva.

—Vamos dentro, el señor cura nos espera.

 

Sobre el ingrediente

Como ya os contamos en la primera parte de esta historia, todo nació de un capítulo de Catástrofe Ultravioleta, un podcast sobre ciencia que nos ponemos a ratos en La Churrería. Por supuesto, la receta de este cuento no quedaría igual sin la inspiración de la fotografía de Vanessa Gallanti. Pero es que con sus obras es fácil que todo mejore. Si no nos creéis, echadle un ojo a su Instagram.

7 Comments

  1. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Estupendooo el cuento de hoy, esa madre impasible, ese hijo que hace lo que le piden, esos hombres que están hartos de sus señores… sabe a poco esta ración de churros, seguro que la clientela pide otra 😉

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  2. Kasirucita |

    Yo que crecí dentro de un árbol
    tendría mucho que decir,
    pero aprendí tanto silencio
    que tengo mucho que callar.
    Y eso se conoce creciendo
    sin otro goce que crecer,
    sin más pasión que la substancia,
    sin más acción que la inocencia.
    Y por dentro, el tiempo dorado
    hasta que la altura lo llama
    para convertirlo en naranja.
    [Silencio, Pablo Neruda]

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  3. Ángeles |

    Oooooooh!!!!
    Tensión nivel PRO… superáis expectativas con creces…necesito más, unos cuantos capítulos más y dejo de pedir!!! 🙂

    … murmullos tormentosos…

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  4. Chemari |

    Si los señoritos se preocuparan por aprender la lengua de los trabajadores, lo mismo y no necesitaban usar la escopeta.

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Échale azúcar a este churro