Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
El arte de ser detective_Silvia Carreno

El arte y el detective

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Silvia Castaño

Soy detective. Llevo sombrero. Gabardina. Una pistola bajo el sobaco por si hay problemas. Y también una cámara de fotos Nikon D7500, con un objetivo de 55-200 mm f/4, una lente muy versátil, una resolución apabullante. La pistola no la he usado nunca. La cámara de fotos casi todos los días.

Me han contratado para que siga a una mujer. Tengo su foto y su dirección. A las 08:00 me he apostado frente a su portal. He aprovechado para limpiar el objetivo de la cámara y he entablado una conversación trivial con el quiosquero. La mujer ha salido de casa a las 08:35. Vestía una chaqueta de plástico color rojo pintalabios. Pantalones de licra color amarillo burbujita de Freixenet. Zapatos de plataforma color verde lagartija. Le he tomado una foto con la calle de fondo. Bien encuadrada. Con ella en el centro y las líneas perpendiculares de la acera creando un punto de fuga perfecto. Los colores saturados le daban un toque Wharhol muy original.

A las 09:12 la mujer ha entrado en una sombrerería de la calle Sagasta. A las 09:39 ha salido luciendo una pamela color blanco explosión nuclear. Era el complemento que le faltaba. Le he hecho una foto usando el zoom. En la imagen puede apreciarse su gesto indiferente mientras fuma. Tiene los labios pintados de color rosa chicle masticado. He de decir que la foto me ha quedado preciosa, con un contraluz sutil y a la vez sugerente. Sin duda, la pamela le da un toque distinguido. Parece una foto de los años 60, medianoche en Cannes, un paparazzi pilla in fraganti a Brigitte Bardot mientras pasea por el Bulevar de La Croisette

La mujer se ha subido a un taxi y yo he hecho lo mismo. Le he dicho a mi taxista: «siga a ese taxi», y los dos nos hemos congraciado por poder usar finalmente esa frase en un contexto adecuado. Nos hemos apeado frente a una tienda de animales, en la que ha desaparecido la susodicha. Eran las 10:01. La mujer ha tardado un buen rato en salir y yo me he entretenido revisando las mejores fotos en la pantalla de la cámara. La mujer ha salido de la tienda de animales a las 10:46. Llevaba en la mano una jaula de gran tamaño. Dentro de la jaula había una cacatúa color verde jungla desatada. Me he arrodillado en la calle y le he tomado varios contrapicados. Con qué estilo posaba, la mujer. Con qué estilo posaba, la cacatúa.

Luego la mujer se ha dedicado a pasear por la avenida con la jaula en alto, sujetándola con una sola mano. Debía de ser una mujer fuerte, gimnasta rusa o algo parecido, o al menos una mujer sacrificada, que sabe que una buena foto requiere de cierto esfuerzo. A las 11:20 la mujer se ha detenido. La vista fija al frente. Cierto rubor en las mejillas. Clic, clic, he hecho yo. Y, como detective sensible que soy, en seguida he reconocido esa mirada. La mujer acababa de encontrarse con su amante.

Desde la esquina se iba acercando un hombre apuesto, alto, fornido, de barba frondosa y bien aceitada, bigotes rimbombantes. El hombre llevaba la cabeza cubierta por un turbante sij color azul dentífrico. Un traje con corbata color amarillo mostaza de Dijon. Zapatos color negro pingüino. En la mano, el hombre llevaba un ramillete de globos, que flotaban mezclando colores y formas; algunos globos eran redondos, otros hexagonales. La mujer y el hombre se han besado.

Yo me he jugado el tipo colocándome en medio de la carretera para tomarles un par de tomas desde el mejor de los ángulos. De fondo, como enmarcándoles, quedaba el Hotel Cesare y su portón ovalado, estilo modernista, con forma de corazón. Los colores de la mujer y el hombre combinaban perfectamente. Yo echaba una foto tras otra. Y entonces se obró el milagro.

Primero, el hombre soltó el ramillete de globos, que quedaron por unos segundos suspendidos sobre ellos, y debajo de ellos, y a su alrededor. Globos redondos y hexagonales como pequeñas detonaciones de color. La mujer, por su parte, estiró la pierna derecha hacia la jaula, que había dejado en el suelo, y, con un movimiento preciso del empeine, abrió la portezuela. Al instante la cacatúa emprendió el vuelo. El momento duró solo un segundo, solo un chás y ya está, pero por mi profesión yo me caracterizo por ser un fotógrafo rápido. Capté esa conjunción de formas y colores, de pesos y contrapesos, de símbolos y sensibilidades. Las alas extendidas de la cacatúa, su pico desafiante, el color verde jungla con caníbales incluidos, y entre medias el marasmo de globos, y el pórtico con forma de corazón del Hotel Cesare, y ellos dos, con su chaqueta color rojo pintalabios, con su turbante sij color azul dentífrico, la pamela blanco explosión nuclear, el traje mostaza de Dijon.

Al día siguiente, quedé con mi cliente. El grueso de instantáneas de la sesión las ordené en un álbum de fotos de tamaño rectangular, papel maché, gasitas transparentes para proteger cada recuerdo. Pero esa última foto, la del beso, se la llevé impresa en gran formato, enmarcada y firmada. Mi cliente era gordo. Calvo y mofletudo. Vestía de un color gris a secas. Tenía su punto, del mismo modo que tienen su aquel las fotos de arrabales desvencijados y los campos secos de Castilla. Poco me faltó para sacar la Nikon y hacerle una fotografía, inmortalizar su cara de asco, de incomprensión, la mueca porcina de aquellos que no entienden de arte.

 

Sobre el ingrediente

Esa mujer vestida de rojo chillón nos llegó al e-mail de La Churrería en noviembre de 2015. ¡Anda que no ha llovido! Y desde entonces la pobre iba apareciendo una y otra vez, saltando a la hoja en blanco, pavoneándose, queriendo ser historia, y sin encontrar, cachis la mar, una forma de contarse. Hasta que, pasado este verano, volvimos a encontrarnos con ella y, chás, surgió la chispa. Esa foto nos la mandó Pilar Pareja, también conocida en Instagram como Me patilla el coco. Pilar dice que le gusta mucho la streetphoto y los retratos, y si entráis en su cuenta os encontraréis un montón de color, conciertos, paisajes, playas, Madrid y buen rollo.

9 Comments

  1. Angela |

    ¡¡Muy buenos días churreros!! Estupendooo el cuento de hoy, y que manera de narrar las fotos del detective, esas fotos de anuncio, de película, esas que todos querríamos hacer y que casualidad que la autora se llame y apellide igual que mi querida Pilar, la del cuento del lunes, ¿ o también le han robado el nombre? 😉

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    • Sr.Churrero |

      Ángela, ¿qué sería de la churrería sin tus comentarios? ¡Muchas gracias y un abrazo de King Kong!

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  2. Chemari |

    Os juro que he visto el cuento, sus imagenes, según lo iba leyendo. Ains, que pena que haya gente que por unos cuernos mal puestos no sepan apreciar tanta belleza.

    Por cierto, hablando de detectives y misterios…

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    • Sr.Churrero |

      Lo que pasa, querido Chemari, es que normalmente los cuernos quedan casi siempre a la altura de sus ojos, y claro, así no hay quien aprecie la belleza del arte 😉

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  3. Ángeles |

    En estado multicolor me hallo, puedo visualizar perfectamente todo el recorrido y la multitud de detalles. Un beso de tal arte no puede pasar desapercibido, igual q el mundo gris o La Nada no deben deslucir los colores.
    Churro sabor tutti-frutti!!!!!
    Una fotografía muy bella!
    Me mandan xfavor los datos del detective que le voy a seguir para encontrar este mundo de color 😀

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    • Sr.Churrero |

      Churro sabor tutti-frutti. Pero qué buen término has acuñado, Ángeles. Nos lo apuntamos y lo enmarcamos, lo colgamos en la pared de La Churrería, le ponemos luces de neón, nos postramos ante él y lo adoramos. ¡Gracias!

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  4. Karmiña |

    Maravilla!
    Estoy transportada a ese mundo de enfoques de revista, q digo, de galería de arte. La prueba final, ese beso, por supuesto merecía el lugar pricipal en la galería, con varios focos destacando los detalles precisos. Imposible presentar esas fotos en un sobre de papel marrón
    Me parece que el detective equivocó su vocacion

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Échale azúcar a este churro