Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Carmen Abad Después de un invierno malo Fito y los fitipaldiis

Después de un invierno malo

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Carmen Abad

El primer día de sus vacaciones la mujer se despierta con el mejor de los ánimos. Sale al balcón del apartamento alquilado y olfatea el aire fresco con olor a salitre. Hace un día maravilloso, tan maravilloso que hasta la barandilla brilla y el mar, allá al fondo, se ve tranquilo y azul como en los anuncios de compresas. Después de fumarse un cigarrillo, la mujer vuelve dentro, despierta a su hija, desayunan subidas en las banquetas de la cocina y ella elige para su hija el bañador más alegre.

—Hoy iremos a la playa —dice mientras le embadurna la cara de crema solar.

—Yo no quiero ir a la playa —protesta la niña.

Con la hija de una mano y los bártulos en la otra, la  mujer recorre los trescientos metros que separan el apartamento del paseo marítimo. Cruzan la calle por los pasos de cebra. Esperan en los semáforos a que el muñequito se ponga en verde. Llegan a la playa, que a esa hora de la mañana ya está colmada de gente que, como ella, se ha permitido un paréntesis en sus vidas. Les cuesta encontrar un lugar despejado entre tanta toalla. Lo encuentran. La mujer clava la sombrilla, despliega la sillita, saca los juguetes para que la niña se entretenga con la arena, se sienta, saca del capazo la novela que ha traído para las vacaciones y se sumerge en la lectura.

No han pasado ni veinte minutos cuando la hija interrumpe la lectura de su madre.

—Mamá.

—Qué.

—¿Por qué llora ese señor?

La mujer levanta la vista del libro y mira con disimulo hacia el lugar donde señala su hija. A su derecha, apenas a la distancia de dos sombrillas, un hombre mayor con un calzón de tela granate llora desconsoladamente. El hombre se estremece en su sillita entre sonoros hipidos y los mocos se le juntan con las lágrimas por debajo de las gafas de sol.

—Ven aquí —le dice la madre a su hija—, te he dicho que no se señala.

La niña se levanta y con las manos pringadas de arena se acerca a la sillita de su madre.

—¿Por qué llora ese señor? —insiste la niña.

La madre guarda el libro en el capazo y sienta a la hija sobre sus rodillas de manera que el señor del bañador granate quede fuera de su campo de visión. En voz baja y acariciando su dulce y suave melena, le explica a la hija que seguramente ese señor ha tenido un invierno malo, muy malo, quizá el invierno más malo que podamos imaginar, y que por eso ha venido a la playa a llorar sin que nadie le moleste.

—¿Y esa familia también ha tenido un invierno malo? —pregunta de nuevo la niña.

La mujer se vuelve hacia el grupo compacto que tiene a su izquierda. Lo forman un papá y una mamá algo entrados en kilos y dos hijos adolescentes que, por lo gordos que están, deben de ser sus hijos. Los cuatro lloran en silencio y a moco tendido debajo de una sombrilla ridícula. La mujer se gira un poco para que la mirada de su hija se dirija al mar. Le dice que sí, que también esa familia ha debido de tener un invierno muy malo, por eso lloran.

Luego, con el fin de que su hija no siga señalando, una a una, a todas las personas que sollozan a su alrededor y llenan esa playa, desde la orilla del mar hasta los chiringuitos, personas de todas las edades y nacionalidades que lloran y se esconden boca abajo en sus toallas, tras sus gafas de sol o jugando a palas; con el fin de lograr que la hija se distraiga otra vez con sus castillos y sus juguetes y sus cubos llenos de arena, y le deje leer un rato la novela que acaba de comenzar, con ese fin la madre le explica a su hija que a la playa en verano se viene a llorar. Que toda esa gente ha tenido un invierno de mierda y esperan con ansiedad las vacaciones de verano para venir a la playa y echarse a llorar en la intimidad de sus sombrillas. Y que ella, su hija, ya es mayorcita para preguntar esas cosas, y se debería acordar de que el verano pasado ya vinieron a esta playa y le hizo la misma pregunta y no se quiere enfadar.

La niña entonces se baja de las rodillas de la madre y, sin decir ni pío, se encamina hacia la orilla del mar sorteando a la gente que empapa las toallas con sus lloros. Cuando lleva apenas unos metros, se detiene, da la vuelta corriendo, se apoya otra vez en las piernas de su madre y con una sonrisa pícara, casi como si le diera vergüenza, pregunta.

—¿Y tú no lloras?

La madre la mira sin responder. Nota que se le acaba la paciencia. Saca otra vez la novela del capazo, la abre por cualquier página y la coloca entre su cuerpo y el de su hija.

—¿Si papá estuviera con nosotras llorarías? —insiste la niña.

Y entonces a la mujer se le viene a la cabeza la imagen del padre de su hija. No lo puede evitar. Ha sido visualizar al padre de su hija y sentir de golpe el cansancio de un invierno tan difícil. Solo le queda taparse la cara con el libro para que nadie la vea y romper a llorar a lágrima viva, que para eso han venido a la playa.

 

Sobre el ingrediente

Una letra de una canción que pasa a ser una foto que se convierte en el germen de un cuento. Esa es la historia resumida de estos versos de Fito & Fitipaldis que Carmen nos pasó en una servilleta. Carmen Abad es de Cádiz, aunque vive en París. Ama con locura los faros, las librerías, una tarde con los suyos y la magia que se encuentra detrás de cada esquina. Gracias, Carmen, por tu apoyo y entusiasmo. Y un recuerdo muy querido para tu hermana Carolina, a quien se llevó, hace hoy dos años, un cangrejo maligno.

19 Comments

  1. Ángeles |

    Wualaaaaa!!! Os habéis “despachao” , no me cabe en el texto la ola q os estoy haciendo!!
    El efecto dominó no tiene cura, ni fin.
    Hay q ver lo q nos cuesta vaciar la mochila de lastre, con lo fácil q es!!!
    Me quedo con la niña preguntona y su sonrisa 😀

    Responder
  2. Ana Santamaría |

    Buenos días churreros y clientela, de vuelta por aquí otra vez.
    No es ninguna tontería, cada uno hace de su playa lo que le place así que si hay que llorar un rato, pues sea. Igual es una forma de tocar fondo y comenzar las vacaciones en serio. Cuento con mensaje. Se baraja como opción tras un invierno malo, pero ya pasaron las playas, así que al lío. Un abrazo.

    Responder
  3. Chemari |

    Pues no dice la madre ninguna tontería oye, aunque igual tenia que enseñarle a su hija que llorar no es ningún delito.

    Y hablando de gente que hace preguntas sin respuesta…

    Responder
  4. Carmen Abad |

    Qué rico os ha quedado este churro!!! Tendré en cuenta este invierno, que nada de rellenar la mochila con piedras para luego buscar consuelo en la arena, que aunque no sienta mal, mejor sabe con un platito de gambas y una cerveza fresquita! A comerse lo que llegue!

    Responder
    • Sr.Churrero |

      Querida Carmen. Mira la que has liado con esos versos en una servilleta!!
      Mil gracias por cocinar con nosotros. Y a ver si cuando vuelvas a España, camino de tu Cádiz, te pasas por Madrid y nos tomamos ese platito de gambas con una cerveza bien fría! Besos.

      Responder
  5. Daniela |

    Quizás más de uno nos tendríamos que ir a esa playa a llorar a gusto por este invierno tan malo, porque después de llorar uno se queda tan a gusto que se le escapa un hipido muy grande donde se suelta toda la angustia de este invierno tan malo. Bello cuento.

    Responder

Échale azúcar a este churro