Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
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Ciudad empañada

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Rodrigo Roher

La mujer de mediana edad toma del revistero un periódico del día y se pone a leer. A su alrededor nadie más lee. Por la enorme sala donde se hace la espera circulan un sinfín de muchachas jóvenes. Son todas chicas esbeltas. Están maquilladas y visten maillot o ropa deportiva. Adoptan las más extremas posiciones gimnásticas, practican estiramientos, indescriptibles escorzos, agitan el cuello como si fueran grullas, proyectan en el aire gorgoritos. En ocasiones intercalan un respiro en tan frenética actividad. Es entonces cuando se permiten un comentario desenfadado con la vecina más próxima para sacudirse la tensión.

La mujer de edad mediana lleva ropa de calle y un gran capazo de mimbre del que no se separa. Desentona. Nadie lleva un capazo de mimbre a finales de enero y nadie acudiría con esa indumentaria a un casting. Hasta la sala de espera le ha traído la vaga posibilidad de que la elijan para protagonizar una película, un musical que prevén estrenar para la temporada de premios del año que viene. No tiene ninguna experiencia en el mundo de la interpretación la mujer. Canta malamente, baila aún peor y carece de la edad, las hechuras y el rostro que se presuponen capaces de flirtear con la cámara. Aunque en ese momento nadie más lo sepa, la mujer de mediana edad atesora otro tipo de destrezas.

Tras dos horas largas de tedio, una voz masculina la reclama. La llama por su nombre completo, como si aquello no fuera la antesala de la fama sino un triste ambulatorio de barrio. La mujer se levanta, abre la puerta y pasa.

Lo que hay al otro lado de la puerta es un despacho amplio con muchas plantas de interior, posters por las paredes. Son cartelones de películas saturados de color. Algún título clásico y mucho bodrio reciente. Hay también dos personas al fondo. Están sentadas y se guarecen bajo la sombra de un tronco de Brasil. Es un tronco de Brasil enorme, desbocado, que ha invadido ese cuadrante de la habitación. Los del fondo son un hombre y una mujer, los dos de gesto adusto, los dos muy modernos. Apoyan en el regazo cada uno una libretita sobre la que toman notas. Afuera llueve. Lleva lloviendo desde bien temprano de un modo salvaje, tropical. El hombre y la mujer que juzgan la audición se miran con perplejidad el uno al otro y sugieren a la candidata que deposite el capazo en el suelo. Le dicen que empiece ya, que cante algo, que baile algo mientras canta algo. Proponen que sea una elección libre, aunque preferirían, aclaran después, una pieza dinámica, con algún paso de claqué. Así que de libertad, nada. La mujer de mediana edad tiene que hacer lo que a esa pareja de modernos les venga en gana. Eso es algo que ella no lleva bien. Que le impongan las cosas sin atender a su criterio, a su gusto estético, a su estado de ánimo, la saca de sus casillas. Así que, sin pensárselo mucho, descorre la cremallera del voluminoso capazo, extrae de dentro el pistolón dotado de silenciador que heredó de su madre y por dos veces dispara. Mueren los examinadores sin llegar a advertir siquiera que la candidata de mediana edad les está matando.

Resulta inusual que una mujer de las características de la mujer del capazo acuda a una prueba para una película musical, más sin tener experiencia en el ramo. Sorprende que acuda portando un arma y que encima dispare, como si aquello fuera una high school en Arkansas u Oklahoma. Pero no, aquello no es Oklahoma. Es Lisboa y por eso circulan tranvías por todas partes.

Ya en la calle, la mujer de mediana edad toma la línea 23, valida su bono de viajera frecuente en la máquina canceladora y se acomoda en un hueco libre que hay justo detrás del conductor. Sigue lloviendo y el cristal de la ventanilla está velado por el vaho. A la mujer de mediana edad le entretiene restregar el cristal con la mano, abrir un húmedo ojo de buey, y mirar lo que sucede al otro lado, dentro y fuera de ese círculo despejado. La ciudad nítida y la ciudad incierta con sus contornos desdibujados, los rostros como borrones. La gente anda rápido cuando caen chuzos de punta. Con ese modo de caminar no parecen personas. Una bandada de patos torpes, eso es lo que parecen.

En Marqués de Pombal acceden al tranvía dos mujeres y dos hombres. Son dos matrimonios ataviados con chubasquero de colores, de los de usar y tirar modelo capa, de esos que los oportunistas venden por las esquinas cuando está desaguando un chaparrón. Los dos matrimonios son turistas. Españoles, cómo no. Hablan a gritos y dicen que, a pesar de todo (todo es el tiempo de perros que hace), Lisboa es una ciudad preciosa.

—De una belleza decadente —apunta una de las dos turistas españolas, la que lleva la voz cantante.

Y eso la mujer de mediana edad, la misma que acaba de dar matarile a una afamada directora de casting y a su asistente, no puede admitirlo. Belleza decadente es demasiado para sus oídos. No tolera los tópicos. Ha oído decir a los turistas que se despliegan en hordas cada fin de semana por Lisboa demasiadas veces lo de la belleza decadente. Se sobrecoge el empedrado de la ciudad de tanto escucharlo. Le percute en la cabeza a la mujer con pistola, como un estribillo insoportable, la belleza decadente de Lisboa. ¿Cómo adjetivarán estos españoles la belleza de Oporto? ¿Qué podrán decir de Atenas o del barrio colonial de Cuzco?

La señora de mediana edad desliza, por segunda vez en el día, la cremallera que abre el capazo de mimbre. Acaricia la pistola en un gesto de calentamiento. Es una primera aproximación. Saca el arma en un gesto rápido, casi un calambre, empuña con maestría, apunta y dispara cuatro veces.

Aprovecha la confusión y que el tranvía ha frenado en seco para apearse sorteando cadáveres. El conductor permanece muy quieto, como si quisiera aparentar que en realidad no está. Se oyen ya las sirenas de la policía, pero quién va a sospechar de una mujer como aquella que acaba de abandonar el tranvía 23.

Es entonces cuando, según algunos testigos que prestarán testimonio después, se produce la declaración. A voz en grito, con el mismo tono con que parlotean los turistas españoles.

—Soy Alfonsina Salgueiro —grita la mujer de mediana edad en mitad de la calle—, asesina profesional.

Y después de lanzar esa proclama, continúa su camino a buen ritmo y se pierde entre el gentío que sube por la avenida.

No es común que una mujer de mediana edad ande metida en estos menesteres. El asesinato es asunto para hombres jóvenes de entrecejo poblado y aspecto hosco. Ocurre de modo parecido en el mundo de la actuación. Parece patrimonio de impúberes esbeltas. El pasearse entre monumentos, pastelarias, puentes de conquistadores y monasterios manuelinos de color vainilla lo dejamos para españoles jubilados, que van siempre en agrupación de parejas y se expresan a voz en grito para que todo el mundo pueda oírlos.

Alfonsina lo sabe. Sabe todo esto y mucho más. A ella le gusta estar al día. Lee con asiduidad. Todas las noches. Devora los periódicos mientras apura el primer café de la mañana en el bar que tiene debajo de casa. Su imagen no concuerda con su forma de afrontar la vida. Acepta que eso puede causar desconcierto en determinado tipo de gente. Sabe encajar esos prejuicios, sacar ventaja de ellos. Porque a veces pasa que una mujer es diestra en el uso de las armas. Su madre también lo era. Una serial killer en toda regla. A Alfonsina no le gusta que la tilden de bicho raro. Adora los días de lluvia. Dice que, observadas a través de un cristal empañado, todas las personas se parecen entre sí.

 

Sobre el ingrediente

Confirmamos que la foto que inspira este cuento furioso fue sacada en Lisboa y que la protagonista es la pasajera de un tranvía. Hasta ahí lo real. Todo lo demás es fantasía. El autor de la foto es Rodrigo Roher que en el pasado ya colaboró con nosotros. Suya es la imagen de un librero desmoronándose al que nos pareció bien llamar Marcelo. Nos barruntamos que Rodrigo no tardará en traer algún nuevo ingrediente sabroso. Basta con internarse en su perfil de instagram para toparse con un ramillete de sugerencias.

12 Comments

  1. paca |

    Efectivamente, con esas fotos de Rodrigo tenéis para hacer un montonazo de churros como cuentos. Sorprendente el de hoy.

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    • Sr.Churrero |

      Churros como cuentos. Nos gusta ese quiebro al nombre, Paca.
      Hallazgos de la clientela.

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  2. Angela |

    Muy buenas noches churreros!! Geniaaaal el cuento de hoy, me ha recordado al gran Alex Angulo de Mirindas Asesinas, pero en mujer 😉

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  3. Estela |

    Joooder con Alfonsina… boquiabierta me ha dejado, patidifusa… Y luego dicen que el peligro lo tenemos a este lado del charco… mamina mía… me parece que al otro también ;o)

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    • Sr.Churrero |

      Nos estás dando una idea, Estela. Un churro titulado “Alfonsina Salgueiro contra Donald Trump”. ¿Cómo lo ves, amiga?

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Échale azúcar a este churro