Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Señor-padre 2

Ciego

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Sr. Churrero

Esta es la versión sonora que nos ha regalado Jorge Iglesias, locutor de Radio Nacional.

Si el audio que encabeza el cuento no te funciona, aquí tienes el enlace a Youtube.

El día en que mi padre dejó de ser Dios había llovido temprano. Olía de ese modo terroso en que huele el campo después de llover. Como si la tierra y el verde flotaran en el aire. Así olía.

Mi familia y yo veraneábamos en una casita de campo en la costa levantina. Paredes encaladas, muebles viejos, limoneros en el jardín. Había también una pequeña alberca que mi padre había construido con sus propias manos. Y una terraza donde desayunar. A lo lejos, se veían los bloques de apartamentos abalanzándose sobre el mar. El vecino más cercano era una granja de gallinas, que a finales de agosto comenzaba a apestar. Rodeándonos, solo campo. Silencio de grillos. Y, en nuestras manos, todas las horas del mundo para que las tendiéramos al sol.

Después de desayunar, mi padre y yo solíamos hacer nuestra ronda. Cruzábamos el camino sin asfaltar y nos perdíamos por los campos vecinos. Recuerdo que todo eran largas hileras de almendros, algunos naranjos, higueras. Hoy casi todos esos campos han sido abandonados. Malas hierbas y árboles secos. Mi padre tomaba un puñado de tierra rojiza y, enseñándome los dedos sucios, decía:

Veus? Es una bona terra.

A mi padre le enamoraba aquella casita de campo.
Yo era muy pequeño. Tenía ojos de mochuelo y brazos de soldadito de plomo.
Yo creía que mi padre era Dios.

Todas las mañanas, mi padre y yo salíamos a vigilar los sepets, las trampas para animales que dejábamos dispuestas aquí y allá. Pequeños cepos y redes con las que entelarañar tordos. Por supuesto, ahora todo eso es ilegal. Entonces puede que también, no estoy seguro. Pero eran otros tiempos, y la gente estaba acostumbrada a hacer la vista gorda, y qué más me da, si yo creía que mi padre era Dios.

Aquella mañana, mi padre anunció que no íbamos a encontrar nada. A fin de cuentas, había llovido temprano y los tordos prefieren no mojarse si pueden evitarlo. Mi padre había crecido en el campo, hijo de molineros, y sabía llamar a los árboles por su nombre, reconocer el canto de los pájaros. Mi padre estudió Derecho por correspondencia. Se deslomó conduciendo un tractor para pagarse los viajes a la capital, y así cursar los exámenes presenciales. Mi padre aprobó y dejó el pueblo. Prosperó. Puede decirse que tuvo una buena vida. Pero una parte de él se quedó colgada del paisaje de su tierra. Montes bajos del Mediterráneo. Luz derramada y blanca. Olor a naranjas.

Mi padre tenía razón. En la red no encontramos ningún tordo. Pero sí un murciélago. Se había enredado con violencia, y sus alas de película de terror aparecían teatralmente desplegadas.

Collons –dijo al verlo.

Lo desenredó con cuidado. El murciélago emitía unos chillidos apenas audibles, como de cachorro por amamantar. Yo no me lo podía creer. Aquel ser parecía de otro mundo. Mi padre sostuvo al murciélago entre las manos y me lo acercó con cuidado, para que yo pudiera asomarme. En su boquita todo eran dientes de alfiler.

Volvimos a casa. Cuando mi madre nos vio aparecer con el animal, puso cara de asco y nos ordenó que nos deshiciéramos de él. No nos dejó entrar en casa, así que nos hicimos fuertes en la terraza. Mi padre me guiñó un ojo. Tumbó al murciélago sobre el mantel de hule de una mesa de jardín. Comenzó entonces a explicarme cómo funcionan los engranajes de un murciélago. Extendió con cuidado primero un ala y luego la otra. Por primera vez escuché la palabra «membranas». Mi padre me contó que los murciélagos duermen boca abajo, colgados como ahorcados. Me señaló aquella naricita arrugada, y dijo que si parecía una nariz de cerdo era porque, efectivamente, el murciélago no era un ave, sino un mamífero. Yo no me lo podía creer: un cerdo volador. Aquello mejoraba por momentos. A mí me gustaba escuchar a mi padre. Siempre fue un hombre inteligente. En una ocasión, recién casado, se gastó el sueldo de dos meses en una enciclopedia Larousse. Volúmenes y volúmenes encuadernados en cuero que ocupaban una estantería entera. Durante dos años, mi padre no leyó otra cosa que la enciclopedia. Comenzó por la A y terminó por la Z. Había que rentabilizar la inversión.

Saps? Són molt interessants els rats penats –me dijo Dios.

Rat penat. Así es como se dice murciélago en mi tierra. Aunque la traducción exacta no sería esa, lo cierto es que, al pasarlo al castellano, suena algo así como «ratas que penan». Ratas que, aunque tienen alas, están tristes. Eso seguro que significa algo. Seguro que sirve como metáfora de alguna cosa.

Mi padre continuó con su clase magistral: no todos los murciélagos se alimentan de sangre. Eso es un mito. Este, por ejemplo, debía comer sobre todo frutas, o insectos, tal vez. Mi padre señaló los colmillos chiquititos: en todo caso, mejor ir con cuidado o podría contagiarnos algo. Yo solté un «ohhhhhhh», entre asustado y fascinado.

Entonces mi padre sonrió. Todavía se guardaba un último as en la manga.

Però el més fascinant de tot és que són cecs.

Ciegos.
Los murciélagos.
Mi padre acababa de asegurarme que los murciélagos eran ciegos.

Pero, entonces, si eso era cierto, ¿cómo se las apañaban para volar y cazar insectos? ¿Cómo chupaban la sangre de desvalidas damiselas? Mi padre me lo explicó con calma. Siempre se tomó su tiempo para elegir el sustantivo exacto. Me reveló una nueva palabra: «ecolocalización». Los murciélagos, me dijo, no ven nada, pero su garganta produce unos ultrasonidos que se expanden y, al toparse con los diferentes obstáculos, regresan en forma de eco. El murciélago calcula entonces lo que tarda en llegarle ese eco y, de este modo, descubre la distancia y la forma de los objetos que le rodean. Yo, de puntillas, con los codos sobre la mesa, solo podía abrir la boca y los ojos. Sonaba a ciencia ficción.

Mi padre asintió solemne. Dijo:

Ara farem una demostració.

Entonces tomó al murciélago y dio dos pasos militares, con los que salió de la terraza al jardín. Con mucho cuidado, lo liberó lanzándolo al aire. El murciélago sobrevoló la alberca y regresó. Yo seguramente chillé un poco. Finalmente, el bicho enderezó el vuelo, dio una nueva vuelta sobre nosotros y, por fin, con decisión y elegancia, voló directamente hacia la pared del chalet.

Cloc.

Al chocar, sonó como una nuez que rompe el cascanueces. Cayó al suelo, completamente inservible. La mancha de sangre que dejó en la pared era abundante. Muy abundante, de hecho. Puede que, a fin de cuentas, sí que se alimentara de sangre y no de frutas.

Mi padre y yo nos quedamos en silencio. Él no alcanzaba ni a encogerse de hombros. Recuerdo que me miró y en sus ojos había desconcierto. Yo, de pronto, comprendí que mi padre no era Dios.

Durante todo el día estuve reflexionando sobre lo sucedido. Cogí la bici y me fui al pueblo. Me compré una bolsa de cacahuetes y altramuces y me senté en el puerto a ver pasar las barcas. Mi padre no era Dios, eso comenzaba a asumirlo. Y, sin embargo, se había leído la enciclopedia entera, de un tirón, de la A a la Z. Y sabía decir «membranas» y «ecolocalización». Todos los jueves, preparaba unos bocadillos de sobrasada con queso de muy señor mío. Tan solo unos años atrás, me había enseñado a atarme los cordones. El conejo entra en la madriguera, sale de la madriguera, y así. Cuando volví a casa ya era tarde, y mi madre me preguntó a gritos dónde había estado. Mi padre no dijo nada.

Ya en la cama no conseguía atrapar el sueño. Mi padre no era Dios. Mi padre podía equivocarse. Estaba ciego ante el futuro, ante las hecatombes del día a día, igual que lo estaba yo, ni más ni menos. Totalmente ciego y sin ultrasonidos con los que orientarse. Y entonces, pensé yo, de pronto, qué valiente debía ser mi padre para atreverse a ir por el mundo así, sacándose la carrera de Derecho por correspondencia, yendo a trabajar todos los días, paseando con mi madre de la mano, tan ciego él, tan ciego siempre, lanzándome muy alto y recogiéndome luego al vuelo.

 

 

Sobre el ingrediente

Hoy es sábado, y los sábados normalmente la churrería está cerrada. Pero es que este es un churro muy especial: es un churro que se come con las orejas. Veréis, hace unas semanas los churreros fuimos entrevistados en La noche en vela, de Radio Nacional. Allí conocimos a uno de sus presentadores, Jorge Iglesias, que nos hizo sentir comodísimos. Pasó el tiempo y, de pronto, un día nos encontramos con un mail de Jorge: le había puesto voz y música y efectos especiales a uno de nuestros cuentos. Lo hizo porque quiso. Porque le pareció bonito y quería añadir su grano de azúcar a este proyecto nuestro (y vuestro). A nosotros nos hizo muchísima ilusión. ¡Muchas gracias, Jorge!

17 Comments

  1. Rose |

    Tu padre no es Dios, Sr. Churrero, pero esto que has escrito seguro que le emociona mucho. Qué lindo todo, la foto, la historia, tu padre y tú. Pondría muchos corazones. Sí.

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  2. Sr.Churrero |

    Gracias Asier, Chemari, Rose, Leticia, por pasaros por la churrería en este día de fiesta. Un abrazo grande a los cuatro!

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  3. Vicent J. |

    Un churro extraordinario, que recuerdos de hace unos cuantos años, alberca, almendros, limoneros, caminos, etc. Enhorabuena

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  4. Eva |

    Un día lluvioso y festivo como hoy he aterrizado en esta churrería y… ¡me ha gustado! Cuentan desde ya con una nueva seguidora en algún rincón del planeta

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    • Sr.Churrero |

      Como nos gusta cuando nuestros churros os provocan algo, alegría, tristeza, un recuerdo. Gracias, Melina.

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Échale azúcar a este churro