Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
pellejo

El episodio del buitre

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Irene Vila

En la foto deberíamos aparecer los tres, todavía siendo unos críos, junto al cadáver de un buitre. Velasco, que era el más alto, sujetaría el ala izquierda del animal con una sola mano, como si fuera la muleta de un torero; Uge, en el otro extremo de la foto, sostendría el ala derecha, y también se asemejaría a un torero, pero esta vez resguardado tras un capote; y yo debería aparecer en medio de los dos, esmirriado y con gafas de culo de vaso, manteniendo erguida entre mis dedos la cabeza del buitre.

Pareceríamos muy valientes, eso seguro. Recuerdo que Velasco y Uge le dedicaron a la cámara una mirada de desafío, pero en realidad los tres estábamos muertos de miedo por si aquel bicho resucitaba. De ser así podría habernos sacado los ojos con su afilado pico, o atraparnos en sus garras para luego dejarnos caer desde las alturas. Quién sabe. Cuando el americano abrió el saco no teníamos ni idea de qué nos íbamos a encontrar. Y digo americano por decir algo, que igual el tipo era sueco, o escandinavo. Lo vimos aparecer a lo lejos, mirando a un lado y a otro, como si se hubiera perdido. Por lo menos medía dos metros de altura, una cámara de fotos colgaba de su cuello y en la cabeza llevaba un sombrero descolorido por el sol. Era mediodía, no pasaba nadie por la calle. El americano vino hacia nosotros y nos preguntó con acento extranjero: ¿Quieren ver algo, muchachos? Acto seguido depositó en el suelo un saco que traía cargado a la espalda. El saco era grande y aparentaba ser muy pesado. Yo lo primero que pensé fue en un tesoro, como los que salían en las películas de piratas. Los tres asentimos con la cabeza, qué otra cosa podíamos hacer; éramos demasiado jóvenes para no querer saber qué había dentro de ese saco.

Plumas. Eso fue lo primero que vimos. Velasco y Uge me miraron con cara de fastidio. Entonces el americano metió la mano en el fondo del saco, agarró al buitre por el pescuezo y nos mostró su cabeza tirando de ella hacia fuera. Retrocedimos de un salto. El americano se echó a reír. No hay peligro, muchachos, nos dijo. Velasco le preguntó si todavía estaba vivo y el americano le contestó que no, que estaba muerto, aunque esto último ni siquiera lo llegó a decir, solo torció el cuello y cerró los ojos.

Me cuesta reconocerlo, pero tuvimos que tomarnos unos segundos para coger confianza con el bicho, para acostumbrarnos a la idea de que ya no podía hacernos ningún daño. Velasco y Uge se miraron entre ellos y luego me miraron a mí, entonces, sin decir una palabra llegamos a ponernos de acuerdo en algo: debíamos mantenernos firmes, no había excusa, un americano nos estaba observando y no podíamos permitir que ese hombre regresara a su país diciendo que éramos unos cobardes. El americano primero se afanó en mostrarnos al buitre. Una vez liberado del saco lo extendió en el suelo, con las alas bien abiertas. El animal ocupaba toda la acera. Nunca hubiera imaginado que pudiera ser tan grande. Después nos invitó a posar junto al cadáver mientras realizaba algunos ajustes en su cámara. Estuvo un buen rato apuntándonos con el objetivo, decía: más cerca, un poco más cerca, muchachos. Y movía las manos para indicarnos. Pero no era tan sencillo como él se creía. Nosotros no sabíamos nada de ese buitre, ni tampoco de la muerte.

Una vez conforme con la foto, el americano pidió que le escribiéramos nuestra dirección en un papel. Después volvió a meter con mucho cuidado al buitre en el saco y siguió su camino, si es que seguía alguno. Lo vimos alejarse hasta que dobló la esquina. Al regresar a casa se lo contamos a nuestros padres, y luego a nuestros amigos y también a los vecinos, estábamos tan emocionados que no podíamos pasar sin decirlo. Al final todo el barrio se enteró de lo del buitre; en cambio, nadie quiso creernos. Nadie había visto a un extranjero, americano o lo que demonios fuese, con un saco a la espalda; por más que juramos y perjuramos, no conseguimos librarnos de las miradas juiciosas, de las risitas condescendientes que nos dedicaban. Nosotros decíamos: cuando el americano nos envíe la foto ya veréis. Pero la foto nunca llegó.

El episodio del buitre se fue olvidando con el tiempo y poco a poco dejaron de tomarnos por locos. Sin embargo, algo debió de suceder en nuestras cabezas para que ninguno de los tres volviera a mencionar lo ocurrido. Puede que lo archiváramos como una especie de anécdota inventada, no lo sé, pero con el paso de los años empecé a pensar que quizá llevaban razón, que nada sucedió en realidad aquella tarde, que lo del americano y el buitre no era más que una mentira propia de niños. Así lo creía, y esa era la idea que pensaba llevarme a la tumba si no fuera porque últimamente sueño con un buitre. Quizá ya sea lo suficientemente viejo para que me pasen estas cosas, pero yo sé que no se trata de un buitre cualquiera. Me sobrevuela trazando círculos, desde lo alto, silencioso como una nube. Cuando miro hacia arriba, solo veo una sombra, la silueta que forman sus alas abiertas y, entonces, al mismo tiempo que lo observo allá en el cielo, puedo notar en mis dedos el tacto suave y cuarteado de su pellejo.

 

Sobre el ingrediente

La fotografía que ilustra el churro de hoy existe de verdad, y no sabemos si el tipo que puso ahí a ese buitre era americano o escandinavo, lo que sí es seguro es que nos la envió Irene Vila y en ella aparece su abuelo Norberto, al que nosotros hemos ficcionado y convertido en Velasco. Y como Irene no tiene blogs ni instagram ni puñetera falta que le hace, solo decir que vive en Bruselas desde hace cinco años, que le gusta cocinar bizcochos, sushi y tortilla de patata, que no le cabe duda de que Elvis sigue vivo, y que le encanta pasar los domingos enredándose en los mercadillos y bailar lindy hop como si no hubiera un mañana.

8 Comments

  1. Ana Santamaría |

    Buenos días. Hoy toca churro nostálgico, y lo digo porque al leer el relato yo también me he dado cuenta de que tengo “buitres” que no sé si existieron pero que han quedado en el recuerdo. Está perfecta la forma en la que se muestra el recuerdo del que se duda de haber sido vivido o no. Alguna vez me sentaré con unas amigas y hablaremos de ello, o solo lo insinuaremos para no quitar la magia. Un gusto leeros y mirar esa foto del recuerdo.

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  2. Ana Fenández Cascante |

    Pensé añadir azúcar al ingrediente pero voy a poner la mesa con el mantel más bonito que tenga y serviré un chocolate en taza, que guardo desde que en un viaje se lo compré a una tal Amélie que lo vendía mientras repartía su sonrisa hipnotizante; un chocolate de esos que te hace volar con el buitre en vez de verlo volar. E invitaré a todo el mundo porque así me enseñó mi padre, porque así era él en sus buenos tiempos, cuando tenía bien cazado su buitre en vez de tenerlo sobrevolando.
    A la cabecera de la mesa estará él, el “big fish”, contando sorprendentes historias que los más cercanos no creíamos hasta que en los fondos de los cajones encontrábamos fotos como estas.
    Gracias, querida hija y gracias por encargar estos divertidos churros. Mi enhorabuena a la churrería; todos vuestros churros saben a gloria.

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    • rsanz |

      Con dos pares de ovarios. Gracias a las madres como tú….la administradora me va a borrar de nuevo…no han vivido la época franquista y…cortan como ante y recortan como ahora

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  3. Ángeles |

    Los recuerdos vuelan y la imaginación mucho más.
    Puede que efectivamente fuese producto de la imaginación, pero que delicia de imaginación a tribanda para formar una historia así, tan rica en detalles y emoción.
    Nuevamente leo y releo… delicious es poco 🙂

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  4. Santi |

    Una gota de angostura para este churro:
    Sacos de pulgas, los llama un amigo mío.
    Grandes, torvos y hambrientos. Son los primeros en llegar cuando el trallazo de mi rifle se repica en cada pliegue de las montañas alejándose por las laderas del valle. El sonido del disparo es como gritar “¡¡a la mesaaaaaa!!”. A veces me parece oírlos comentar: “Ese tonto ha vuelto a fallar”. Jajajaja, Lo siento amigos; yo soy quien menos hubiera deseado que la bala no llegara a su destino.
    Otras veces, atino y ellos sobrevuelan su que creen que será su rico bocado desconfiando de mi cercanía.
    Pero he aquí que el mundo se ha vuelto loco y los buitres ya no se dan a la pitanza. Ya no puede uno llevarse el lomo, el solomillo, los jamones y las espaldas dejando el resto del cadáver para ellos… Ahora te lo tienes que llevar todo.
    Y es que los señores que mandan han decidido que los buitres son animales endebles. Así que, ignorando que han evolucionado para comerse hasta los animales más enfermos sin sufrir enfermedad, estos pobres bichos apenas comen lo que la naturaleza y el cazador les deja. Viven de los restos recogidos en las carnicerías por un tipo que se dedica a recorrerlas para echarles luego esas migajas.
    La ciudad ordena, impone sus criterios; le dice a los buitres qué tienen que comer y a los cazadores que son tipos sin sentimientos. Debe ser que la ciudad sabe mucho.

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    • rsanz |

      En el sur decimos sin plumas y cacareando….y que más da lo que PROGENITORES usen como capote…MAGNÍFICO RELATO …MARAVILLOS@S CHURRER@S. Diosa de los campos: No me borres.

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  5. Chemari |

    Bah! Los incredulos nunca tuvieron la oportunidad de estar tan cerca de un buitre de verdad. Puritita envidia.

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  6. Angela |

    Muy buenas tardes churreros!!! Geniaaaal el cuento de hoy (aunque leído un día mas tarde. Que seria de la memoria sin las fotos. Feliz fin de semana churreros 🙂

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Échale azúcar a este churro