Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Aventurarse Daniel Carmena

Aventurarse

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Daniel Carmena

La joven excursionista decide abandonar el sendero marcado. Salirse de la ruta programada, improvisar, vivir. ¿Qué puede salir mal?, se pregunta. Y allá que va.

En seguida, la joven excursionista se encuentra con un árbol de ramas desatadas que corona un terraplén. Ella nunca ha visto un árbol así, tan solemne. Parece que lo hubieran trasplantado desde los bosques de Nueva Zelanda. Lo acaricia con los dedos. Se asombra con su solidez, sus arrugas de abuelo sabio, sus recovecos. La joven excursionista sigue adelante. No le importa tener que escalar un poco, abrirse camino entre los arbustos, tropezar y volver a levantarse. A fin de cuentas eso es lo que ella quería, ¿no es cierto? Abrir una senda nueva, su propia senda, inventar un camino con sus pasos jóvenes. A medida que anda, el bosque se va espesando más y más. Allá arriba, las ramas de los árboles se entrelazan creando un techo compacto. Los rayos de sol se cuelan como pueden y caen en trampolín. Como si fueran focos de un teatro iluminan una raíz retorcida allá, una flor extrañísima aquí, un matorral que se agita al paso de algún animal diminuto.

La joven excursionista se sienta a descansar sobre una roca con forma de tortuga gigante. Abre la mochila y saca una botella de agua mineral. Mientras bebe, por el rabillo del ojo, distingue un movimiento entre las ramas. Es un pájaro aristocrático, exótico, tan amarillo y tan azul que parece de cerámica. Ella se queda embobada admirándolo. ¿Cómo es posible?, piensa, ¡cualquiera diría que se trata de un papagayo! Al momento, algo tira de su botella, se la roba, trepa por una liana. Atónita, la joven excursionista distingue la silueta de un macaco perdiéndose en las alturas. Persiguiéndolo, llamándolo, se adentra aún más en la espesura. Cuando por fin se detiene, todo le parece de otro mundo. Los árboles son ahora enormes, altísimos, torres de castillo, y crecen abrazados a su vez a otros árboles aún más grandes, más formidables, árboles sobre árboles sobre árboles, telaraña de lianas y bejucos, laberinto de musgo y madera, hormigas rojas del tamaño de cigarrillos. La joven excursionista traga saliva, asustada, embelesada.

La joven exploradora lleva ya cinco años perdida en esa tierra sin nombre. Ha aprendido, a la fuerza ahorcan, a embadurnarse de barro la piel para protegerse del ataque de los mosquitos. Ha aprendido a cazar capibaras, saínos, pequeños jabalíes, monos de carne correosa que hay que masticar durante horas. Ha aprendido a no dejarse asustar por las serpientes, esperar pacientemente el momento de aplastarles la cabeza con una piedra, sentir como la nube de veneno se queda flotando en el aire y te ciega. Pero, además, la joven exploradora ha aprendido también algunas palabras de esa lengua extraña que mastican los indígenas del lugar. Ha compartido hoguera y cena en sus poblados, ha dormido con dos o tres de sus guerreros, el lecho cubierto con piel de jaguar. Podría mudarse con ellos, dejar que la bautizaran de nuevo a la sombra de una gigantesca ceiba, acompañarles en sus migraciones en busca de fruta y caza. Pero ella prefiere quedarse allí, aunque eso conlleve soportar la época de lluvias.

Algún día, piensa, si es paciente, podrá encontrar el camino de vuelta a casa. ¡Tiene tanto que contarles a sus amigos, sus familiares, sus conocidos! Tantas anécdotas, tantas cataratas, tantas cicatrices que esconden una aventura apasionante. No ve el momento de sentarse frente a una chimenea, una tacita de té entre las dos manos, y desgranar despacio sus crónicas. Porque, ¿no es ese el objetivo de toda aventura, a fin de cuentas? Poder contarlo.

 

Sobre el ingrediente

Bien jugosa la foto de hoy, ¿verdad? Con ese árbol decidido a ser templo, a ser torreón e iglesia, tan grandioso que nos teletransportó a nosotros al mismísimo Amazonas. Se nota a la legua que una foto así la ha hecho un profesional. El nombre del fotógrafo es Daniel Carmena, quien junto a su mujer (artista también) dirigen el estudio de fotografía Kuttco, en Cangas de Onís. Entrad en su web y regocijaos, amigos. ¡Menuda suerte tenemos los churreros de que gente así nos deje juguetear con su arte!

16 Comments

  1. Angela |

    Muy buenas tardes churreros!! Magníficooo el cuento de hoy, y que foto, dan ganas de adentrarse en esos bosques y trepar a uno de sus árboles 🙂

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    • Dani |

      Si quieres adentrarte en ellos ven a Asturias, está lleno de estos mágicos lugares, este en concreto es el Hayedo de la Biescona en Arriondas. ;D

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      • Angela |

        Muchas gracias Dani,conozco Asturias, pero nunca había visitado sus bosques, cuando vuelva a tu tierra serán visita obligada 😉

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      • Sr.Churrero |

        Dani, estamos muy a favor de Asturias en esta churrería. Vamos con la montera picona y si te descuidas te bailamos un pericote

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        • Dani |

          Cuando queráis sr.churrero, lo de la montera y el pericote no lo acabo ver del todo xD pero ca uno es ca uno y hay respetarlo que decía mi abuela. xD xD

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  2. Dani |

    Una gozada de cuento, me representa mucho el relato, me encanta, muchas gracias por publicar la fotografía, seguiré mandando ingredientes por si os pueden servir para próximos churros, un abrazo.

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