Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
concha

Arte vitral

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Paula P.

Mi vecina de enfrente es una vidriera policromada del siglo XV que se llama Concha, y cuando coincidimos en el descansillo, Concha me dice que no hay derecho, que a día de hoy nadie se acuerda de ellas, que ya ni aparecen en las guías turísticas, ni las señalan con admiración ni nada de nada, que tú viajas hasta Florencia, o hasta Burgos, y que la gente no habla de las vidrieras, sino de la arquitectura de las catedrales, del tiempo que llevó construirlas y, cómo no, del sufrimiento humano: de los cientos y cientos de hombres que murieron colocando esas enormes piedras, esclavos casi todos, por no decir todos, curas seguro que no eran. Curas cargando piedras todavía no he visto ninguno, afirma Concha. Y lleva razón, en lo de los curas y en todo lo demás; mi vecina no está diciendo ninguna tontería. El gótico fue vuestro momento, le digo yo para que sonría, entonces sí que sí. Pero ella no quiere hablar de los años dorados del arte vitral: porque yo, aquí donde me ves tan peripuesta, he tenido que ganarme la vida de muchas maneras, me dice Concha, hasta hice un cursillo de auxiliar de administrativo, a mi edad, tú eso no lo sabías ¿a que no lo sabías?, y sí que lo sé, pero le digo que no lo sabía, y ella me dice: pues ya lo sabes, y luego me pregunta, aunque en realidad se lo está preguntando a sí misma, que para qué tantas penurias. Y yo le digo que todo el mundo está más o menos jodido, sin embargo, ella insiste en que no, que las vidrieras policromadas mucho más, que ahora, cuando la gente dice «mira esa vidriera», nos encuentran caminando por la calle, o esperando el ascensor, o haciendo cola en un supermercado, y claro, no es lo mismo, por eso la gente ya no lo dice con admiración ni respeto, sino más bien con pena, se nos debe de notar que este no es nuestro sitio, que nuestro sitio está ahí arriba, dice ella señalando el techo, coloreando las ventanas de las iglesias, de los conventos, las ermitas, las estaciones de autobuses, los aeropuertos. Hemos sido creadas para las alturas y vernos aquí abajo nos da vértigo, me confiesa Concha. Y dicho esto, como que se queda más tranquila. Y yo entonces le digo, bueno, me voy que tengo cosas que hacer, pero ella (a veces pienso que es sorda) me cuenta que, por ejemplo, ya nadie comienza una conversación diciendo: me acuerdo yo de una vidriera que vi en una excursión a Sigüenza, lo que es una pena, añade bajando la voz, como desvelándome un secreto, porque en Sigüenza hay unas vidrieras bien bonitas, pero la realidad no es bonita, no para una vidriera policromada que vive en un cuarto sin ascensor. Y en esto del ascensor, Concha vuelve a llevar razón, que me lo digan a mí que vivo en frente. El caso es que, una vez más, me propongo hablarle de los viejos tiempos, de cómo nuestro pasado da sentido a lo que somos y, de alguna manera, conforma el pedestal sobre el que ahora nos alzamos, y entonces le digo que si ya no se acuerda de cuando una buena vidriera con los colores bien mezclados (y no al tuntún, como hay muchas) podía cambiarte la vida, si ya no se acuerda de que antes, si tocabas fondo, todavía te quedaba la esperanza de que una mañana, dando un paseo, al mirar hacia arriba, de pronto: ¡plas!, una vidriera te saltara a los ojos igual que un puma en el momento en que la luz que se traslucía a través de ella formando un halo divino que venía a caerte justo encima, y que bueno, bueno, bueno, eso era como ver a Dios, como si su mano de luz se posara en tu hombro y te dijera, anda, venga, anímate, cojones, que no hay mal que cien años dure, y de pronto te venía a la cabeza lo que cuentan del ave fénix que resurge de sus cenizas, y que por esta razón y no otra, tú antes podías ver a alguien por la calle con cara de gilipollas y le preguntabas, pero a qué viene esa sonrisa si hace una semana estabas en la miseria, y no tenía ni que contestarte porque en el fondo tú ya sabías la respuesta, no podía ser otra cosa, había visto una buena vidriera, y eso a ti a lo mejor te jodía un poco porque tú aún no habías visto ninguna. Pues claro que me acuerdo, me dice Concha en un suspiro, y acto seguido se me echa a llorar allí mismo, en pleno descansillo, y sus lágrimas policromadas se le escurren hacia abajo como gotas de lluvia echando carreras en un ventanal, y a mí que la lluvia no me va mucho, intento alentarla al igual que haría la mano de Dios, y le digo, venga, venga, que hay que ser fuerte, acuérdate del ave fénix y de sus cenizas, entonces ella me contesta que no puede ser fuerte porque, maldita sea, está hecha de cristal, y luego me pregunta que si soy tonta, que si no me doy cuenta de que ella es frágil de nacimiento, y ahí es cuando le digo, pues apechuga, nena, apechuga, y me marcho rodando escaleras abajo mientras la oigo lamentarse a mi espaldas, ay, Concha, Concha, a mí también me duele dejarte así, sola con tu lamento, pero qué quieres, yo solo soy una cafetera italiana de segunda mano con el asa medio rota, mi vida no es ningún cuento de hadas precisamente, nunca lo ha sido, además, tengo el fondo negro como el carbón, un poso oscuro del que nadie se preocupa, y la tapa me baila, y que no, vamos, que no estoy yo para darle ánimos a nadie.

 

Sobre el ingrediente

El dibujo original que inspira el churro de hoy está colgado en la nevera de Paula P., gallega de nacimiento, madrileña de adopción y fan de los dinosaurios y la fotografía absurda. A Paula le gusta caminar por la calle y subir montañas, y este dibujo es el resultado de una tarde de invierno, tras casi 20 años sin coger sus lápices, según nos confiesa. Nosotros, los churreros, al verlo creíamos que era una vidriera, además tenía cara de llamarse Concha, sin embargo, para Paula es un pequeño dinosaurio con flores en la cabeza y una maleta, un alma viajera como es ella. En fin, muchas gracias, Paula, por ayudarnos a cocinar este cuento. Y ahora, cambiando un poco de tema, los churreros tenemos dos noticias que daros, una buena y una mala. Permanezcan atentos a sus pantallas durante este fin de semana.

5 Comments

  1. Kasirucita |

    sabes que algo va mal y no quieres hablar
    te conformas con ver el mundo tras el cristal
    y ese disco que da vueltas sin descansar
    esa música que no podrás olvidar…
    no podrás olvidar
    [El mundo tras el cristal, La Guardia]

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  2. Ángeles |

    Adoro a Concha con sus colores, maleta de dinosaurio viajero y flores en el pelo.
    Adoro a La Señorita Cafetera Italiana, con posos y todo y tapa bailonga!!

    No quiero conocer la noticia mala 😀

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  3. Angela |

    Muy buenos días churreros!!! Fantásticooooo el cuento de hoy, y que colorido. Por cierto, eso de la noticia mala, espero que sea que os tomais unos días de vacaciones… 😉

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  4. Chemari |

    Los años de papel
    te vuelven a cegar,
    como a Norna Desmond
    en Sunset Boulevard

    (Sunset Boulevard, Javier Álvarez)

    Norma Desmond es una vidriera del siglo XV que se llama Concha

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  5. Silvia Vallejo H. |

    A los tiempos abro sus cuentos, me declaro culpable, lo siento.
    Hoy su título me atrajo ARTE VITRAL!!
    Será acaso porque estoy en un momento de mi vida de dedicarme a MÍ y lo hago por medio del ARTE, me identifico con Paula:
    ” Soy una alma viajera”

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