Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Arriba, mas arriba_Lele Saa

Arriba, más arriba

escrito por Sr.Churrero / ingrediente de Lele Saa

El abuelo se murió y la abuela aprendió a volar. Eso es lo que pasó. ¿Tuvo algo que ver una cosa con la otra? Imposible asegurarlo con certeza. Es verdad que el abuelo tenía sus defectos, eso lo pensamos todos, pero sarna con gusto no pica, eso decía siempre la tía Cecilia. Lo único que podemos hacer nosotros es atar cabos sueltos, malmeter, tirar de algún recuerdo borroso: una tetera que vimos caer al suelo, un portazo, un libro que ella leía a escondidas. ¿Pero qué sabemos en realidad? Solo esto: el abuelo se murió y, al cabo de unos pocos días, la abuela aprendió a volar.

«No era tanto volar como flotar», eso nos decía ella. Y desde el principio tuvo un control limitado del asunto. Todo esto nos lo explicó con los ojos huidizos, una tarde después de la merienda, mientras se rascaba una mancha del delantal. «Al viento no se le puede mandar. El viento es caprichoso. Y además tiene muy mala leche. Pero al viento se le puede insinuar, se le puede pedir».

La primera vez que voló, o que flotó, la abuela estaba envolviendo en papel de periódico los racimos de uva que crecían en el huerto del abuelo. Ese huerto que toda la vida ha apelmazado el chalet con un olor agrío, a tomate podrido, a moscas. Huerto apretado y acumulado. Parece mentira que, en tan poco espacio, pudieran crecer melocotones, apios, cebollines, pimientos. Al abuelo lo recordaremos siempre así: su espalda enorme, agazapada, asomando como una isla entre las patateras. Y la abuela que nos decía: «anda, niño, toma este vaso de agua y llévaselo al abuelo». Y otro día: «anda, niño, avisa al abuelo que el arroz ya está en la mesa». Habían pasado tres días desde el entierro, y la abuela todavía andaba acostumbrándose a las sombras de la casa. Mirando por la ventana, descubrió a unos pájaros puñeteros que mordisqueaban las uvas del parral. Salió al huerto. Y, mientras envolvía las uvas como si fueran un regalo de Navidad, vete tú a saber por qué, la abuela comenzó a volar.

Se elevó un metro escaso del suelo. Desde esa altura, podría haber aprovechado para envolver mejor los racimos más altos, pero, ¿a quién le importaban ya los pájaros puñeteros? Que comieran uvas hasta hartarse. La abuela se dio un paseo por el huerto sin llegar a pisarlo. Probó a tumbarse en el aire mismo. Se estaba a gusto. Sobre ella, un cielo reventado de azul. Bajo ella, hojas, ramas, verde. Era como hacer un sándwich con el mundo.

A partir de entonces, la abuela volaba de vez en cuando. A nosotros nos lo contaba cada vez que íbamos a hacerle una visita: «¿Sabéis? Anoche volé hasta la ermita, resulta que el señor párroco se había quedado dormido en un banco, a la fresca, con una botella de vino en la mano, menuda borrachera llevaba». Y nosotros le sonreíamos: «claro que sí, abu, claro que sí». Y cuando ella se levantaba para rebuscar en el bolso y regalarles cinco euros a sus nietos, comentábamos por lo bajini: «pobre, desde que murió el viejo está perdiendo la chaveta».

Visto con perspectiva, igual deberíamos habernos tomado más en serio todos esos comentarios sobre el viento. Pero es que visto con perspectiva todo parece fácil. La abuela se cocinaba sola, limpiaba la casa sola, los jueves por la noche quedaba con la tía Cecilia para jugar al bingo. Si le preguntabas, la abuela te respondía que estaba bien. Una vez incluso dijo: «de puta madre, estoy de puta madre». La abuela se reía más que antes. Se había apuntado a clases de acuarela. Ahora, después de comer, se bebía un chupito de hierbas. Una vez, agarró a Valentina, su nieta favorita, y se fueron de compras las dos; sustituyó sus vestidos de flores mustias por faldas de primavera. Nosotros comentábamos: «fíjate, la abu, qué bien lleva el tema del luto». Y entonces nos acordábamos del día en que la tetera cayó al suelo y del libro que ella leía a escondidas, y nos recorría un escalofrío. Otras veces, como salpicaduras en un mantel, la oíamos comentar: «lo que más me gusta a mí es volar a través de nubes cargaditas de lluvia». Y también: «esta mañana casi me arrolla un avión, no veas que susto».

El día de Todos los Santos, la abuela fue al cementerio a ver al abuelo. Íbamos a llevarla nosotros pero al final nos hicimos un lío con las fechas, que si te toca a ti, que si yo ya fui la semana pasada, que si la niña tiene un cumpleaños. Al final, la tía Cecilia pasó a buscarla y cogieron un taxi. En lugar de flores, eso nos ha contado la tía Cecilia, la abuela llevaba un ramo de hortalizas. Eran las últimas supervivientes del huerto del abuelo, que, abandonado como estaba, comenzaba ya a renquear y llenarse de orugas. Berenjenas, acelgas, tomates pochos envueltos en un papel de estraza muy elegante. La tía Cecilia y la abuela pasearon entre las tumbas hasta encontrar la del abuelo. En la foto que acompañaba al nombre, el abuelo lucía su inseparable chapela y un amago de sonrisa que también podría haber sido un gesto torcido. De pronto, eso nos jura y perjura la tía Cecilia, la falda de la abuela comenzó a aletear. Al sentir el viento cosquilleándole las piernas, a la abuela le entró la risa. Se le cayó el ramo de hortalizas. Poco a poco, comenzó a elevarse. La tía Cecilia nunca pudo entender que nadie más lo viera: una vieja flotando sobre las cruces del cementerio, la falda de primavera revoloteando, sus piernas flacas, sus bragas de encaje de señora mayor, cada vez más lejos, cada vez más y más arriba, aquella risa como una golondrina, hasta perderse para siempre en el azul.

 

Sobre el ingrediente

Qué pedazo de ilustración la de hoy, ¿verdad? Tan inocente, tan bonita, tan cojonuda. La autora de ese dibujo que vuela es Lele Saa, una gallega majísima que lleva mucho tiempo afincada en Inglaterra, y que dejó de ser diseñadora porque quería ser, simplemente, dibujante. Podéis saber más sobre Lele entrando en su web pizpireta. Y si os interesa comprobar en directo la creación y gestación de una señora dibujante (sus progresos, sus hallazgos, su trabajo diario) entonces os recomendamos su blog lleno de molonidad. ¡Gracias, Lele, por ayudarnos a ilustrar este cuento!

9 Comments

  1. Kasirucita |

    Volar, volar
    Subir bajar contigo
    Sin alas volar
    Volar, volar
    Subir bajar contigo
    Sin alas volar
    [Volar, Macaco]

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  2. Angela |

    Muy buenos días churreros!! Preciosoooo el cuento de hoy, y que abuela más entrañable, lástima que no aprendiese a volar antes 😉

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  3. Chemari |

    Y cuanto más bajo tierra estaba él, más alto volaba ella.

    Saludos desde Escocia, que tambien queda bastante alto, tanto que a veces parece que tocas el cielo

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  4. Ángeles |

    Y por fin parece q acabó la condena, bienvenida libertad!!!

    Lo volvéis a hacer… acariciáis temas espinosos con una dulzura tal, q podría atribuirse magia a vuestras creaciones .

    Lo volvéis s hacer!!!!!!otro tesorodescubrimiento!!!!! Lele Molonidad!!!! : D

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  5. Silvia Vallejo Hidalgo |

    Queridos churreros, que belleza de historia, personajes de edades grandes por lo general no son historias alegres y de nueva vida, está logró de una forma tan maravillosa y motivadora gracias Lele Saa a tú ilustración con tanta vida!!.

    “Nunca es tarde para empezar”
    Vivan las/los abuelos

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Échale azúcar a este churro