Cuentos como churros

Cada día, un cuento recién hecho (cerramos festivos)
Arquímedes mano Salvador Bruno serpiente cabezas

Arquímedes y la hermandad de la serpiente de dos cabezas

escrito por Entre las ocho y las diez / ingrediente de Salvador Bruno

La forma en que mostraba los dedos de la mano no dejaba lugar a dudas. Aquel hombre había querido decir algo antes de morir en medio del trigal, en medio de la nada. Los tres dedos centrales apuntaban hacia el cielo, el meñique señalaba al norte mientras que el pulgar parecía querer indicar que no perdiera de vista lo que había detrás de mí.

Reconocí aquella mano. En su dorso aparecía tatuada la serpiente de dos cabezas y, al observarla, supe que pertenecía a Arquímedes Orozco, el célebre traficante de oro. Había muerto con el pulgar señalando al manantial que alimentaba de agua a aquel pueblo perdido en la llanura. Ese pueblo perdido era mi nuevo destino como alguacil. Había llegado allí en busca de la tranquilidad y la paz que se espera del campo y supe, en ese preciso momento, que no la iba a encontrar.

Sereno, comprobé las balas que quedaban en el tambor de mi revólver y caminé en la dirección que indicaba el pulgar de Arquímedes Orozco. Dejé atrás el manantial y me adentré en el pueblo. El silencio fue mi única bienvenida. Recorrí las calles sin cruzarme con nadie hasta que, al fin, escuché gritos y risas que provenían de la última de las casas. Reconocí una voz que nunca pensé que volvería a escuchar y todos mis sentidos se pusieron alerta. Sin hacer ruido, me acerqué lentamente a la casa, eché una ojeada por una ventana y, cuando vi quiénes estaban dentro, me calé el sombrero, saqué mi revólver y esperé.

Eran los miembros de la Hermandad de la Serpiente de Dos Cabezas. Escuché cómo planeaban vengarse por la muerte de Arquímedes Orozco. Habían venido a exterminarlos a todos, querían acabar con aquel pueblo perdido en la llanura. La clave estaba en el agua del manantial. Yo sabía que, más pronto que tarde, se levantarían de la mesa para envenenar el agua. Debía actuar rápido. Debía impedir que la Hermandad de la Serpiente de Dos Cabezas lo consiguiera.

Era necesario buscar la llave que daba acceso al depósito del agua antes que ellos o todo estaría perdido. Tenía que encontrar al alcalde pero ¿dónde estaba el alcalde? Me parecía extraño que nadie, absolutamente nadie, diera señales de vida en aquel pueblo. Decidido a localizar al depositario de la llave, volví sobre mis pasos mientras apuntaba con mi pistola hacia la puerta de la casa. De pronto, un ruido metálico atronó en medio de aquel silencio. Había tropezado con un cubo de cinc. Busqué  rápido un lugar donde resguardarme y, cuando corría hacia él, una luz que  provenía de la casa de enfrente me deslumbró.

Un niño de siete u ocho años me observaba asustado desde una ventana. La nariz pegada al cristal y las lágrimas que le caían por sus mejillas construyeron una imagen devastadora en mi cabeza. Llevaba tatuado en la frente el símbolo de la Hermandad: la serpiente de dos cabezas. El muerto, el agua y el pueblo desierto encajaron en mi cerebro como las piezas de un puzle que de repente cobraba sentido. Sonreí al niño y le pedí con un gesto que guardara silencio.

¿Qué podía hacer? Arquímedes había forjado su leyenda a base de dolor, sangre y muerte.  Al final, decidí forjar una nueva leyenda con la sangre de los que se deslizan, serpenteando, para cazar las oportunidades al vuelo, arrebatándoselas a otros. Con la sangre de los que son capaces de arrastrar a su paso lealtades y jaurías. Con la sangre de los miembros de la Hermandad de la Serpiente de Dos Cabezas.

 

Sobre el ingrediente

Los churreros teníamos pereza del año nuevo, así que les pedimos a un grupo de autores que nos escribieran un cuento colectivo para arrancar el 2017. Les entregamos los gorros de cocinero, la fotografía inspiradora de Salvador Bruno y total libertad para crear. Se hacen llamar “Entre las ocho y las diez” y son siete cocineros de historias como las copas de un pino. Nos parece que han escrito un estupendo churro, y ellos dicen que aún ha sido más interesante el proceso de elaboración a tantas manos. Gracias, amigos.

Salvador Bruno es el autor de esta mano enigmática en medio del trigal y ya colaboró con la churrería con la imagen bella y solitaria de una margarita. Salvador tiene medio corazón en Italia y el otro medio en Venezuela. Vive en Madrid y las magníficas imágenes de su galería cuentan decenas de historias en un susurro. Gracias, Salvador. Feliz año a todos y que el 2017 os traiga un montón de buenas lecturas.

16 Comments

  1. Pilar |

    Al fin estáis aquí !! No podeis ni imaginar lo q os añoré.
    Un buen churro. Si señor.
    Feliz Año.

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    • Sr.Churrero |

      Gracias, Pilar. Feliz año a ti también. La próxima vez nos iremos menos tiempo, que no queremos que os entre tanta añoranza.

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  2. Silva Vallejo |

    Nada mejor para una noche de desvelo, encontrar a los extrañados churreros, con tremenda imagen y un churro de ataque.
    Buen inicio del 2017.

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  3. Angela |

    Muy buenos días churreros, muy bueno el churro de hoy!! Ya os echábamos en falta Feliz año :-))

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    • Sr.Churrero |

      Ángela, bienvenida a la churrería de nuevo. ¿Preparada para un 2017 crujiente y esponjoso?

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  4. Kasirucita |

    Entre las ocho y las diez:
    ¡¡la mejores horas para tomarse un buen churro!!
    Gracias por este desayuno tan energético

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  5. Estela |

    ¡Entramos en el 2017 con fuerza y con hambre de churros! Bienvenidos, churreros y adjuntos :o)

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  6. Chemari |

    Feliz año churreros y bienvenidos de nuevo!!

    El churro, ay. Es bueno, pero no es vuestro.

    Nos teneis el paladar malacostumbrado.

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Échale azúcar a este churro